La publicación de 162 archivos sobre Fenómenos Anómalos No Identificados por el gobierno de Estados Unidos ha vuelto a poner sobre la mesa una pregunta que recorre la historia de la isla desde hace más de siete décadas: ¿qué son realmente esos objetos que miles de cubanos afirman haber visto? Entre fotografías fraudulentas, testimonios de pilotos militares y expedientes investigados por la Academia de Ciencias, Cuba acumula un legado de relatos que ni la ciencia ni la inteligencia han podido confirmar o descartar por completo.
El pasado 8 de mayo, el ejecutivo estadounidense publicó un paquete de 162 documentos desclasificados sobre los llamados Fenómenos Anómalos No Identificados (UAP, por sus siglas en inglés), en cumplimiento de una orden impulsada durante la administración de Donald Trump bajo la promesa de una política de \»máxima transparencia\». Los archivos incluyen cables diplomáticos, reportes del FBI, registros de la NASA y grabaciones militares. Sin embargo, ninguno ofrece respuestas definitivas sobre la naturaleza de estos fenómenos, un enigma que también atraviesa la historia contemporánea de Cuba y que se ha nutrido de testimonios provenientes de sectores tan disímiles como pescadores, campesinos y personal de las Fuerzas Armadas.
Conviene precisar que un OVNI —Objeto Volador No Identificado— no equivale necesariamente a una nave extraterrestre. El término describe únicamente aquello que no ha podido identificarse, ya sea tecnología militar, un fenómeno atmosférico o cualquier objeto de naturaleza desconocida. La distinción es relevante porque la confusión entre ambos conceptos ha alimentado durante décadas un imaginario que, en el caso cubano, se entrelaza con la precariedad informativa y el control estatal sobre la divulgación científica, factores que dificultan cualquier verificación independiente de los hechos reportados.
El caso de Torriente: un encuentro en medio del colapso
En octubre de 1995, mientras Cuba atravesaba uno de los momentos más críticos del Período Especial —con escasez generalizada, apagones prolongados y una población sumida en la desesperación—, una oleada de avistamientos captó la atención incluso de la prensa oficial. Periódicos como Guerrillero y Juventud Rebelde publicaron varios reportes, y la Academia de Ciencias envió especialistas para investigar algunos de los casos. El episodio más conocido ocurrió el 15 de octubre en Torriente, Matanzas, donde Adolfo Zárate, un campesino de 74 años, relató haber presenciado el descenso de un objeto del tamaño aproximado de un automóvil mientras cortaba caña. Según su testimonio, de la nave emergió un ser de apariencia humanoide, vestido con un uniforme de camuflaje y el rostro cubierto por una máscara, que recogió algo del suelo —Zárate creyó que era una malanga— y regresó al interior antes de que el objeto despegara dejando una corriente de aire y un arco de luz azul.
Lo que dotó de singularidad a este caso no fue únicamente el relato del campesino. Diecisiete horas antes, un niño de la misma zona había dibujado un objeto con características similares tras asegurar haberlo visto. La Policía inspeccionó el terreno y documentó marcas compatibles con dos apoyos sobre la hierba, mientras que especialistas de la Academia de Ciencias examinaron el sitio. Pese a estos elementos, el régimen de La Habana optó por la ridiculización: diversos medios oficialistas convirtieron a Zárate en objeto de burlas, y el propio campesino aseguró haber sufrido problemas de visión y una profunda depresión después del supuesto encuentro. La respuesta institucional refleja un patrón recurrente de la dictadura cubana frente a fenómenos que escapan a su control narrativo: el desprecio hacia el testigo y la manipulación mediática para desacreditar cualquier relato que no encaje en la versión oficial de la realidad.
Un misterio que persiste en la sombra
Más allá de la veracidad de cada caso, el fenómeno de los avistamientos en Cuba adquiere una dimensión particular cuando se observa en su contexto. Una sociedad sometida a décadas de censura, con acceso restringido a información científica independiente y donde la prensa oficial responde a lineamientos del Partido único, difícilmente puede ofrecer las condiciones para una investigación rigurosa y transparente. Los expedientes que reposan en archivos estatales, los testimonios de militares jamás hechos públicos y los reportes de campesinos que fueron silenciados conforman un corpus que la dictadura cubana ha gestionado según su conveniencia política, alternando el interés propagandístico con el descrédito sistemático. Mientras la comunidad internacional avanza hacia la desclasificación y el debate abierto sobre los Fenómenos Anómalos No Identificados, en la isla el misterio persiste no solo por la naturaleza de lo observado, sino por la opacidad con la que el poder ha manejado la información durante más de setenta años.