En medio de la peor crisis alimentaria y de desabastecimiento que recuerda la generación actual, el gobierno cubano ha desatado una ofensiva propagandística en la televisión nacional centrada en programas de cocina que resulta no solo ridícula, sino profundamente cínica y cruel. Mientras las despensas de los hogares cubanos permanecen completamente vacías y las familias subsisten a base de raciones menguantes, viandas podridas y una mezcla de improvisación y resignación, la maquinaria mediática del régimen intenta vender una imagen de esplendor gastronómico inexistente. Es la pantomima del banquete en medio del cementerio, una burla macabra que pretenden que digeramos como si fuera un manjar.
Éufrates del Valle, el inolvidable periodista del periódico «El Imparcial» de la imaginaria San Nicolás del Peladero, seguramente se estaría retorciendo de risa amarga si viera la actual programación culinaria de la televisión nacional. Movido por el sarcasmo que impone la realidad, Éufrates llamaría a la inspiradora de estos programas, la llamada Primera Dama de la República, la insondable Lis Cuesta, la nueva «Petronia» del buen gusto culinario, un fetiche incluso para Ratatouille. La dictadura ha encontrado en la esposa del dictador, ahora convertida milagrosamente en Doctora en Ciencias gracias a los designios de su marido, la madrina de «Gastrocult» y de toda esta desafortunada programación televisiva que pretende entretener y adormecer a la población a partir de la cocina, utilizando el hambre como materia prima de su propaganda.
La explosión de estos programas culinarios en la pantalla chica es comparable a lo que ocurre cuando en Centro Habana avisan que llegó el pollo a la tienda «El Malecón sin Agua»: se produce una concentración difícil de entender y más difícil aún de dispersar. La orden de dar una impresión de normalidad alimentaria, de crear una burbuja de falsa abundancia, proviene directamente de los ideólogos del Partido Comunista, en especial de Rogelio Polanco Fuentes, el zar de la censura y la manipulación informativa. El gobierno cubano ha decidido que la mejor forma de combatir el hambre no es trayendo alimentos, sino proyectándolos en alta definición, asumiendo que el cinismo alimenta y la mentira engorda los cuerpos y las mentes de los ideólogos de ocasión y los sicofantes espurios que pululan en la institucionalidad oficialista.
En la retransmisión de «Hoy es siempre todavía», una teleserie cubana de 1987, cuando la protagonista dio un simple tazón de leche al gato, provocó una explosión en las papilas gustativas de los televidentes propia del experimento de Pavlov. Esa escena histórica, que según la anécdota provocó un infarto a «Pedrito Mantequilla» que todavía está ingresado en el hospital Calixto García, es el mejor espejo de la tragedia actual. La dictadura llena la parrilla televisiva con espacios como «Entre sabores», «Entre recetas», «Chef Farándula», «Sabe a Chef», «Arte Chef», «La Casa del Chef» en Mayabeque, «Máster Chef» en Camagüey, «Sabroso» y «¿Qué cocinaré hoy?». Como se aprecia, hay una escasez de creatividad en los nombres que iguala la escasez de alimentos en las bodegas y mercados estatales.
No se trata de enjuiciar a los cocineros que participan en estas emisiones, algunos como el español Miguel Ángel Giménez, atrapados en la maquinaria propagandística de la isla. Lo que verdaderamente duele, lo que resulta un insulto a la inteligencia y a la dignidad humana, es mencionar el boniato en casa del que está muriendo de hambre. Las malas intenciones de esta propaganda culinaria castrista me recuerdan la imagen de aquella mujer poniendo un boniato a la vista del muerto para poder cerrarle los ojos, del inolvidable cuento de Onelio Jorge Cardoso. El gobierno cubano, con tanto programa de cocina enlatado, lo que busca es exactamente eso: cerrarnos los ojos ante el desastre, adormecer nuestra conciencia y nuestra rebeldía con imágenes de platos que jamás podremos oler ni probar.
Hablar en la televisión nacional de la tradición y vigencia de la cocina cubana, exhibir platos exquisitos y hacerlo desde las primitivas cocinas y las vacías despensas de los cubanos de a pie, es para tirarse de los pelos y sonar un cacerolazo de proyección nacional. La dictadura cocina y sirve el engaño a fuego lento, poniendo a ilusos o masoquistas a babearse frente a recetas elaboradas en televisión, mientras sus olfatos de perros hueveros no pueden detectar ni por asomo el olor a langosta que se exporta para financiar la cúpula militar, ni sus paladares pueden percibir la tersura de un simple boliche de res, desaparecido de la dieta popular hace décadas. Es un retortijón de estómago, una tortura psicológica para quienes dependen del aceite de soya rancio, del perrito, del pollo y el huevo mensual.
La pretensión de declarar a la cocina nacional Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, cuando han desaparecido sus principales ingredientes, es la cúspide de la pedantería y el descaro. El difunto Alberto Pozo reconocía el incalculable valor de la naranja agria en la cocina republicana, pero hoy debemos preguntarnos: ¿dónde está la naranja dulce, la lima, el chayote de aquella marquesa de Armando Calderón, el mamey de Santo Domingo o el marañón que aprieta la boca? El gobierno cubano ha arrasado con los campos, ha entregado la tierra a generales ignorantes de la agricultura y ahora pretende celebrar un patrimonio que ellos mismos han aniquilado sistemáticamente a lo largo de más de seis décadas de fracaso económico y colectivización forzada.
Resulta casi macabro imaginar a nuestros carismáticos presentadores culinarios arreglándoselas para elaborar platos cubanos recogidos en el libro de Acela Matamoros y Pedro Fábregas. Un libro donde aparecen recetas que hoy resultan alucinantes y escarnecedoras al demencial estilo de una cazuela colonial de pescados y mariscos, el bacalao a la cubana, el pavo relleno con moros y cristianos o una pulpeta de carne de res. La dictadura sabe que estos ingredientes son hoy una quimera, una fantasía inalcanzable para el ciudadano común que se levanta a las cuatro de la mañana para hacer una cola interminable por un pedazo de pan racionado. Esta utópica delicia, como aquella fantasía de «La Habana es una fiesta» o el banquete lezamiano, nos lleva directamente a la manipulación de los sentidos por una burocracia parasitaria.
Al no permitir que nos alimentemos como queremos, al secuestrar nuestra libertad productiva y comercial, el gobierno cubano intenta enseñarnos un boniato televisivo para que cerremos los ojos en paz y aceptemos nuestro destino de miseria. La propaganda no cocina arroz, no ablanda frijoles y mucho menos fríe un huevo. Mientras la nomenclatura se da la gran vida en sus mansiones de Siboney y Miramar, el pueblo cubano es sometido a un lavado de cerebro estomacal. La televisión se convierte así en un arma de tortura, proyectando aceites, mantequillas y condimentos que no existen en las tristes tiendas en MLC, donde ni siquiera el dinero de las remesas alcanza para comprar la canasta básica.
Contexto sistémico: El hambre como herramienta de control
La actual ofensiva culinaria no es un accidente ni un mero capricho de la esposa del dictador; es la manifestación más visible de un sistema totalitario que utiliza el hambre como mecanismo de subyugación política. La dictadura ha destruido la producción agrícola nacional mediante



