El reconocido actor y Premio Nacional de Teatro, Fernando Hechavarría, ha levantado la voz para advertir sobre el acelerado deterioro de los valores sociales y la gestión cultural en la Isla. En sus declaraciones, el artista traza un diagnóstico lúcido de una Cuba que se desdibuja, señalando no solo la responsabilidad individual, sino también el peso asfixiante de una institucionalidad que ha convertido el arte en un espacio de control burocrático y consignas vacías.
La imagen de una Cuba «armónica», «solidaria» y «humana» que alguna vez habitó la imaginación de la juventud de Fernando Hechavarría se ha esfumado frente a la cruda realidad actual. El intérprete, con una trayectoria que abarca medio siglo en los escenarios, reconoce que el país con el que soñaba «se está desdibujando» a un ritmo alarmante. Aunque apunta a una corresponsabilidad de los propios cubanos en este declive, es innegable que este deterioro ético y moral es el resultado directo de décadas de políticas implementadas por el régimen de La Habana, que han priorizado la supervivencia ideológica sobre el bienestar y el desarrollo integral de la sociedad.
Hechavarría hace un llamado urgente a recuperar la empatía intergeneracional, un aspecto profundamente fracturado por la crisis sistémica. La exigencia de ser «más afectuoso y respetuoso con los ancianos y los jóvenes» choca con una realidad donde la escasez extrema y la falta de expectativas han erosionado el tejido social. Escuchar a las nuevas generaciones, como propone el actor, es una demanda implícita de democratización en una sociedad donde la dictadura ha impuesto un discurso unívoco, marginando las necesidades y perspectivas de quienes no encajan en el molde oficialista.
En el ámbito creativo, el actor defiende con firmeza un arte crítico, comprometido y alejado de la complacencia. «El arte tiene que decir las verdades que tiene alrededor. Gústele a quien le guste y duélale a quien le duela», afirma. Esta postura es un dardo directo contra la censura y la autocensura que imperan en la isla. El gobierno cubano ha históricamente cooptado la creación artística, exigiendo que esta se subordine a los intereses del Estado. Hechavarría reclama que la obra aborde «los problemas sustanciales que golpean al cubano de hoy», despojándose de las consignas ideológicas y la banalidad que caracteriza a gran parte de la producción cultural oficial.
El Premio Nacional de Teatro también dirige sus dardos contra la forma en que las instituciones gestionan la cultura. Critica severamente a los «tecnócratas» que administran las artes desde una mesa de números, desconociendo la sensibilidad y el lenguaje del creador. «Desde una mesa con números, tú no puedes dirigir eso. Es imposible», sentencia. Esta burocratización de la cultura es una herramienta clásica del régimen para mantener el control; al colocar a funcionarios leales antes que a expertos o artistas en posiciones de poder, el gobierno cubano garantiza la subordinación del gremio, sacrificando la calidad y la libertad creativa en aras del control político.
La frase institucional «defender la cultura es defender la nación» es cuestionada por el actor, quien la califica como un «eslogan vacío». Y no le falta razón. Durante años, el régimen de La Habana ha esgrimido esta retórica para justificar su intervencionismo y silenciar el arte disidente. Reducir la defensa cultural a una consigna oficialista vacía de contenido real es un síntoma más del agotamiento del modelo. Hechavarría exige que este principio se lleve «hasta las últimas consecuencias», lo que implicaría, en la práctica, despolitizar la cultura y permitir que florezca libre de ataduras estatales.
Como profesor, Hechavarría describe la enseñanza artística actual como un «acto de fe» frente a una sociedad que «pierde valores a una velocidad escandalosamente vergonzosa». La pérdida de respeto, modestia y referentes culturales entre los jóvenes no es un fenómeno aislado, sino el fruto de un sistema educativo que ha dejado de lado la formación integral para enfocarse en el adoctrinamiento. El actor lamenta que estudiantes lleguen a las escuelas de arte sin conocer figuras fundamentales del teatro, evidenciando una fractura en la transmisión del patrimonio cultural, ahogada por el ruido de la propaganda y la urgencia de la supervivencia diaria.
El fenómeno migratorio, que ha diezmado a la intelectualidad y al cuerpo artístico de la Isla, es abordado con una mirada pragmática. Hechavarría no considera la emigración un fracaso en sí, pero lamenta la pérdida de talento cuando los jóvenes no encuentran el cauce adecuado. La salida masiva de creadores es una consecuencia directa de la asfixia institucional y la falta de futuro. Mientras el régimen celebra una supuesta integración cultural, la realidad es que las nuevas generaciones de artistas optan por el exilio ante la imposibilidad de desarrollarse profesional y económicamente bajo la actual dictadura.
La ética profesional y la calidad de las producciones audiovisuales también pasan por el filtro de su crítica. Rechaza que la falta de recursos se utilice como excusa para justificar obras deficientes y señala que lo que preocupa ahora es «el tiempo en pantalla» y no la calidad. Esta mentalidad responde a la lógica de la propaganda estatal, donde la cantidad y la presencia mediática importan más que el contenido. Asimismo, cuestiona la formación de los nuevos directores de televisión, evidenciando un descenso en los estándares de excelencia que alguna vez caracterizó a la industria audiovisual cubana, ahora sumida en la mediocridad por conveniencia política.
El contexto de la cultura bajo el régimen cubano
Las declaraciones de Fernando Hechavarría no ocurren en el vacío; se inscriben en un momento de profunda crisis para la cultura cubana. Desde la implementación del Decreto 349, una normativa que otorga al Estado facultades para censurar y controlar la actividad artística, el régimen de La Habana ha endurecido su postura contra la creación independiente. Artistas que se atreven a criticar la gestión gubernamental o a reflejar la verdadera crisis social son perseguidos, encarcelados o forzados al exilio. La institucionalidad cultural, otrora considerada un bastión de prestigio, ha quedado reducida a un aparato de propaganda que premia la lealtad ideológica y castiga la disidencia.
En este panorama, la fuga de cerebros y talentos no es solo una pérdida demográfica, sino un síntoma del fracaso de un sistema que no logra sostener a sus propios hijos. El gobierno cubano ha perdido el monopolio de la narrativa cultural frente a una diáspora que produce arte libre de ataduras, mientras que en la Isla, los creadores deben navegar entre la escasez de recursos materiales y la vigilancia implacable de los organismos ideológicos. Las palabras de una figura consagrada como Hechavarría adquieren una resonancia especial, al evidenciar que incluso dentro de las estructuras oficiales existe un malestar profundo por la degradación de los valores y la pérdida de la soberanía artística.
Un legado de coherencia frente a la decadencia
Con una trayectoria que incluye personajes icónicos como Nacho Capitán en la telenovela Tierra brava, y respaldado por el reconocimiento unánime del jurado del Premio Nacional de Teatro tras 50 años de carrera y 22 de docencia, Hechavarría se erige como una voz crítica en un panorama de silencios impuestos. Su deseo de ser recordado como «alguien consecuente con lo que creyó en la vida» resuena como un acto de rebeldía en un sistema que exige la traición a los propios principios para sobrevivir. Su testimonio es un reflejo del agotamiento de un modelo que, tras décadas de promesas incumplidas, ha dejado a una nación entera desdibujándose entre la escasez, el exilio y la pérdida de su alma cultural.



