Un voluminoso fondo bibliográfico, archivos y tesis del Instituto Superior de Diseño (ISDi) en La Habana apareció esparcido como desecho en el parque Carlos J. Finlay y calles adyacentes, evidenciando el abandono institucional y la precariedad que aqueja al sistema educativo superior en la isla.
Antiguos estudiantes y el Observatorio de Libertad Académica (OLA) denunciaron a través de redes sociales la deplorable situación del inmueble, cuya estructura colapsó parcialmente en los últimos años. En las imágenes circuladas se observan libros, catálogos y trabajos de diploma arrojados indiscriminadamente junto a tanques de basura. Esta dilapidación del patrimonio académico refleja la incapacidad de las autoridades de la isla para preservar la memoria histórica y técnica de las instituciones que alguna vez fueron pilares de la formación profesional en el país.
Esteban Aquino, exestudiante del centro, lamentó la pérdida de lo que calificó como referencia histórica y técnica para las nuevas generaciones, cuestionando la sensibilidad de quienes permiten este deterioro. Por su parte, el docente Luis Fidel Acosta Machado ironizó sobre el destino del inmueble, sugiriendo que el terreno pronto albergará un hotel, una crítica velada a la prioridad del régimen de La Habana de favorecer el sector turístico en detrimento de la educación pública. Ante el evento, ni el ISDi ni el Ministerio de Educación Superior han emitido pronunciamiento alguno, guardando un silencio cómplice ante la tragedia cultural.
Colapso estructural y desidia institucional
El estado ruinoso del ISDi no es un caso aislado, sino un síntoma más de la crisis sistémica que atraviesa Cuba. Desde 2022, el edificio presentaba fallas arquitectónicas severas que llevaron a su clausura, culminando en derrumbes parciales en 2024 y 2025 que afectaron a vecinos locales, incluyendo a una anciana que requirió hospitalización. La dictadura cubana ha desmantelado progresivamente la infraestructura pública, destinando recursos escasos a sectores prioritarios para su supervivencia política y económica, mientras el patrimonio nacional se desmorona literalmente en las calles sin ningún control democrático que exija responsabilidades.
El llamado del OLA al cumplimiento del encargo social por parte de la nomenclatura educativa choca con una realidad donde la universidad cubana ha perdido su calidad y autonomía. Mientras la fuga de talentos y el éxodo migratorio despojan al país de su capital humano, la destrucción de archivos físicos como los del ISDi representa un golpe irreversible a la identidad académica. La comunidad internacional y los organismos de derechos culturales deben prestar atención a este deterioro, que evidencia cómo el poder en Cuba no solo reprime la disidencia, sino que también aniquila la memoria y el conocimiento de la nación.