La capital cubana experimenta una proliferación incontrolable de roedores que ha comenzado a atacar a los habitantes, generando alarmas por enfermedades y mordeduras, mientras los ciudadanos se ven obligados a acudir al mercado informal para adquirir raticidas a precios exorbitantes ante la inoperancia de las autoridades sanitarias.
La Habana, otrora conocida como la «ciudad maravilla», enfrenta una crisis sanitaria sin precedentes derivada de la invasión masiva de ratas en prácticamente todos sus barrios. Lo que alguna vez fue un problema contenido y manejado mediante campañas periódicas de desratización coordinadas por las autoridades de salud pública, se ha convertido en una emergencia que amenaza directamente la integridad física de los residentes. Según testimonios de habitantes de diversos municipios capitalinos, los roedores han crecido no solo en número sino en tamaño y agresividad, con reportes cada vez más frecuentes de ataques directos a personas y de enfermedades derivadas de mordeduras que han puesto en riesgo la vida de varios pacientes.
La gravedad de la situación ha llevado a que muchos habaneros recurran al mercado informal para intentar controlar la plaga en sus viviendas. En el conocido punto de venta callejera denominado «La Cuevita», ubicado en el municipio de San Miguel del Padrón, los vendedores ofrecen sobres de raticida cuyo precio alcanza los 800 pesos cubanos, una cifra prohibitiva para la mayoría de la población dado el salario medio estatal que apenas supera los 4.000 pesos mensuales. Sin embargo, la desesperación ha empujado a cientos de familias a desembolsar esa cantidad con la esperanza de mitigar una invasión que ya ha trascendido el ámbito de la molestia para convertirse en una amenaza real a la salud pública.
Un problema que trasciende la molestia cotidiana
Los reportes de ataques de ratas a habitantes de la capital se han multiplicado en las últimas semanas. Residentes de barrios como Habana Vieja, Centro Habana, Cerro y Diez de Octubre han documentado casos en los que los roedores han mordido a personas mientras duermen, situación particularmente peligrosa para niños pequeños y ancianos. Las mordeduras han derivado en infecciones que requieren tratamiento médico, el cual no siempre está disponible en un sistema de salud pública que sufre un colapso sistémico afectado por la falta de medicamentos, insumos básicos y condiciones higiénicas adecuadas en los centros asistenciales.
La proliferación de roedores está directamente vinculada al deterioro de las condiciones urbanas de la capital. La acumulación de desechos sólidos en las calles, producto de la irregular recolección de basura por parte de los servicios comunales, ha creado un ecosistema propicio para la reproducción de ratas y otros vectores. A esto se suma el estado de abandono de numerosos inmuebles colapsados o en riesgo de derrumbe que abundan en el centro histórico y zonas aledañas, los cuales funcionan como refugios naturales para la fauna urbana indeseada. El gobierno cubano, responsable directo de la gestión urbana y el mantenimiento de los servicios públicos, ha demostrado una incapacidad estructural para abordar estas deficiencias.
El mercado informal como única alternativa
Ante la ausencia de campañas efectivas de control de vectores por parte del Ministerio de Salud Pública, los habitantes de La Habana se han visto obligados a buscar soluciones por su cuenta. «La Cuevita» se ha consolidado como el principal punto de distribución de productos raticidas, aunque su origen y eficacia resultan cuestionables. Los sobres que se comercializan a 800 pesos prometen ser «el raticida más efectivo del mundo», según afirman los vendedores ambulantes, pero no existe ningún tipo de control sanitario ni certificación que respalde estas afirmaciones. La compra de estos productos constituye, en la práctica, una apuesta a ciegas motivada por la desesperación.
Los habitantes que han adquirido estos raticidas informales reportan resultados dispares. Mientras algunos aseguran haber logrado reducir parcialmente la presencia de roedores en sus viviendas, otros afirman que el producto no ha tenido ningún efecto sobre una población de ratas que parece haber desarrollado resistencia a los venenos convencionales. Lo cierto es que ningún ciudadano debería verse en la obligación de adquirir sustancias tóxicas de procedencia incierta en el mercado negro para proteger su salud y la de su familia. Esta situación es una consecuencia directa de la inoperancia del régimen de La Habana, que ha abandonado progresivamente sus responsabilidades básicas en materia de salud pública y control epidemiológico.
Contexto de crisis estructural
La plaga de ratas que azota a la capital cubana no es un fenómeno aislado sino una manifestación más del colapso generalizado que atraviesa la isla. La crisis económica que se ha profundizado en los últimos años ha provocado el deterioro acelerado de todos los servicios públicos esenciales. El sistema de acueducto y alcantarillado, con una infraestructura que en muchos casos supera los 50 años de antigüedad, presenta fugas constantes y obstrucciones que generan charcos permanentes en las calles, creando condiciones ideales para la proliferación de roedores e insectos. Las autoridades de la isla han reconocido de manera tangencial esta problemática, pero las acciones implementadas resultan manifiestamente insuficientes frente a la magnitud del problema.
La situación sanitaria de La Habana refleja también el impacto de la inflación descontrolada y la pérdida del poder adquisitivo de la población. Con un salario medio que no permite cubrir las necesidades básicas de alimentación, los ciudadanos se ven obligados a destinar recursos significativos a la compra de raticidas, insecticidas y otros productos de control de plagas que deberían ser proporcionados gratuitamente o a precios subsidiados por el Estado. El costo de 800 pesos por un sobre de raticida informal equivale aproximadamente al 20% del salario mensual promedio, una proporción que ilustra con elocuencia el nivel de sacrificio que implica para una familia cubana enfrentar esta emergencia sanitaria.
Antecedentes de una crisis anunciada
La proliferación de vectores en Cuba no es un fenómeno nuevo. Durante las últimas dos décadas, la isla ha enfrentado ciclos recurrentes de epidemias de dengue, zika y chikungunya, todos vinculados a la presencia del mosquito Aedes aegypti, cuya reproducción está facilitada por las mismas condiciones de insalubridad que hoy permiten la expansión de las ratas. En cada uno de estos episodios, el gobierno cubano ha recurrido a campañas de fumigación masiva que han resultado ser medidas paliativas y no soluciones estructurales. La ausencia de un mantenimiento sostenido de la infraestructura urbana, combinada con la falta de un sistema eficiente de recolección y procesamiento de residuos, garantiza que cada ciclo epidemiológico sea más severo que el anterior.
El éxodo migratorio masivo de los últimos años ha agravado adicionalmente la situación. Con cientos de miles de cubanos abandonando la isla, numerosas viviendas han quedado deshabitadas o en estado de abandono, convirtiéndose en focos de proliferación de plagas. Las autoridades locales carecen de los recursos y el personal necesario para supervisar y mantener estas propiedades, lo que contribuye a la expansión de los roedores por toda la trama urbana. La dictadura cubana, que durante décadas presumió de un sistema de salud pública ejemplar en la región, hoy asiste impotente al deterioro de las condiciones sanitarias más básicas en su propia capital.
Implicaciones y perspectivas
La crisis de las ratas en La Habana representa una metáfora elocuente del estado general de la isla bajo el actual modelo de gestión. Así como los roedores han colonizado los espacios urbanos ante la ausencia de mecanismos efectivos de control, la ineficiencia, la corrupción y la falta de rendición de cuentas han colonizado las instituciones del Estado. La respuesta de las autoridades ha sido característicamente tardía e insuficiente, limitándose a declaraciones genéricas y a campañas de maquillaje que no abordan las causas profundas del problema: el colapso de la infraestructura, la ausencia de recursos y la incapacidad de un sistema centralizado para responder a las necesidades reales de la población.
Para los habitantes de La Habana, la perspectiva inmediata es desalentadora. Sin una transformación sustancial en la gestión de los servicios públicos, sin una recuperación de la infraestructura urbana y sin la implementación de políticas sanitarias sostenidas y verificables, la plaga de ratas continuará expandiéndose. La comunidad internacional y los organismos de salud regionales deberían prestar atención a esta crisis que, aunque parezca localizada, forma parte de un deterioro más amplio de las condiciones de vida en Cuba. Mientras tanto, los habaneros continúan comprando raticidas informales a precios exorbitantes, aferrándose a la esperanza de que estos productos logren lo que el Estado ha sido incapaz de garantizar: la protección básica de la salud y la dignidad de sus ciudadanos.



