La eventual transición política en Venezuela tras la salida de Nicolás Maduro del poder abre un frente de alta complejidad para el régimen de La Habana, que enfrenta el riesgo de perder su principal suministro de petróleo subsidiado en medio de la peor crisis estructural de las últimas décadas. Mientras facciones del chavismo disputan el control del poder, las autoridades cubanas intentan mantener su influencia sobre un país whose estabilidad resulta vital para la supervivencia económica de la isla.
El panorama venezolano se encamina hacia una fase de incertidumbre política sin precedentes. La posible configuración de un gobierno de transición con figuras como Delcy Rodríguez al frente, en medio de presiones negociaciones con Estados Unidos, plantea escenarios que van desde una reorganización controlada del chavismo hasta un vacío de poder con consecuencias impredecibles. En este tablero, personajes como Diosdado Cabello, Vladimir Padrino López y Jorge Rodríguez emergen como actores con capacidad de sabotear cualquier apertura, generando tensiones internas que ya se traducen en acusaciones mutuas de traición dentro de las filas oficialistas.
Para el gobierno cubano, los acontecimientos en Caracas representan una amenaza existencial. El flujo de combustible venezolano ha sido durante más de dos décadas un soporte fundamental para el mantenimiento de la infraestructura energética y el aparato represivo de la isla. La interrupción o condicionamiento de ese suministro agravaría de inmediato el colapso de los servicios públicos, la inflación galopante y el éxodo migratorio que ya han erosionado severamente la legitimidad social del régimen. La Habana, además, aún no ha asimilado el duro golpe sufrido por sus fuerzas élites de seguridad a principios de enero, lo que reduce su margen de maniobra para intervenir decisivamente en el conflicto venezolano.
El riesgo de la fragmentación del chavismo
La continuidad temporal del régimen chavista bajo nuevas figuras, incluso con condiciones y ultimátum impuestos desde Washington, podría generar problemas más graves que los que pretende resolver. La rebatiña entre las distintas facciones del oficialismo —militares, civiles y grupos paramilitares como los Colectivos Bolivarianos— amenaza con desbordar cualquier estructura de control. La capacidad de Delcy Rodríguez para imponer orden sobre estas fuerzas parapoliciales es cuestionable, especialmente si figuras como Diosdado Cabello deciden boicotear el proceso para conservar sus cuotas de poder e impunidad.
No puede descartarse la materialización de un golpe de Estado o incluso de un conflicto civil de proporciones mayores. La geografía venezolana, la proliferación de grupos armados y la profundidad de la crisis institucional convierten cualquier escenario de transición en un campo minado. Una intervención militar estadounidense, en caso de colapso total, requeriría recursos y tiempo considerables para evitar que el vacío de poder fuera aprovechado por facciones más radicales que las hasta ahora en el control, lo que podría derivar en una dictadura aún más represiva.
Para la ciudadanía cubana, las implicaciones son directas. Cualquier alteración en el flujo de recursos desde Venezuela profundizará la asfixia económica que ya padecen millones de personas en la isla, mientras el régimen de La Habana redoblará los mecanismos de represión social para contener el descontento. La comunidad internacional, particularmente los gobiernos democráticos de la región, deberá prepararse para las consecuencias migratorias y geopolíticas de un escenario venezolano en descomposición, que inevitablemente arrastrará consigo a Cuba hacia una crisis aún más aguda.