A una década de su última presentación en Cuba, la compañía Les Ballets de Monte Carlo regresa a la isla bajo el liderazgo de la princesa Carolina de Mónaco con el espectáculo «Core Meu». La presentación, que se desarrolla en la sala Avellaneda del Teatro Nacional de Cuba como parte de la programación de la Feria Internacional Cubadisco 2025, contrasta profundamente con el deterioro de la infraestructura cultural y la represión sistemática que enfrentan los artistas nacionales bajo el régimen de La Habana.
El reencuentro de la agrupación monegasca con el público cubano estaba previsto inicialmente para la edición número 28 del Festival Internacional de Ballet de La Habana “Alicia Alonso”, pero las autoridades de la isla reubicaron el evento dentro de la programación de Cubadisco 2025. La pieza elegida para esta visita es «Core Meu» (Mi corazón), una creación del coreógrafo francés y director artístico del conjunto desde 1993, Jean-Christophe Maillot. La obra se describe como una celebración eufórica de la danza que evoca el trance y el sacrificio, combinando la técnica rigurosa del ballet académico con los ritmos tradicionales de la tarantela del sur italiano.
Las funciones están programadas para el viernes 16 y sábado 17 en horario de 7:00 p.m., y el domingo 18 a las 5:00 p.m. La ambientación de la obra se sitúa en la región de Apulia, a orillas del Mediterráneo, y contará con la particularidad de la música en vivo a cargo del compositor italiano Antonio Castrignanó y el grupo Taranta Sounds. Maillot ha destacado que se trata de un montaje singular donde todos los bailarines permanecen en escena de manera continua, reforzando el mensaje sobre la necesidad de bailar y compartir. Por su parte, Castrignanó ha expresado su convicción de que la tarantela calará profundo en el ánimo del público cubano, subrayando su vínculo personal con la cultura de la isla y su admiración por la música tradicional cubana desde hace 25 años.
La agrupación, fundada en 1985 para conmemorar este año sus cuatro décadas de existencia, está integrada por 50 bailarines provenientes de una veintena de países. Su línea artística asume como inspiración la impronta de los Ballets Rusos de Serge Diaghilev y su reinvención de la danza académica del siglo XX. A lo largo de más de tres décadas, Maillot ha construido un diálogo fértil entre tradición e innovación, incorporando al repertorio a coreógrafos de la talla de William Forsythe, Nacho Duato, Jiry Kylian y Sidi Larbi Cherkaoui, y destacando por un trabajo interdisciplinario que ha incluido colaboraciones con figuras como Karl Lagerfeld en el diseño de vestuario.

Les Ballets de Monte Carlo en La Habana, este fin de semana (Fuente: La Jiribilla)
La presencia de la princesa Carolina de Mónaco, hija del príncipe Rainiero III y la actriz Grace Kelly, es el principal respaldo de esta visita. Nacida el 23 de enero de 1957 y titulada oficialmente como S.A.R. la princesa de Hannover, Carolina ha estado históricamente vinculada al mecenazgo cultural en el Principado. Tras la muerte de su madre en 1982, asumió roles representativos como primera dama de Mónaco hasta 2011, presidiendo instituciones como la Fundación Princesa Grace. Su relación con Cuba se remonta a 2015, cuando la compañía presentó «Cenicienta», recibiendo el Premio Villanueva de la Crítica Cubana y compartiendo con estudiantes del Ballet Nacional de Cuba y con Alicia Alonso.
El contraste con la crisis del sector cultural cubano
Sin embargo, la llegada de esta prestigiosa compañía internacional a La Habana ocurre en un momento de profunda crisis estructural para la cultura en Cuba. Mientras el gobierno cubano despliega su maquinaria diplomática y mediática para recibir a figuras de la realeza europea y agrupaciones foráneas, los artistas nacionales enfrentan un escenario desolador. Las instituciones culturales de la isla sufren un proceso acelerado de deterioro, marcado por la falta de recursos materiales, la obsolescencia de las salas de teatro y la incapacidad del ejecutivo cubano para mantener una infraestructura mínima que garantice el desarrollo de las artes escénicas frente a los apagones diarios y la inflación galopante.
El régimen de La Habana ha utilizado históricamente la alta cultura como una tarjeta de presentación ante el mundo, proyectando una imagen de normalidad y refinamiento que oculta la realidad de un país sumido en el desabastecimiento crónico. Eventos como Cubadisco o el Festival de Ballet funcionan como escaparates para el régimen, permitiéndole mostrar una vitrina internacional mientras, en paralelo, ejerce una censura feroz y la represión política contra cualquier creador que se atreva a disentir del discurso oficial. La dictadura cubana criminaliza el arte independiente, aplicando normativas coercitivas para silenciar voces críticas y restringir la libre creación.

"CORE MEU" – Jean-Christophe Maillot
Este contraste es especialmente evidente en el ámbito del ballet. El Ballet Nacional de Cuba, otrora orgullo de la isla bajo la dirección de Alicia Alonso, ha sido testigo de un éxodo masivo de sus figuras más destacadas. Los bajos salarios, que en el contexto actual de hiperinflación no alcanzan para cubrir ni las necesidades básicas de alimentación, sumados a la falta de libertades y a un entorno de represión sistemática, han empujado a decenas de bailarines a abandonar el país. Las grandes figuras de la danza cubana hoy brillan en compañías de Estados Unidos, Europa y América Latina, lejos de las limitaciones impuestas por las autoridades de la isla.
La reactivación de conexiones culturales que celebra la prensa oficial choca frontalmente con esta diáspora artística. Mientras se reciben en la sala Avellaneda a 50 bailarines de una veintena de nacionalidades, los talentos cubanos se ven obligados a emigrar para poder vivir de su arte. La política cultural del gobierno cubano ha convertido a las instituciones en jaulas burocráticas, donde el control ideológico prima sobre el desarrollo creativo y el bienestar material de los artistas. Las entradas para «Core Meu», disponibles en la taquilla del Teatro Nacional y el Gran Teatro de La Habana, son inalcanzables para el cubano de a pie, convirtiendo el espectáculo en un evento de élite accesible solo para una minoría privilegiada o la nomenclatura del régimen.
Antecedentes de la diplomacia cultural del régimen
El uso de la cultura como herramienta de propaganda no es nuevo para la dictadura cubana. Desde las primeras décadas del proceso revolucionario, el régimen comprendió el valor del «soft power» de las artes. La alianza con Alicia Alonso permitió al Estado monopolizar el ballet y presentarlo al mundo como un logro del sistema socialista, a pesar de las carencias internas. Sin embargo, la fachada se ha desmoronado en los últimos años. La incapacidad para mantener los teatros, la fuga de talentos y la represión a artistas independientes, como los integrantes del Movimiento San Isidro o el 27N, han evidenciado que el modelo cultural del régimen está agotado y responde más a intereses de control político que al fomento genuino de las artes.
En este sentido, la visita de Les Ballets de Monte Carlo es un respiro para un sector cultural asfixiado, pero también un recordatorio de las contradicciones del sistema. La princesa Carolina ha afirmado que la danza en Mónaco «no es nostalgia por un pasado revolucionador. Es, en sí misma, vigilia y escucha de formas más renovadoras». Estas palabras resuenan con ironía en un país donde el gobierno cubano ancla su legitimidad precisamente en un pasado revolucionario inamovible, negando la posibilidad de renovación y modernización institucional, y manteniendo a la sociedad en un estado de vigilancia y escucha impuesto por la seguridad del Estado.
Implicaciones a futuro
El futuro de la danza y la cultura en general en Cuba dependerá en gran medida de la capacidad de la sociedad civil para superar el cerco informativo y represivo. La comunidad internacional, mientras mantiene intercambios culturales legítimos y enriquecedores como el que propone la compañía monegasca, no debe perder de vista la realidad de los artistas cubanos que luchan por la libertad de creación dentro de la isla. La presencia de figuras internacionales debería ir acompañada de un llamado a las autoridades para que respeten los derechos humanos y desmonten el aparato de censura que asfixia la creatividad nacional.
El regreso de la princesa Carolina y su compañía es, sin duda, un acontecimiento artístico de primer nivel para quienes puedan acceder a él. No obstante, la verdadera reactivación de la cultura cubana no vendrá de la mano de eventos aislados y fuertemente custodiados por el Estado, sino cuando el régimen de La Habana cese en su represión, permita el libre flujo de ideas y garantice condiciones de vida dignas para sus artistas. Hasta entonces, cada función de ballet internacional en La Habana será también un espejo de la profunda desigualdad, la crisis estructural y la falta de libertades que sufre el país.


