Lourdes del Pino, hija del comandante Jesús Carreras Zayas —uno de los jóvenes oficiales rebeldes que terminó enfrentado al régimen castrista y ejecutado tras un juicio sumario—, reconstruye desde el exilio la memoria de un padre al que no conoció pero cuya figura sigue siendo incómoda para las autoridades de la isla. Genealogista e investigadora, su testimonio revela cómo la represión política de los primeros años de la llamada revolución destruyó familias enteras y forzó un exilio que marca hasta hoy a varias generaciones de cubanos.
Lourdes del Pino nació en los primeros meses posteriores al triunfo rebelde de enero de 1959 y abandonó Cuba en octubre de 1961, cuando apenas contaba con un año de vida. No conserva recuerdos personales de la isla, pero ha dedicado años a reconstruir su historia familiar a través de entrevistas con testigos directos, documentos primarios y trabajo genealógico. Su padre, Jesús Carreras Zayas, nacido en Trinidad en 1933, fue uno de los comandantes más jóvenes de las fuerzas rebeldes. Hijo del médico cirujano Tomás Carreras Gallano —cuyo nombre lleva el Hospital General de Trinidad— y de María de la Asunción Zayas Cadalso, descendiente de antiguos pobladores de la isla, Carreras Zayas formaba parte de una familia profundamente arraigada en la historia cubana.
Por línea materna, Lourdes también desciende de figuras vinculadas al quehacer político y social de la Cuba republicana. Su abuelo materno, Pablo Jesús Suárez Llata, era amigo personal del presidente Carlos Prío Socarrás y mantenía estrechos vínculos con miembros de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), varios de los cuales perdieron la vida en el asalto al Palacio Presidencial en 1957. En diciembre de 1958, Suárez Llata fue detenido por Esteban Ventura, de la policía política del régimen de Fulgencio Batista, y estuvo al borde de ser ejecutado. Ese contexto de violencia estatal y persecución política precedió y luego se agravó con la consolidación del gobierno cubano encabezado por Fidel Castro.
El silencio impuesto y la memoria recuperada
La salida de Cuba de Lourdes y su madre se produjo en circunstancias extremadamente difíciles, en medio de la ola represiva que siguió a los juicios sumarios y ejecuciones de antiguos compañeros de la Sierra Maestra que se enfrentaron al giro autoritario del nuevo poder. Jesús Carreras Zayas fue ejecutado por la dictadura cubana tras ser sometido a un proceso sin garantías procesales, en un patrón que se repitió con decenas de oficiales y civiles que disintieron del rumbo que tomaba el régimen. Su hija afirma que, medio siglo después de su muerte, las autoridades de la isla siguen considerando su figura como una amenaza simbólica: «Aún le tienen miedo a mi padre», señala.
El caso de Lourdes del Pino ilustra una realidad que afecta a miles de cubanos que abandonaron la isla siendo niños o que nacieron ya en el exilio, pero que han mantenido el vínculo identitario con su tierra de origen a través de la transmisión familiar y la investigación histórica. Su trabajo genealógico, que recientemente cobró notoriedad pública al revelar los ancestros cubanos del recién elegido papa León XIV en colaboración con otros investigadores, demuestra cómo la diáspora continúa produciendo conocimiento y preservando la memoria histórica de Cuba desde fuera de sus fronteras, algo que el régimen de La Habana ha intentado sistemáticamente controlar y silenciar.
La historia de la familia Carreras Zayas-Suárez Tous refleja el drama de una nación que perdió a generaciones enteras por la persecución política, la falta de libertades y la imposibilidad de convivir con un sistema que no admite la disidencia. Mientras el ejecutivo cubano mantiene su discurso oficial sobre los primeros años del proceso revolucionario, voces como la de Lourdes del Pino —sostenidas en documentos y testimonios verificables— continúan desmontando la narrativa impuesta y reivindicando la memoria de quienes fueron eliminados por exigir los mismos ideales de justicia y democracia que motivaron la lucha contra la tiranía anterior. La labor de esta investigadora desde el exilio confirma que la represión no logró borrar las huellas de sus víctimas, y que la comunidad internacional tiene ante sí una responsabilidad pendiente en materia de verdad, justicia y reparación para las familias destrozadas por más de seis décadas de autoritarismo en Cuba.