La participación de ciudadanos cubanos en la contienda ibérica no solo dejó un rastro de sangre y radicalización en la isla, sino que también sentó las bases para la cultura de la violencia política que posteriormente explotaría el régimen de La Habana, el mismo que, paradójicamente, mantuvo una relación de mutua admiración y conveniencia con la dictadura franquista.
La Guerra Civil Española representa uno de los episodios más sangrientos y manipulados de la historia contemporánea europea. Lo que comenzó como una sublevación militar contra la Segunda República se convirtió rápidamente en un campo de batalla internacional, un laboratorio donde las potencias totalitarias de la época ensayaron sus doctrinas y armamentos. La Unión Soviética, la Italia fascista y la Alemania nazi intervinieron de manera directa, transformando un conflicto interno en una guerra proxy que dejó al país ibérico en ruinas, con un saldo de casi un millón de muertos y una fractura social que perdura hasta nuestros días.
La historiografía tradicional, fuertemente influenciada por la izquierda internacional, ha tendido a romantizar el bando republicano, presentándolo como una lucha pura de la democracia contra el fascismo. Sin embargo, el rigor histórico exige reconocer que la Segunda República también fue escenario de atrocidades espantosas. Las checas de inspiración estalinista, las masacres indiscriminadas como la de Paracuellos, el asesinato sistemático de religiosos y la destrucción del patrimonio eclesiástico demuestran que el terrorismo de Estado y el fanatismo ideológico no fueron exclusivos de los sublevados. Ambos bandos sumergieron a España en un baño de sangre que alimentó las pestras del totalitarismo.
En este contexto de polarización extrema, Cuba tuvo una participación singular. La isla se convirtió en uno de los principales proveedores de voluntarios para las llamadas Brigadas Internacionales. Aquel contingente estaba compuesto por una mezcla heterogénea de idealistas exaltados, aventureros, radicales de izquierda y redentores de salón. Entre ellos destacaron figuras que, con el tiempo, se transformarían en piezas clave de la violenta dinámica política cubana, demostrando que la guerra en España fue, para muchos, un campo de entrenamiento para la radicalización posterior.
Uno de los casos más emblemáticos es el del escritor Pablo de la Torriente Brau, whose comunismo ferviente lo llevó a perecer en la batalla de Majadahonda. La propaganda posterior del régimen de La Habana se encargó de mitificar su figura, convirtiéndolo en un mártir de la causa. No obstante, su trayectoria es un reflejo de cómo el dogma marxista-leninista, importado y asimilado por la intelectualidad cubana de la época, justificaba la violencia como medio para la toma del poder, una doctrina que la dictadura castrista institucionalizaría décadas más tarde.
Aún más reveladores para entender la matriz de la violencia en Cuba son los casos de Emilio Tro y Rolando Masferrer. Estos brigadistas regresaron a la isla ansiosos por aplicar sus recién adquiridos conocimientos bélicos. En lugar de contribuir a la paz o la institucionalidad, se integraron en los llamados «grupos de acción revolucionaria». Estas pandillas políticas, que operaban bajo el disfraz de la militancia, se dedicaban a ajustar cuentas a balazos, eliminar a los considerados traidores de la Revolución del treinta y tres y, fundamentalmente, disputarse el control de las cuotas de poder mediante el terror.
Emilio Tro lideró la Unión de Acción Insurreccional, una organización de corte mafioso con la que un joven Fidel Castro estuvo íntimamente vinculado durante sus años en la Universidad de La Habana. Por su parte, Rolando Masferrer, quien terminaría convertido en enemigo acérrimo de Castro, fundaría en los años cincuenta los famosos «Tigres de Masferrer», considerados el primer escuadrón de la muerte de América Latina. Masferrer terminaría exiliado en Miami, donde fue asesinado por agentes de la dictadura castrista, evidenciando cómo el ciclo de violencia iniciado en España culminó en el asesinato político como herramienta de Estado por parte del régimen de La Habana.
Pero la huella cubana en la Guerra Civil Española tiene un capítulo menos conocido y profundamente irónico. El general Emilio Mola, el verdadero cerebro y organizador de la sublevación militar que desencadenó el conflicto, no nació en la península, sino en Placetas, en la antigua provincia de Las Villas, Cuba. Mola estaba destinado a ser la cabeza de las fuerzas sublevadas, pero la fatalidad quiso que pereciera en un accidente de aviación, abriendo el camino para que el general Francisco Franco, hasta entonces reticente al complot, asumiera el liderazgo absoluto y erigiera una dictadura que asolaría España durante cuatro décadas.
Aquí emerge uno de los episodios más cínicos de la historia política del siglo XX. El régimen comunista de Fidel Castro, que se autoproclamaba bastión del antiimperialismo y la libertad, mantuvo excelentes y pragmáticas relaciones con la España franquista. Tanto fue así, que a la muerte del dictador español, el gobierno cubano decretó tres días de duelo oficial. La explicación radica en la mutua admiración que, según múltiples testimonios históricos, existía entre el Caudillo de Ferrol y el Comandante de Birán. Ambos comprendieron que, más allá de las retóricas ideológicas opuestas, compartían una esencia común: el control absoluto del poder, la supresión de las libertades y el uso de la represión sistemática contra cualquier disidencia.
Contexto histórico y la matriz política cubana
Para comprender la magnitud de estos acontecimientos, es necesario analizar el contexto cubano de la época. La isla vivía un periodo de profunda inestabilidad institucional tras el derrocamiento de la dictadura de Gerardo Machado. La llamada Revolución del treinta y tres fracasó en consolidar un modelo democrático estable, dando paso a una época caracterizada por la gangsterización de la política universitaria y nacional. La participación de cubanos en la Guerra Civil Española actuó como un catalizador de esta violencia, aportando tácticas militares, disciplina de combate y una desensibilización ante la muerte que sería exportada directamente a las calles de La Habana.
El castrismo supo capitalizar este ambiente de polarización y violencia. Fidel Castro no surgió de la nada; fue el producto de una cultura política donde el ajusticiamiento, el atentado y el terror eran moneda corriente. Los grupos de acción, nutridos por veteranos de las Brigadas Internacionales, crearon el caldo de cultivo perfecto para que una figura autoritaria pudiera presentarse como un «salvador» frente al caos reinante. La dictadura actual no hace más que ser la institucionalización definitiva de aquellos grupos de choque que aprendieron a matar en España y perfeccionaron su oficio en Cuba.
Asimismo, la relación con el franquismo expone la verdadera naturaleza del régimen de La Habana. La izquierda internacional a menudo ignora o justifica las contradicciones del castrismo, pero el duelo por Franco es una bofetada a la realidad histórica. Demuestra que, para la dictadura cubana, los principios ideológicos son meramente instrumentales. Lo que realmente importa es la supervivencia del régimen y la perpetuación en el poder, incluso si eso significa llorar la muerte de un dictador de extrema derecha mientras se fusila a opositores en el paredón de La Cabaña.
Reflexión final
La historia de la participación cubana en la Guerra Civil Española es un espejo de la tragedia latinoamericana. Nos enseña cómo el extremismo, en cualquiera de sus vertientes, desemboca invariablemente en la destrucción de la sociedad civil y en la instauración de regímenes autoritarios. Los cubanos que marcharon a España, ya fuera para defender a una República asediada por el estalinismo o para sublevarse bajo el mando de un general nacido en Placetas, llevaron consigo un virus de radicalidad que infectó fatalmente el cuerpo político de la isla.
Hoy, el régimen de La Habana continúa utilizando la memoria histórica de manera selectiva y manipuladora. Exalta a los brigadistas que murieron por el comunismo, pero silencia el gangsterismo que sembraron a su regreso; condena el fascismo en sus discursos, pero oculta la vergüenza de haber decretado luto por la muerte de Franco. Entender esta historia en toda su complejidad, sin maniqueísmos y con un rigor crítico implacable, es fundamental para desmitificar las bases fundacionales de una dictadura que lleva más de seis décadas secuestrando el destino de la nación cubana.



