El gobernante cubano, Miguel Díaz-Canel, inauguró su programa «Criterio Compartido» en Radio Rebelde evadiendo las quejas más críticas de la población, incluyendo el llamado desesperado de una jubilada de 88 años y las denuncias de un ciudadano asfixiado por la inflación. El silencio del mandatario contrasta de forma directa con la reseña oficial emitida por la Presidencia, la cual afirmó falsamente que el gobernante «respondió a cada planteamiento», en un nuevo episodio de manipulación informativa por parte del aparato estatal.
En la primera emisión del espacio radial, conducido por Bárbara Betancourt, la dirección del programa seleccionó cinco llamadas de la audiencia para la segunda mitad de la transmisión. Sin embargo, al concluir la ronda de intervenciones, Díaz-Canel optó por responder únicamente a tres, ignorando deliberadamente los testimonios que exponían de manera más cruda el fracaso de la política económica del régimen de La Habana. El audio del programa, publicado por la propia Presidencia, desmiente el texto oficial que acompañó la emisión.
Una de las llamadas ignoradas fue la de Juana Pérez, residente en La Habana, quien con 88 años y una pensión de 2.000 pesos mensuales relató la imposibilidad de sobrevivir en el contexto económico actual. La anciana solicitó que las futuras ventas en los barrios cuenten con «precios accesibles a las personas mayores» y lamentó la pérdida de la canasta básica normada. «Por lo menos cuando daban los alimentos por la canasta básica, uno iba sobreviviendo. Pero en estos momentos la situación económica de las personas mayores es muy difícil», afirmó en el audio. No obstante, la reseña oficial censuró estas palabras, cortando la cita con puntos suspensivos para ocultar la crítica a la desabastecimiento estatal.
La segunda denuncia que quedó en el aire provino de Pedro Rodríguez Martínez, desde Contramaestre, en la provincia de Santiago de Cuba. El oyente cuestionó la pasividad del ejecutivo cubano ante la inflación galopante y el precio de los alimentos básicos. «¿Qué tiempo hay que esperar [para] que esa inflación siga acabando con nosotros? Terrible, aquí el aceite está a 3.600, a veces a 4.000, a 5.000 y nadie controla el precio aquí», denunció. Aunque en un tramo anterior del programa Díaz-Canel había admitido el desgaste del gobierno en medidas de control de precios, su única respuesta fue una evasiva: aseguró que el problema se resuelve «produciendo más», sin ofrecer soluciones inmediatas para la población.
El gobernante sí dedicó tiempo a responder a tres llamadas menos incómodas. A Natalia Caridad Quintana López, de Arroyo Naranjo, le prometió atención sobre un terreno reclamado por su comunidad hace más de una década. A una oyente de Cienfuegos que pedía más control sobre las orientaciones que emite La Habana le dio la razón. Y a Manuel Alejandro Rodríguez, de Nuevo Vedado, quien preguntó si llegaría combustible de «países amigos», le dio una respuesta que sintetiza la crisis energética nacional: «no llega combustible de ningún lugar del mundo».
El maquillaje de la realidad por parte de la Presidencia no se limitó a las llamadas en vivo. La reseña oficial también omitió fragmentos críticos de un sondeo callejero que abrió la emisión. Fue borrado el testimonio de un ciudadano que afirmó no recibir «ningún beneficio» de las nuevas medidas, así como la advertencia de otro sobre el riesgo de que las transformaciones «se queden ahí y no se haga nada», en alusión a los reiterados fracasos de planes anteriores. De un tercer entrevistado que acusó a los actores privados de especular, acaparar y evadir impuestos, el texto oficial solo reprodujo la frase final sobre el peligro de caer en «el capitalismo más despiadado y cruel», intentando desviar el foco de la responsabilidad estatal hacia el sector emergente.
El desmantelamiento de la canasta básica y el abandono de la tercera edad
El lamento de la jubilada Juana Pérez por la canasta básica adquiere una dimensión aún más grave al contextualizarlo con las políticas actuales. La medida 157 del paquete de 176 transformaciones económicas y sociales, publicado por el gobierno cubano, plantea explícitamente «transitar de la canasta familiar normada, a las ventas controladas sin subsidios en la red de comercio». Esta decisión supone el desmantelamiento definitivo del único mecanismo de subsidio universal que quedaba en la isla, dejando a la población más vulnerable a merced de los precios de mercado.
Las cifras expuestas durante el programa reflejan la magnitud de la catástrofe. Con la tasa del mercado informal publicada por el observatorio independiente el TOQUE, situada en 720 pesos por dólar, la pensión de 2.000 pesos de Juana Pérez equivale a apenas 2,78 dólares mensuales. Otra jubilada encuestada en la calle, que reportó ingresos de 3.181 pesos, percibe cerca de 4,42 dólares al mes. El propio Díaz-Canel admitió que el reciente aumento del salario mínimo, elevado de 2.100 a 3.210 pesos por el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social —apenas 4,46 dólares—, «no es el que necesitamos» y reconoció que este ajuste solo ha llegado al 51% de los trabajadores cubanos.
Contexto de una crisis sistémica y prolongada
El programa radial y las quejas no respondidas son un síntoma más de la profunda crisis estructural que atraviesa Cuba. La isla se encuentra sumida en una espiral inflacionaria sin precedentes, agudizada por el fracaso del llamado «Ordenamiento Monetario» implementado en 2021, el cual eliminó la dualidad monetaria pero destruyó el poder adquisitivo de la población, wiped out los ahorros de millones de cubanos y disparó los precios de los productos de primera necesidad. Las promesas de estabilización nunca se cumplieron, y la población ha visto cómo su capacidad para alimentarse, vestirse y acceder a medicamentos se reduce cada día.
El abandono de la tercera edad es una de las facetas más crueles de este colapso. Con un sistema de seguridad social prácticamente en bancarrota, los pensionados cubanos dependen de las remesas familiares o de la caridad para sobrevivir. La falta de medicamentos en las farmacias, la desnutrición y la imposibilidad de costear servicios básicos como la electricidad —sometida a apagones prolongados— han convertido la vejez en una condena de miseria. El régimen de La Habana responde a esta tragedia con planes de «subsidios diferenciados» que, en la práctica, son insuficientes y burocráticamente inaccesibles para la mayoría.
Además, la incapacidad del Estado para garantizar la distribución de alimentos y combustible ha generado un caldo de cultivo para la especulación, que el gobierno intenta culpar al sector privado emergente. Sin embargo, la raíz del problema reside en el control monopolista de la tierra, la importación y la distribución por parte del aparato estatal, que asfixia cualquier intento de producción nacional. La falta de combustible admitida por Díaz-Canel paraliza la agricultura, el transporte y la industria, creando un círculo vicioso de escasez y encarecimiento que ninguna medida del paquete de 176 transformaciones logra romper.
Antecedentes de simulación institucional y represión
La estrategia de Díaz-Canel de acercarse a la población a través de programas radiales o televisivos no es nueva, pero ha perdido toda credibilidad. Desde su llegada al poder, el gobernante ha repetido la dinámica de girar por provincias y municipios, escuchando quejas y dando instrucciones que rara vez se materializan en soluciones concretas. Esta teatralización del «diálogo» busca proyectar una imagen de gestión y cercanía, pero choca frontalmente con la realidad de un país donde la insatisfacción ciudadana es generalizada.
Cualquier manifestación de descontento que escape de los estrechos márgenes del control estatal es rápidamente silenciada. La dictadura cubana ha endurecido su aparato represivo tras las protestas históricas del 11 de julio de 2021, criminalizando la disidencia y aplicando penas de cárcel a quienes osen exigir cambios reales en las calles. En este contexto, «Criterio Compartido» funciona como una válvula de escape controlada, donde la censura previa decide qué quejas salen al aire y cuáles son archivadas, simulando un debate inexistente.
Al despedirse, Díaz-Canel aseguró que las llamadas no emitidas «fueron transcritas, organizadas y entregadas para su atención y seguimiento», una promesa que la ciudadanía recibe con escepticismo absoluto dada la nula capacidad de respuesta del Estado. La conductora del programa anunció que el espacio volverá a emitirse dentro de dos semanas, utilizando las llamadas como un «banco de temas», lo que sugiere un continuo goteo de propaganda interrumpido por testimonios cuidadosamente filtrados.
Implicaciones futuras y responsabilidad del poder
El estreno de este programa radial deja en evidencia la desconexión total entre la dirigencia cubana y la realidad que sufre la ciudadanía. Mientras el gobierno cubano maquilla transcripciones y evade responder por qué un litro de aceite cuesta más del doble de una pensión mensual, la crisis estructural sigue empujando a miles de cubanos a tomar la decisión de abandonar el país. El éxodo migratorio masivo, que ha vaciado a Cuba de su fuerza laboral y de su juventud, es la respuesta más contundente a la falta de futuro que ofrece el modelo actual.
La comunidad internacional y las organizaciones de derechos humanos continúan documentando las violaciones sistemáticas en la isla, desde la restricción a la libertad de expresión hasta la negación del derecho a una vida digna. La manipulación de un programa radial puede parecer un hecho menor, pero es un reflejo perfecto de la maquinaria de desinformación de la dictadura cubana: se construye un guion, se ignoran las verdades incómodas y se vende la ilusión de un gobierno que escucha, mientras la población se hunde en la pobreza extrema.
En definitiva, las quejas que Díaz-Canel dejó en el aire no son simples anécdotas radiales; son el grito ahogado de una nación que sobrevive con menos de tres dólares al mes. Mientras el poder no asuma la responsabilidad de su ineficiencia y abra el espacio a verdaderas reformas estructurales que incluyan libertades democráticas y económicas, los programas mediáticos solo serán cortinas de humo incapaces de ocultar el colapso irreversible del sistema.

