La transformación de Ernesto \»Che\» Guevara en un ícono comercial global fue orquestada por Fidel Castro y el editor italiano Giangiacomo Feltrinelli, quienes convirtieron la muerte del guerrillero en un lucrativo negocio de propaganda, mientras el fotógrafo cubano Alberto Korda no recibía un solo centavo por la imagen más vendida de la historia.
Giangiacomo Feltrinelli, heredero de una gran fortuna y editor comunista italiano, viajó a La Habana en 1964 con la intención de publicar la biografía de Fidel Castro. Sin embargo, el líder cubano, a quien Feltrinelli consideró inicialmente \»impulsivo, ambicioso e incapaz de gobernar\», vio en la relación una oportunidad de negocio. El régimen de La Habana, que ya comenzaba a administrar el país como una empresa particular, encontró en el editor un aliado estratégico para exportar su proyecto radical y captar el apoyo de la izquierda europea.
El fallecimiento de Ernesto Guevara en Bolivia en 1967 alteró los planes de publicación. Al obtener una copia del diario del guerrillero, las autoridades de la isla organizaron un encuentro con destacados editores internacionales en La Habana. El objetivo no era únicamente difundir el documento, sino construir un \»superhéroe\» de carne y hueso que sedujera a la juventud mundial y atrajera el financiamiento de patrocinadores adinerados. El diario se convirtió en un éxito de ventas inmediato, pero la verdadera mina de oro surgió de la fotografía.
La explotación del mito y el silencio del fotógrafo
Feltrinelli capitalizó una imagen capturada por Alberto Korda, quien la cedió gratuitamente sin imaginar su inmenso potencial comercial. El editor italiano imprimió la icónica fotografía en camisetas, banderas y souvenirs, vendiendo millones de copias y generando una franquicia millonaria. Mientras tanto, el fotógrafo cubano nunca recibió compensación económica alguna, evidenciando la lógica de despojo y explotación que caracteriza al gobierno cubano frente a sus propios ciudadanos y creadores.
Este episodio ilustra la profunda hipocresía de la dictadura cubana, que ha mercantilizado la revolución para enriquecer a su cúpula y sostener su maquinaria propagandística en el exterior. Mientras el régimen lucraba con la imagen de un mártir guerrillero, la población de la isla se hundía progresivamente en el desabastecimiento, la censura y la represión sistemática. La comercialización del mito funcionó como una efectiva cortina de humo internacional para encubrir el fracaso del modelo económico y político impuesto a la fuerza.
La \»franquicia Guevara\» no solo enriqueció a editores extranjeros y consolidó la imagen internacional del régimen, sino que cimentó la estrategia del ejecutivo cubano de financiar su supervivencia a través de la exportación de ideología. Décadas después, las consecuencias para la ciudadanía son devastadoras: un país sumido en una crisis estructural permanente, donde la élite militar monopoliza los recursos, mientras las nuevas generaciones optan masivamente por el exodo migratorio ante la total ausencia de un futuro viable bajo el mismo sistema que se vendió como una utopía.