El cantante Israel Rojas, líder del dúo Buena Fe y una de las figuras más connotadas de la propaganda oficialista en la isla, sorprendió a la opinión pública al criticar abiertamente el nuevo esquema tarifario de la Empresa de Telecomunicaciones de Cuba (ETECSA). En una inusual publicación en redes sociales, el cantautor utilizó el término «tarifazo» para describir la medida impuesta por el monopolio estatal, reflejando el profundo descontento ciudadano que amenaza con desbordar los márgenes del guion pautado por las autoridades de la isla.
A través de un breve mensaje en su perfil de Facebook, Rojas señaló que el incremento de tarifas «está lleno de todos los vicios de la comunicación política cubana actual». Aunque reconoció que pueden existir «razones técnicas y objetivas» detrás de la decisión del monopolio, advirtió que estas terminan pareciendo «inciertas, injustas y erráticas» ante la forma opaca y unilateral en que han sido implementadas y comunicadas por el gobierno cubano.
La utilización del vocablo «tarifazo» por parte de un artista históricamente alineado con el régimen de La Habana constituye un hecho insólito en el panorama mediático nacional. Este término, popularizado en apenas unas horas por la indignación popular frente a la medida, ha sido sistemáticamente evitado por los medios de prensa estatales, quienes prefieren referirse a la decisión como un «reordenamiento» o «ajuste» tarifario para maquillar el impacto económico sobre la población.
La medida impuesta por ETECSA, vigente desde el pasado 30 de mayo, ha generado un rechazo masivo entre la ciudadanía, siendo calificada por numerosos usuarios como un «robo a mano armada». El nuevo esquema restringe severamente el acceso a las telecomunicaciones al limitar a una sola recarga mensual en pesos cubanos (CUP) un máximo de 360 pesos. Esta cantidad resulta absolutamente insuficiente para adquirir planes básicos de datos, llamadas y mensajes, empujando forzosamente a la población hacia una dolarización de facto en un sector esencial.
En paralelo a la drástica restricción en moneda nacional, la compañía estatal ha intensificado la promoción de nuevas ofertas en dólares estadounidenses. Estas opciones solo pueden adquirirse desde el exterior o a través de la billetera digital Monedero MiTransfer, un sistema que también requiere ser alimentado con divisas. Esta dinámica excluye de manera directa a la inmensa mayoría de los cubanos que no reciben remesas ni tienen acceso a moneda libremente convertible, profundizando la brecha de desigualdad y marginación en el país.
Antecedentes de una voz oficialista frente a la represión
La crítica de Israel Rojas cobra una relevancia singular si se tienen en cuenta sus antecedentes políticos y su trayectoria pública. A lo largo de los últimos años, el cantautor ha sido uno de los principales aliados culturales del poder en Cuba, asumiendo un rol de justificador de las crisis sistémicas que azotan a la nación. Su postura ha incluido la demonización constante de quienes han optado por el exodo migratorio en busca de un futuro digno, una actitud que le ha granjeado el rechazo y el desprecio de amplios sectores del pueblo cubano.
Su lealtad institucional se consolidó de manera evidente tras las históricas protestas del 11 de julio de 2021. En medio de la ola de violencia estatal, detenciones arbitrarias y juicios sumarios, Rojas se erigió como una de las voces más fervientes de la dictadura cubana. En lugar de respaldar las demandas sociales de los manifestantes o solidarizarse con las familias de los cientos de presos políticos, el cantante atacó a los participantes de las marchas, validando la narrativa oficial que atribuía la indignación popular a una supuesta manipulación del enemigo externo.
Esa incondicionalidad le ha costado al artista un severo desprestigio internacional. En sus intentos por presentarse ante la diáspora cubana en países como España y México, Rojas ha enfrentado abucheos, cancelaciones de conciertos y el repudio frontal de un público que no perdona su complicidad con la maquinaria represiva del Estado. Sin embargo, el actual descontento frente al «tarifazo» de ETECSA parece haber tocado un límite incluso para los más acérrimos defensores del sistema, obligándolos a reflejar la realidad para no perder por completo el poco vínculo que les queda con la calle.
Contexto sistémico: Comunicación, dolarización y crisis estructural
El descontento expresado por Rojas no es un hecho aislado, sino el reflejo de una fractura más profunda en la militancia castrista, sus voceros y los propios medios estatales. La impopularidad de la medida ha trascendido las redes sociales y se ha instalado en el debate interno, evidenciando que la desconexión entre las políticas económicas del ejecutivo cubano y la realidad cotidiana ha alcanzado niveles insostenibles. La población sobrevive en medio de una inflación galopante, un salario real en caída libre y un desabastecimiento crónico que hace imposible el acceso a productos básicos.
La decisión de ETECSA se inserta directamente en la crisis estructural del país y en la estrategia gubernamental de extracción de divisas. Ante el colapso productivo y la incapacidad del régimen para generar riqueza, el Estado recurre al monopolio de las telecomunicaciones no solo como un proveedor de servicios, sino como una vía para capturar los dólares que ingresan al país a través de las remesas. Exigir divisas para acceder a internet o llamadas telefónicas supone un nuevo golpe a la ya precaria calidad de vida, privatizando las ganancias en moneda dura mientras se socializa la pobreza en pesos cubanos.
Además, la crítica de Rojas sobre los «vicios de la comunicación política» apunta al corazón del agotamiento del modelo autoritario. La falta de transparencia, la imposición de medidas sin consulta pública y la costumbre de presentar decisiones económicas arbitrarias como «soluciones técnicas» ineludibles ha generado un escepticismo generalizado. La ciudadanía ya no compra el discurso oficial y, ante la falta de canales democráticos para exigir cambios, opta por la protesta civil, como lo demuestra el creciente llamado a un «parón total de recargas» como acto de repudio.
Implicaciones y panorama a futuro
El llamado a no recargar teléfonos móviles representa una forma de resistencia pacífica en una sociedad donde la dictadura cubana mantiene un estricto control sobre el espacio público y penaliza cualquier manifestación de disidencia. Restringir el acceso a internet y a las comunicaciones también tiene un componente político: limitar la capacidad de los ciudadanos para organizarse, denunciar abusos y acceder a información independiente que no pase por el filtro de la censura estatal.
Si esta medida de boicot logra consolidarse entre la población y la diáspora, podría traducirse en un duro golpe financiero para ETECSA, una de las principales empresas generadoras de ingresos en divisas para el régimen. La respuesta del gobierno cubano ante esta posible pérdida de capital será un termómetro de su nivel de desesperación financiera y de su disposición a reprimir o retroceder ante la presión ciudadana.
En definitiva, el hecho de que figuras culturalmente afines al poder se vean obligadas a adoptar el lenguaje de la protesta ciudadana marca un punto de inflexión peligroso para la narrativa oficial. La crisis económica, la falta de libertades y el colapso de los servicios públicos continúan socavando los cimientos del control social en La Habana. La incapacidad del gobierno para gestionar la crisis y su empeño en seguir extrayendo recursos de un pueblo empobrecido comienza a generar fisuras que, como ha demostrado este episodio, ya no pueden ser selladas por la maquinaria propagandística.

