El regreso a las aulas en Cuba se ha convertido en una insuperable carrera de obstáculos financieros para la mayoría de las familias, evidenciando el profundo deterioro del sistema educativo y la incapacidad del Estado para garantizar suministros básicos. En ciudades como Santa Clara, la comercialización de útiles escolares en el mercado informal impone precios que superan con creces los ingresos mensuales de un trabajador promedio, obligando a los padres a recurrir a estrategias de supervivencia extrema para vestir y equipar a sus hijos.
Frente a los negocios del centro de Santa Clara, la realidad de la escasez se materializa en los rostros de angustia de las madres. Lauren Cárdenas, una joven divorciada que subsiste «en lo que aparezca», intentaba explicar a su hija de siete años la imposibilidad de comprar una mochila estampada con la película Frozen. La encargada del establecimiento exigía vender la prenda exclusivamente como parte de un combo valorado en 10.000 pesos, incluyendo el bolso para la merienda y la cartuchera. «Tengo exactamente 3.000 pesos. Más no puedo dar, porque me faltan los zapatos, que es lo más importante, porque descalza sí que no puede ir», relató Cárdenas, ilustrando el drama cotidiano de quienes no cuentan con ayuda económica desde el exterior.
La dependencia absoluta del mercado informal ha transformado la preparación del curso escolar en una operación logística agotadora que recae, en gran medida, sobre las madres cubanas. En las cercanías del Boulevard santacrareño, los establecimientos ofrecen artículos «traídos de afuera» a precios inalcanzables, algunos cotizados en moneda nacional y otros exclusivamente en dólares. Maletas con ruedas, loncheras térmicas y zapatillas de moda exhiben precios que escapan al poder adquisitivo de la población, profundizando la brecha de desigualdad social en la isla y obligando a las familias a amortiguar el impacto emocional de la escasez en sus hijos.
El mercado informal y la fractura social
En zonas comerciales alternativas como La Candonga, en los alrededores del hospital provincial, proliferan opciones artesanales que imitan marcas reconocidas como Nike o Puma. Aunque resultan más económicas, sus precios aún superan los 8.000 pesos y enfrentan el rechazo infantil por no cumplir con las expectativas estéticas o de tamaño. Elizabeth García, entrenadora personal y cuentapropista, reconoce que aunque puede asumir algunos de estos gastos gracias a su salario independiente, el porcentaje de familias con esa capacidad es minúsculo. «Yo iba a la escuela con una de vinil y la jabita de tela, pero los tiempos han cambiado, hay más oferta y también más desigualdad», aseguró con resignación.

Venta de mochilas importadas en Santa Clara (Foto de la autora)
La crisis de los seminternados escolares ha dado origen a una nueva y onerosa necesidad: las loncheras eléctricas. La precariedad extrema de los almuerzos escolares ha obligado a muchas familias a buscar mecanismos para que los menores puedan consumir alimentos calientes llevados desde casa. A mediados de agosto, la creadora digital conocida como Litle Lo Lase viralizó un testimonio que mezclaba humor y desespero tras descubrir que estos artefactos superan los 5.000 pesos. «Te vas con tu pozuelo de plástico de toda la vida, porque esta cubana no va a comprar lonchera eléctrica, aunque se alineen el Sol, la Felton y la Guiteras», escribió, en clara alusión a la imposibilidad de acceder a estos bienes ante el colapso de la infraestructura estatal.
Carencias estructurales: desde la alimentación hasta la bibliografía
A la larga lista de gastos imprevistos se suman los teléfonos celulares y los ventiladores recargables. La inexistencia de bibliografía impresa actualizada en las escuelas, especialmente a nivel de secundaria, ha forzado a los padres a proveer a sus hijos de dispositivos móviles para que puedan investigar y realizar trabajos prácticos. Del mismo modo, la falta de ventilación en las aulas abarrotadas y sin mantenimiento ha convertido a los ventiladores unipersonales en un artículo «indispensable» para el regreso a clases, recargando aún más el ya mermado bolsillo familiar y evidenciando el abandono de las instalaciones educativas.
Los uniformes escolares representan otro frente de batalla para los tutores. Las cuotas normadas por el Estado resultan insuficientes para cubrir los cinco días lectivos y, con frecuencia, las tallas disponibles sobrepasan por creces la complexión de los menores. En el mercado informal, cada pieza nueva oscila entre los 500 y los 1.000 pesos. Estimaciones no oficiales indican que el gasto promedio por estudiante al inicio del curso supera los 3.000 CUP, una cifra que contrasta dramáticamente con los ingresos mensuales de cualquier trabajador del sector estatal en la isla.

(Captura de pantalla)
Contexto: El colapso educativo en medio de la crisis estructural
Esta situación no es un fenómeno aislado, sino la consecuencia directa de la profunda crisis estructural que atraviesa el país. El fracaso del llamado «Ordenamiento Monetario» implementado por el gobierno cubano en 2021 disparó una inflación incontrolable que ha devaluado drásticamente el peso cubano frente al dólar. Las autoridades de la isla han demostrado una absoluta incapacidad para articular una economía que garantice el acceso a bienes básicos, transfiriendo la responsabilidad de la supervivencia y la educación directamente al ciudadano, quien debe buscar alternativas en la ilegalidad o el mercado negro.
Históricamente, el régimen de La Habana ha ostentado el sistema educativo cubano como uno de sus principales logros propagandísticos ante la comunidad internacional. Sin embargo, la realidad actual muestra una infraestructura en ruinas, con escuelas que carecen de recursos didácticos, ventanas, agua potable y alimentación adecuada. La falta de inversión social y la priorización de otras áreas sobre la educación han desmantelado la promesa de una enseñanza gratuita y de calidad, dejando a la niñez en una situación de vulnerabilidad sin precedentes en las últimas décadas.
El impacto psicológico y social de esta crisis es devastador. Las redes sociales se han convertido en tableros de auxilio donde madres desesperadas buscan alternativas mediante el trueque o la compra de artículos de uso. En grupos de Facebook como «Madres Cubanas Luchadoras», mujeres como Carmen Pérez piden ayuda para adquirir útiles escolares ante la imposibilidad de comprarlos. «Soy yo sola con dos niños. Trabajo muchísimo, pero todas saben cómo está la situación y todo se va en comida. No quiero que me regalen nada, pero si alguna tiene cositas de uso, no tan caras y bien cuidadas, por favor que me escriba», detalló, reflejando la disyuntiva diaria entre alimentar a los hijos o enviarlos a la escuela con los recursos mínimos exigidos.
Implicaciones y futuro de la educación en la isla
La incapacidad del Estado para respaldar el inicio del curso escolar revela el grado de descomposición institucional al que ha llegado la dictadura cubana. Al negar libertades económicas y mantener un modelo obsoleto, centralizado y sin control democrático, el poder ha orquestado un sistema donde el acceso a la educación, un derecho fundamental, está condicionado por el poder adquisitivo en el mercado informal o por el flujo de remesas desde el extranjero.
Ante este panorama, el futuro inmediato apunta a un aumento de la deserción escolar, un deterioro en la calidad del aprendizaje y una profundización de la desigualdad social. Las nuevas generaciones son las principales víctimas de unas políticas que han fracasado en proveer lo más elemental. Mientras la comunidad internacional observa la migración masiva y el colapso interno, las familias cubanas continúan resistiendo la arremetida de un sistema que les exige resolver por su cuenta lo que el Estado ha dejado de garantizar, poniendo en riesgo el desarrollo intelectual y el futuro de la nación.



