ENTRADILLA: La reciente y contundente acción militar ordenada por el gobierno de Estados Unidos, que culminó con la captura y traslado del dictador venezolano Nicolás Maduro y de Cilia Flores hacia territorio norteamericano, ha generado un terremoto político en toda América Latina. Mientras los sectores democráticos y libertarios celebran un paso histórico contra el autoritarismo, el régimen de La Habana ha reaccionado con una mezcla de desesperación y retórica decrépita, consciente de que la caída de su principal aliado y proveedor representa una amenaza existencial para la continuidad de la dictadura en la isla.
La operación, ejecutada con una precisión que ha dejado atónitos a los observadores internacionales, no solo ha desmantelado el núcleo del chavismo en el poder, sino que ha evidenciado la vulnerabilidad de las tiranías sostenidas por el narcoterrorismo de Estado. En Cuba, la reacción fue inmediata y predecible. El gobernante no electo por el pueblo cubano, Miguel Díaz-Canel, convocó de urgencia una movilización en el llamado «Tribunal Antiimperialista» del Malecón habanero, un escenario recurrente para las demostraciones de fuerza fabricadas por el aparato estatal. La designación de este mandatario, impuesto a dedo por la cúpula militar que gobierna la isla, refleja la falta de legitimidad de un sistema que teme su propio desenlace.
El discurso pronunciado por el gobernante cubano frente a una multitud convocada coercitivamente se caracterizó por un exaltado y anacrónico tono «anti-yanqui». En un intento desesperado por revivir las glorias pasadas de la Guerra Fría, el líder del régimen de La Habana inició su alocución gritando tres veces la consigna «¡Abajo el imperialismo!», para cerrar con los desgastados lemas de rancia tradición castrista, «¡Patria o Muerte!» y «¡Socialismo o Muerte!». Estas declaraciones, amplificadas hasta el cansancio por los noticieros oficialistas, buscan enmascarar el pánico interno ante el colapso del modelo de dependencia bilateral que ha sostenido a ambos regímenes durante las últimas décadas.
En el escenario regional, las reacciones se han polarizado de manera pronunciada. Por un lado, el presidente colombiano Gustavo Petro ha manifestado un rechazo tajante a la acción militar ordenada desde Washington. A través de extensas publicaciones en redes sociales, el inquilino del Palacio de Nariño ha intentado justificar sus controvertidas declaraciones recientes en Nueva York, donde llegó a exhortar a las fuerzas armadas norteamericanas a desobedecer las órdenes de su comandante en jefe. Petro ha asegurado no estar preocupado por posibles represalias contra su gobierno; sin embargo, la respuesta del presidente estadounidense ha sido fulminante, advirtiendo al mandatario colombiano que debe cuidar sus propios pasos, en un mensaje claro y directo que trasciende la diplomacia tradicional.
En el bando opuesto, las voces de líderes comprometidos con la libertad han resonado con fuerza. El presidente argentino, Javier Milei, no solo ha reconocido la condición de dictador del ahora detenido, sino que lo ha vinculado directamente con el narcoterrorismo, catalogándolo como «el mayor enemigo de la libertad» en el continente. Una postura igual de tajante fue la del presidente ecuatoriano, Daniel Noboa, quien envió un mensaje inequívoco a los aliados del chavismo al advertir que «a todos los criminales narcochavistas les llega su hora». Estas declaraciones marcan un punto de inflexión en la política hemisférica, donde la tolerancia hacia los regímenes autoritarios parece estar llegando a su fin.
El peso de los antecedentes históricos en el hemisferio
Más allá de las declaraciones de uno u otro signo, resulta imperativo analizar con frialdad y objetividad los resultados concretos que han arrojado las intervenciones estadounidenses en distintos países de la región a lo largo de la historia. Un caso emblemático es la intervención en Granada, llevada a cabo tras el asesinato del primer ministro Maurice Bishop a manos de sus propios correligionarios más radicales. La acción militar norteamericana puso fin a un régimen de facto que había suspendido las libertades bajo el pretexto de «hacer la revolución». Tras la intervención, Granada retornó al sistema democrático, celebrando elecciones populares y manteniendo una estabilidad institucional que perdura hasta la actualidad.
Otro precedente innegable es la Operación «Causa Justa» contra el dictador panameño Manuel Antonio Noriega. Tras desconocer los resultados electorales que daban la victoria al candidato opositor Guillermo Endara, Noriega se atrincheró apoyado por sus paramilitares, conocidos jactanciosamente como los «Machos del Monte». Sin embargo, ante el avance de las fuerzas estadounidenses, el dictador optó por esconderse. Fue capturado, juzgado y sancionado por narcotráfico, falleciendo en prisión años más tarde. Endara asumió la presidencia y, en un plazo breve, las fuerzas extranjeras se retiraron, permitiendo que Panamá retornara rápidamente a la normalidad democrática, un sistema que ha consolidado su independencia institucional desde entonces.
Un ejemplo más antiguo, pero igual de relevante, es la intervención militar en la República Dominicana durante la década de los sesenta. En medio de una profunda crisis de anarquía y la existencia de dos gobiernos paralelos, las fuerzas del gran país del Norte intervinieron para evitar el ascenso de una facción de claras simpatías procastristas, liderada por el coronel Francisco Caamaño, quien posteriormente viajó a Cuba para recibir apoyo y organizar una expedición armada. Las fuerzas estadounidenses lograron estabilizar la situación y delegaron la responsabilidad en una fuerza multinacional de la Organización de Estados Americanos (OEA). Tras un periodo prudencial, las tropas se retiraron, dejando tras de sí un país que retomó el orden constitucional.
Pero para comprender la magnitud de estas acciones, no es necesario mirar más allá de las fronteras de la propia Cuba. La historiografía oficial de la dictadura cubana se ha empeñado sistemáticamente en distorsionar la Primera Intervención Norteamericana a finales del siglo XIX, argumentando que el país del Norte «le arrebató al Ejército Libertador la victoria que tenía al alcance de la mano». Esta afirmación es no solo discutible, sino históricamente falsa. En realidad, el conflicto cubano-español se encontraba en un estancamiento brutal, con una isla devastada por los campos de reconcentación. La llegada de los soldados estadounidenses significó un alivio decisivo para las tropas mambisas, que celebraron la intervención.
Tras la retirada del colonialismo hispano, se instauró un Gobierno Interventor que, aunque presidido por un norteamericano, integró a cubanos de reconocido prestigio en distintas secretarías. Aquella administración tuvo la titánica tarea de sanear un país en ruinas y viabilizar su recuperación tras décadas de guerra. La posterior retirada estadounidense permitió la instauración de la república. Es cierto que la Enmienda Platt condicionó la soberanía, y que una segunda intervención ocurrió debido a la obstinación política de Tomás Estrada Palma, pero el hecho innegable es que la presencia norteamericana allanó el camino hacia la fundación de las instituciones republicanas que la dictadura posterior se encargó de destruir.
El contexto cubano: Una dependencia mortal
Para el régimen de La Habana, la captura de Nicolás Maduro no es simplemente una cuestión de solidaridad ideológica; es una cuestión de supervivencia material. Durante años, Venezuela ha funcionado como el pulmón artificial de la asfixiada economía cubana. El flujo de petróleo subsidiado y los mecanismos de intercambio desigual han permitido al gobierno cubano mantener un mínimo de funcionamiento en sectores estratégicos, como el transporte y la generación eléctrica, además de servir como fuente de divisas a través de la reventa de combustible. La caída del chavismo corta de tajo esta arteria vital, sumiendo a la ya maltrecha infraestructura de la isla en un escenario de incertidumbre total.
Además, el aparato represivo cubano ha exportado su modelo de control social y espionaje hacia Venezuela, consolidando una alianza estratégica basada en la represión mutua y el narcotráfico de alto nivel. La inteligencia cubana ha estado profundamente entrelazada con la cúpula militar venezolana, asesorando en tácticas de contrainsurgencia, persecución a la oposición y censura de medios de comunicación. Con la decapitación del régimen de Maduro, los altos mandos militares en Cuba temen que la información sensible sobre sus operaciones ilícitas en el hemisferio pueda salir a la luz, comprometiendo a figuras clave de la dictadura en la isla.
La convocatoria de manifestaciones en el Malecón habanero es un reflejo de la debilidad, no de la fuerza. Cuando una dictadura necesita apelar a la movilización obligatoria para demostrar apoyo popular frente a un evento externo, es porque las bases de su poder interno están fracturadas. El pueblo cubano, sumido en una crisis humanitaria compleja caracterizada por apagones prolongados, escasez de alimentos y un éxodo masivo sin precedentes, observa los acontecimientos en Venezuela con una mezcla de esperanza y cautela. La caída de un tirano aliado reaviva la aspiración de libertad entre los ciudadanos oprimidos, que ven cada vez más cerca el fin de su propio cautiverio.
El mensaje a las tiranías sobrevivientes
La acción llevada a cabo contra el dictador venezolano trasciende las fronteras de la geopolítica tradicional y envía un mensaje contundente a los socialismos de vocación totalitaria que aún sobreviven en el continente. La impunidad que durante años protegía a los regímenes autoritarios bajo el paraguas de la supuesta inmunidad soberana está siendo desmantelada. La captura de Maduro establece un precedente jurídico y militar crucial: los líderes que secuestran las instituciones de un país, narcotrafican con recursos del Estado y violan sistemáticamente los derechos humanos no tienen un refugio seguro en el poder.
Para el régimen de La Habana, las implicaciones son directas y amenazantes. La cúpula militar que gobierna Cuba entiende que el blindaje internacional se ha debilitado. La retórica antiimperialista y las amenazas de un supuesto «pueblo combatiente» no son suficientes para detener una acción internacional decidida en favor de la democracia y la justicia. Los acontecimientos recientes deben servir como un catalizador para que los gobiernos democráticos del hemisferio asuman una postura más enérgica frente a las dictaduras que aún oprimen a sus pueblos. La libertad en Nuestra América no será completa mientras existan regímenes que, como el cubano, sigan negando la dignidad y los derechos fundamentales a sus ciudadanos. La caída de Maduro es un paso de gigante en esa dirección, y un recordatorio de que la historia, tarde o temprano, siempre juzga a los tiranos.



