La filosofía del escritor Reinaldo Arenas sobre la \»voluntad de vivir manifestándose\» se erige como un espejo de la actual resistencia social en Cuba. Desde el estallido del 11J hasta las recientes movilizaciones en Marianao y el oriente del país por los apagones, la ciudadanía retoma el impulso de exigir derechos fundamentales ante el fracaso estructural del régimen de La Habana.
El escritor Reinaldo Arenas concibió su vida y su obra literaria como un acto continuo de rebeldía. Su trágica decisión de acabar con su existencia no fue más que su última manifestación contra un sistema que asfixiaba su libertad y la de sus compatriotas. Arenas dejó por escrito su firme convicción de no ceder espacio ante el autoritarismo, una premisa que, décadas después, resuena con fuerza en las calles de la isla. Su espíritu insumiso parece haber tomado forma en las multitudinarias protestas que han sacudido al país en los últimos años, donde la exigencia de derechos básicos se ha convertido en la única vía de respuesta frente a la intolerancia oficial.
Esa misma voluntad de manifestarse estuvo presente en las jornadas del 11 de julio de 2021, cuando miles de cubanos salieron a las calles en un hecho sin precedentes que fue duramente reprimido por la dictadura cubana. La figura de Arenas también es un símbolo para los presos políticos de aquel entonces, muchos de los cuales permanecen encarcelados y aislados de sus familiares, así como para los integrantes del movimiento del 27 de noviembre frente al Ministerio de Cultura. En cada uno de estos espacios, la ciudadanía ha desafiado el miedo para confrontar a un poder que responde con violencia estatal y censura ante la disidencia.
El colapso de los servicios públicos como detonante social
Recientemente, las protestas han mutado hacia un reclamo más urgente ante el colapso sistemático de los servicios públicos. En barrios como Marianao, en La Habana, y en diversas localidades del devastado oriente del país, los ciudadanos han salido a exigir el retorno de la electricidad, cortada por apagones prolongados que agravan la crisis sanitaria y provocan víctimas mortales por enfermedades que no logran atenderse en hospitales desprovistos de recursos. El régimen de La Habana ha demostrado una incapacidad estructural para garantizar el bienestar mínimo, empujando a la población a una indignación que trasciende el descontento y se convierte en demanda ciudadana.
El contexto nacional está marcado por una inflación galopante, un desabastecimiento crónico y un éxodo migratorio sin precedentes. Las autoridades de la isla han optado por la criminalización de la protesta en lugar de ofrecer soluciones reales a la profunda crisis económica y social. En este escenario, la \»luz\» que los cubanos demandan en las calles representa tanto el servicio eléctrico ausente como la libertad política negada. La sombra de Reinaldo Arenas y de tantos cubanos que han perecido en el olvido impulsa a una sociedad que despierta gradualmente, comprendiendo que solo la manifestación constante y la exigencia de derechos pueden enfrentar el peso de un sistema que ha fracasado en su deber más elemental.