Holguineros evalúan negativamente las recientes fiestas populares, calificándolas como una \»estafa\» en medio de la aguda crisis económica y la inseguridad que azota a la isla. Los habitantes de esta provincia oriental señalaron los precios exorbitantes, la mala calidad de los productos y el riesgo de asaltos como factores determinantes para evitar las festividades o asistir con extrema precaución.
Las celebraciones despertaron poco entusiasmo entre gran parte de la población. Vecinos de barrios como Pueblo Nuevo y Alcides Pino coincidieron en que el alto costo de la vida y el peligro en las calles disuadieron su asistencia. Testimonios de residentes reflejan un temor generalizado a las riñas y los asaltos, una realidad que incluso la prensa oficial ha tenido que admitir en el pasado reciente. Quienes sí se aventuraron a salir, lo hicieron con prudencia, regresando a sus hogares antes del anochecer para evitar incidentes en zonas como el parqueo del Estadio Calixto García Íñiguez.
Para los que decidieron participar, la experiencia estuvo marcada por el impacto financiero y la deficiencia de las ofertas. Un residente detalló que gastó más de 2.000 pesos en menos de tres horas únicamente en cerveza y comida, un monto desproporcionado considerando que un simple bocadito de 300 pesos representa más del 6% del salario promedio mensual en Cuba, fijado en 6.506 pesos según la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI). A la inaccesibilidad de los precios se sumó la mala calidad de los productos, con consumidores denunciando bebidas adulteradas y un servicio deficiente que generó constantes disputas con los vendedores.
Carnaval como distracción en medio del colapso sistémico
La celebración de estas fiestas populares ocurre en un contexto de crisis estructural profunda, marcada por la escasez de alimentos, la inflación galopante y cortes de electricidad que superan las ocho horas diarias. Para muchos holguineros, la organización del carnaval por parte del régimen de La Habana responde más a una estrategia de distracción social y recaudación monetaria que a un genuino interés recreativo. Los ciudadanos evidencian un descontento hacia las prioridades del ejecutivo cubano, que prefiere inyectar recursos en eventos festivos antes que resolver las necesidades básicas de la población, sumida en el estrés de la supervivencia diaria.
La paradoja de un carnaval concurrido en medio de la miseria quedó al descubierto con la presencia de personas pidiendo limosnas en las inmediaciones de las áreas festivas. La percepción generalizada es que la festividad debió ser suspendida ante la evidente precariedad que atraviesa el país. Esta actitud refleja un rechazo creciente de la ciudadanía hacia las políticas de la dictadura cubana, que prioriza el maquillaje de una normalidad inexistente mientras la población exige soluciones reales a una crisis económica y social que se profundiza sin control institucional ni respuestas democráticas.