El gobierno cubano prioriza la impresión de las obras escogidas de Raúl Castro y las completas de Fidel Castro con una inversión millonaria en papel importado, en pleno colapso energético y crisis de desabastecimiento. Testigos del proceso de compilación aseguran que la falta de contenido obligó a fabricar discursos y alterar documentos históricos para cumplir con las exigencias del poder, reflejando una profunda desconexión entre las prioridades estatales y la realidad nacional.
El proyecto editorial encargado de recopilar las \»obras escogidas\» de Raúl Castro enfrentó serias dificultades debido a la escasez de material escrito por el propio exmandatario. Fuentes familiarizadas con el proceso indicaron que, ante la imposibilidad de completar los nueve tomos exigidos —uno por cada década de su vida—, el equipo de editores tuvo que recurrir a la invención de cartas y discursos, así como a la extensión de simples memorandos para inflar el volumen de las publicaciones. Además, se reporta que la Seguridad del Estado y el propio Raúl Castro intervinieron para suprimir \»contenido sensible\», llegando a transformar por completo el sentido original de documentos, como una misiva familiar de 1958 que terminó convertida en un panfleto político irreconocible.
La carrera por el centenario de Fidel Castro
Paralelamente, las autoridades de la isla preparan a toda prisa la publicación de 23 tomos de las obras completas de Fidel Castro, con vistas a la celebración de su centenario. Este esfuerzo editorial contrasta dramáticamente con la realidad del sector en Cuba, donde la falta de insumos ha llevado al periódico Granma a reducir su tirada y formato. Para llevar a cabo ambas publicaciones, el ejecutivo cubano ha destinado más de cinco millones de dólares para importar papel desde China, una cifra exorbitante en un contexto donde se exige austeridad a la población y se solicita a la comunidad internacional el aplazamiento de deudas externas.
Desconexión con la crisis estructural
El desembolso millonario y el esfuerzo burocrático para enaltecer la figura de los líderes históricos ocurren mientras el país atraviesa una de sus peores crisis económicas y sociales. Los apagones prolongados, la inflación galopante, la escasez de combustible y el colapso de los servicios básicos definen el panorama diario para la ciudadanía. Mientras el régimen de La Habana impone un discurso de ahorro y atribuye el deterioro material al embargo estadounidense, destina recursos financieros y logísticos a una empresa de mera propaganda que, según los propios compiladores, carece de sustancia intelectual real.
La decisión de la dictadura cubana de priorizar la glorificación de sus figuras máximas por encima de las urgencias vitales de la población subraya la naturaleza autoritaria del sistema, carente de control democrático. Esta iniciativa editorial no solo representa un despilfarro en medio de la emergencia nacional, sino que también evidencia cómo el poder construye una narrativa histórica a su medida, manipulando archivos y fabricando textos para asegurar un legado que la realidad social de la isla se encarga de desmentir día a día.