La profunda crisis del sector energético en Cuba ha vuelto a empujar a los ciudadanos a las calles. Residentes del municipio capitalino de La Lisa se congregaron frente a la sede del Partido Comunista para exigir soluciones tras sufrir un apagón de más de 18 horas, en un nuevo episodio de descontento social que evidencia el agotamiento de la población frente al fracaso del modelo impuesto por el régimen de La Habana.
El hartazgo ciudadano ha alcanzado un nuevo punto de inflexión en las calles de La Lisa. Decenas de vecinos se reunieron en la intersección de las calles 202 y 51, a escasos metros de las oficinas del Poder Popular y la sede municipal del Partido Comunista de Cuba (PCC). La concentración, surgida de manera espontánea, fue la respuesta directa a la incapacidad del gobierno cubano para garantizar un servicio básico y fundamental como la electricidad. Los manifestantes, despojados del miedo histórico que ha imperado en la isla, entonaron el Himno Nacional en plena vía pública, transformando un acto de desesperación en una clara demanda de dignidad y respeto.
Como es habitual ante cualquier manifestación de disidencia o descontento, la respuesta institucional no se hizo esperar. Patrullas de la policía nacional revolucionaria llegaron rápidamente al lugar de los hechos. El despliegue de las fuerzas del orden responde a un patrón sistemático de la dictadura cubana, que prioriza la disuasión y el amedrentamiento de los ciudadanos por encima de la resolución de las causas estructurales que originan las protestas. La presencia policial no trajo consigo soluciones para el colapso eléctrico, sino el implícito recordatorio del costo que tiene alzar la voz contra el poder establecido.
La situación que motivó la protesta en La Lisa dista mucho de ser un caso aislado o un contratiempo temporal. Los residentes denunciaron haber permanecido más de 18 horas consecutivas sin suministro eléctrico, una realidad que se replica con devastadora eficiencia en toda la geografía nacional. Las redes sociales se han convertido en el único altavoz disponible para una población carente de canales institucionales reales de queja. En ellas, ciudadanos de Arroyo Arenas reportaron hasta 32 horas en la oscuridad, mientras que en otros barrios de la capital los cortes superan las 36 horas, interrumpidos apenas por lapsos de menos de 60 minutos de servicio.
Este nivel de deterioro en los servicios básicos ha generado un caldo de cultivo donde el hartazgo es la constante. Numerosos habitantes de la capital aseguran llevar semanas sobreviviendo con apenas un par de horas de electricidad al día. La imposibilidad de conservar alimentos, la falta de agua potable —directamente vinculada al bombeo eléctrico— y el asfixiante calor tropical han empujado a los cubanos a un límite insostenible. En los testimonios recopilados, resuena un llamado unánime a perder el miedo, un sentimiento que amenaza con erosionar definitivamente el control social ejercido por el régimen durante décadas.
La indignación no se ha limitado a La Lisa. Recientemente, en el municipio de Centro Habana, decenas de familias organizaron un cacerolazo pacífico en la calle Salud, entre Santiago y Márquez González. Hombres, mujeres y ancianos salieron a balcones, portales y aceras haciendo sonar cazuelas vacías y cucharas, una imagen que evoca las grandes crisis políticas del continente. La motivación fue doble: más de 28 horas sin electricidad y la ausencia total de gas para cocinar. El ruido de las cacerolas funcionó como un grito colectivo que resume la realidad de un país donde «no hay luz, no hay agua, no hay nada», tal como expresaron los propios manifestantes.
A esto se suman los hechos ocurridos en La Habana Vieja, donde la paciencia ciudadana colapsó tras soportar más de 40 horas consecutivas en la oscuridad. En aquella ocasión, la protesta nocturna trascendió las quejas por los servicios y derivó en coreaciones abiertas de «¡Libertad!». Este viraje en el lenguaje de las protestas es profundamente significativo. Lo que comienza como una demanda por el restablecimiento de la corriente eléctrica rápidamente muta hacia una condena integral del sistema político, evidenciando que la población comprende que la crisis energética es, en el fondo, una crisis de gobernabilidad y de modelo.
A diferencia de años anteriores, cuando este tipo de expresiones de descontento eran rápidamente sofocadas o presentadas como hechos aislados, la actualidad muestra una dinámica diferente. Las protestas estallan tanto de día como de noche, y ocurren con una frecuencia casi diaria en distintos puntos de la isla, con especial incidencia en la capital. Aunque la rápida y desproporcionada presencia de las fuerzas represivas de la dictadura suele lograr la dispersión de los manifestantes y evitar que las concentraciones adquieran masividad, el malestar social se ha vuelto un fenómeno imparable y altamente visible.
El régimen de La Habana se encuentra atrapado en una encrucijada de su propia creación. La falta de inversión, el envejecimiento de las termoeléctricas, la corrupción interna y la dependencia de aliados geopolíticos que ya no subsidian el petróleo con la generosidad del pasado, han colapsado el Sistema Electroenergético Nacional (SEN). El gobierno cubano no tiene respuestas técnicas para la crisis y, en su lugar, ofrece discursos culpando al embargo estadounidense, un relato que ha perdido toda credibilidad en las calles. La población ya no compra las excusas y exige resultados tangibles, algo que la burocracia estatal es incapaz de proporcionar.
Contexto: El colapso estructural del sistema eléctrico cubano
La crisis energética que sufre Cuba no es un fenómeno coyuntural, sino el resultado de décadas de mala gestión, falta de mantenimiento y desidia institucional por parte del régimen. El Sistema Electroenergético Nacional (SEN) opera muy por debajo de su capacidad instalada, con plantas generadoras que superan sus años de vida útil y sufren averías constantes. La falta de recursos financieros para adquirir piezas de repuesto y combustibles ha llevado a un déficit de generación que ronda los miles de megavatios diarios, sumiendo a la población en cortes programados y no programados que duran días enteros.
Históricamente, la dictadura ha utilizado el control de la información y la represión selectiva para mantener el orden social. Sin embargo, la generalización de la miseria y el colapso de las infraestructuras básicas han roto el contrato social implícito que mantenía a la población en un estado de pasividad relativa. Las protestas por apagones en la década de los 90, durante el llamado «Período Especial», fueron reprimidas con dureza, pero la diferencia hoy radica en la capacidad de los ciudadanos para documentar y difundir estos actos a través de las redes sociales, rompiendo el cerco informativo y demostrando que el descontento es generalizado y no la obra de «vándalos» o «mercenarios» como suele tildar la propaganda oficialista.
Un estallido social en cámara lenta
Lo ocurrido en La Lisa, Centro Habana y La Habana Vieja es el síntoma de una sociedad que ha tocado fondo. La dictadura cubana se aferra al poder mediante el despliegue policial y la amenaza de represión, pero el cansancio acumulado está minando los cimientos del miedo. Cuando un pueblo se queda sin luz, sin comida y sin esperanza, la represión pierde su efectividad disuasoria. Las cacerolas, los cantos del Himno Nacional y los gritos de «Libertad» en medio de la oscuridad de los apagones son la advertencia más clara de que el escenario político y social en Cuba está experimentando una transformación irreversible.
El gobierno cubano enfrenta el desafío más grande de su reciente historia: una ciudadanía que ya no teme salir a las calles, cansada de promesas incumplidas y de un modelo totalitario que solo ha garantizado pobreza y precariedad. Mientras los apagones continúen y la respuesta oficial sea la represión en lugar de soluciones, las protestas seguirán multiplicándose, acercando al país a un punto de quiebre donde la continuidad del régimen se vuelve cada vez más insostenible.


