imen de La Habana abandona al excampeón mundial de boxeo Bernardo Comas en la miseria y el olvido
El excampeón mundial de boxeo Bernardo Comas, de 65 años, sobrevive actualmente en una vivienda en ruinas en la provincia de Camagüey, aquejado de demencia senil y bajo el cuidado exclusivo de su anciana madre. La precaria situación del otrora orgullo deportivo de la isla expone el abandono institucional y la profunda crisis estructural que el gobierno cubano impone a sus ciudadanos, incluso a aquellos que alguna vez enarbolaron la bandera nacional en los escenarios internacionales más exigentes.
Los testimonios de su entorno familiar revelan una realidad desoladora que contrasta violentamente con el esplendor de su juventud. El atleta, que en su época de gloria se alzó con títulos mundiales en el boxeo amateur, reside hoy en una casa con el techo colapsado y constantes goteras que agravan su frágil estado de salud. Su familia ha denunciado públicamente la falta de apoyo estatal, detallando que Comas no recibe la atención médica especializada ni el respaldo material necesario para enfrentar una enfermedad neurodegenerativa.
La trayectoria de Bernardo Comas representa a una generación completa de deportistas que fueron utilizados por el Estado como embajadores de un supuesto triunfo socialista. Durante décadas, el régimen de La Habana capitalizó el talento, la fuerza y la juventud de estos hombres en torneos internacionales para proyectar una imagen de fortaleza y superioridad ideológica ante el mundo. Sin embargo, una vez agotada su capacidad competitiva y enfrentando los estragos de la edad, estas glorias deportivas son relegadas al ostracismo, sin pensiones dignas ni sistemas de salud que los respalden.
En el caso específico de Comas, la situación es particularmente alarmante debido a su diagnóstico de demencia senil. Esta condición requiere cuidados paliativos, medicación constante, un entorno higiénico y seguro, elementos que escasean dramáticamente en la Cuba actual. Su madre, quien asume el rol de cuidadora principal pese a su propia avanzada edad y deterioro físico, ha tenido que implorar ayuda a las instituciones deportivas y de salud, topando sistemáticamente con el muro de la burocracia y la indolencia de las autoridades de la isla.
Este abandono no es un hecho aislado o producto de la mala suerte, sino la consecuencia directa de una política de Estado que prioriza la propaganda y el sostenimiento del poder sobre el bienestar humano. La dirección deportiva nacional, controlada férreamente por el aparato estatal, ha demostrado una nula empatía hacia sus figuras históricas. Mientras los altos mandos del INDER y los jerarcas del deporte disfrutan de prebendas, viajes y comodidades, atletas como Comas ven cómo sus viviendas se derrumban y sus cuerpos se debilitan sin asistencia alguna.
El colapso sistémico y el descuido de los ciudadanos
La tragedia personal de Bernardo Comas se inserta en el contexto más amplio de la crisis estructural que asfixia a la nación caribeña. El colapso del fondo habitacional es uno de los problemas más acuciantes en Cuba, con cientos de miles de inmuebles en estado de ruina que se desploman parcial o totalmente o sufren inundaciones internas con cada lluvia. La falta de materiales de construcción, sumada a la ineficiencia y corrupción estatal, ha dejado a millones de cubanos a merced de las inclemencias del tiempo, viviendo en condiciones infrahumanas que vulneran su dignidad.
Asimismo, el sistema de salud pública, otrora exhibido como el gran logro innegable de la revolución, se encuentra en estado de postración avanzada. La escasez crónica de medicamentos, el deterioro de los hospitales, la falta de higiene y la ausencia de especialistas hacen que padecer una enfermedad crónica o degenerativa sea una condena de sufrimiento tanto para el paciente como para sus familiares. Las autoridades de la isla han desmantelado, por inacción, mala gestión y desvío de recursos, la red de protección social que supuestamente garantizaba la asistencia a los sectores más vulnerables.
La dictadura cubana, acostumbrada a censurar, perseguir y reprimir cualquier muestra de disidencia política, también ejerce su control y su crueldad a través del abandono. Silenciar las necesidades de figuras públicas que alguna vez fueron íconos del régimen es una forma de violencia estatal. Al negarles la ayuda, la visibilidad y los recursos mínimos para sobrevivir, el poder envía un mensaje aterrador: el individuo no tiene valor intrínseco más allá de su utilidad inmediata para el aparato propagandístico y de control del Estado.
Organizaciones de derechos humanos y la diáspora cubana han denunciado reiteradamente este patrón de descuido hacia los atletas retirados. Casos como el de Félix Savón en sus últimas competencias, o el lento deterioro y posterior fallecimiento de otras figuras históricas en la pobreza, evidencian una tendencia donde la gloria deportiva se convierte en una carga olvidada. La falta de programas de reinserción social, de seguros médicos deportivos y de pensiones justas constituye una violación flagrante a los derechos económicos y sociales que el régimen tanto se jacta de defender en foros internacionales.
La familia de Comas ha tenido que recurrir a la solidaridad de vecinos, amigos e incluso de cubanos en el exilio para conseguir alimentos, pañales de adulto y medicinas básicas. Esta dependencia de la caridad privada suple, de manera insuficiente y precaria, las obligaciones que el Estado ha dejado de cumplir. La situación en Camagüey es un microcosmos de la desesperación que se vive en toda la isla, donde la supervivencia diaria se ha convertido en un acto de resistencia frente a la inoperancia gubernamental y la falta de libertades.
Un futuro incierto y la necesidad de un cambio urgente
El declive de Bernardo Comas en una casa con goteras, olvidado por quienes lo aplaudieron fervientemente en el podio, simboliza la decadencia total del modelo cubano. Mientras la cúpula en el poder mantenga su negativa a abrir espacios democráticos, a liberar a los presos políticos y a implementar reformas económicas reales, la población continuará sufriendo las consecuencias de un sistema fracasado y caduco. La comunidad internacional y las organizaciones deportivas mundiales deben volver su mirada hacia estos casos y exigir al régimen de La Habana responsabilidad sobre el bienestar de sus ciudadanos.
La indiferencia del gobierno cubano ante el sufrimiento de un excampeón mundial no es solo una tragedia deportiva, sino una acusación contundente contra un sistema que devora a sus propios hijos en nombre de una ideología hueca. La historia juzgará no solo por los golpes represivos y la censura de la dictadura, sino también por la crueldad silenciosa del abandono a los más vulnerables. Bernardo Comas, como tantos otros cubanos anónimos, merece terminar sus días con dignidad, algo que el Estado cubano se ha negado sistemáticamente a garantizar.



