El reciente paso del «Convoy Nuestra América» por La Habana ha dejado al descubierto la estrategia del régimen cubano para enmascarar su profunda crisis económica y social: convertir la isla en una especie de parque temático del comunismo donde la izquierda internacional puede consumir una utopía caduca, ajena a la miseria, los apagones y la represión que sufren los ciudadanos de a pie. Figuras como Pablo Iglesias, Jeremy Corbyn, Medea Benjamin y Manolo de los Santos participaron en un evento de propaganda financiado por el Estado, en medio de una escasez crónica que asfixia a la población.
La visita de esta delegación internacional, que reunió a varios cientos de simpatizantes extranjeros, ha generado un intenso debate sobre la desconexión del turismo ideológico con la realidad cubana. El gobierno cubano desplegó un despliegue inusual de recursos para agasajar a los visitantes, incurriendo en gastos de alojamiento, alimentación, bebidas y, sobre todo, combustible; un recurso escaso cuya falta paraliza el transporte público y la economía nacional. El coste de esta recepción superó con creces el valor de las donaciones que los visitantes trajeron consigo, evidenciando que el verdadero objetivo del régimen no era la ayuda humanitaria, sino la captación de propaganda favorable para mitigar su creciente aislamiento y descrédito internacional.
El mito revolucionario y la ceguera selectiva
La fascinación de la izquierda internacional por el proyecto castrista no es un fenómeno reciente. Sus antecedentes se remontan a la década de 1960, cuando intelectuales como Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir visitaron la isla y quedaron deslumbrados por la entonces incipiente revolución. Sin embargo, lo que en su momento pudo parecer un proyecto transformador, hoy se sostiene únicamente sobre el relato construido por la maquinaria propagandística del Estado. Los visitantes actuales parecen empeñados en aferrarse a una utopía inventada antes de que el colapso definitivo la desvanezca, ignorando deliberadamente las violaciones de derechos humanos, la censura y la falta de libertades que definen la realidad contemporánea de la isla.
El nivel de alienación de estos peregrinos políticos llega a extremos paradójicos. Existen testimonios que señalan cómo algunos visitantes, al escuchar el sonido de los calderos golpeados por la población durante los apagones como forma de protesta, llegaron a pensar que se trataba de un festejo popular. Esta ceguera autoinducida permite que la zurdería internacional pasee y festeje a sus anchas en un país donde sus habitantes deambulan en busca de alimentos, observados de lejos por los turistas, quienes prefieren no alterar su itinerario con el recuento de las calamidades locales.
La «McDisneyzación» del turismo en Cuba
El sociólogo estadounidense George Ritzer teorizó sobre la «macdonaldización de la sociedad» y la «McDisneyzación del turismo», un concepto que describe la homogeneización y artificialidad de las experiencias turísticas. Aplicado a Cuba, este fenómeno es especialmente perturbador. El régimen de La Habana ha fragmentado la isla en subparques temáticos según los intereses del visitante. Para los turistas ideológicos, se ofrece el guion de la resistencia antiimperialista; para los viajeros convencionales, la promesa de contemplar un «museo del comunismo tropical» antes de que el inevitable cambio lo desmonte. Almendrones en circulación, edificios en ruinas y un folklore de postal componen un escenario donde la miseria se vende como pintoresquismo.
La experiencia turística en Cuba está estrictamente guionizada para evitar contratiempos. Los visitantes prefieren interactuar con una imagen estereotipada del cubano: alegre, servicial y presto a bailar al son de la música, antes que con ciudadanos frustrados que puedan relatar sus penurias o criticar al gobierno. Incluso en el casco histórico de La Habana Vieja, diseñado para recaudar divisas, se pueden observar ancianos con barba larga y camisa verde olivo que cobran por dejarse fotografiar por su parecido con Fidel Castro. Son figurantes en un gran teatro diseñado para satisfacer las expectativas previas del turista, despojando a la ciudadanía de su verdadera voz y sus legítimas demandas.
Sin embargo, esta postal turística es una estafa a escasos metros de la Habana profunda. Mientras los visitantes consumen mojitos, puros Cohiba y artesanías con el rostro del Che Guevara, la ciudad real apesta a aguas albañales, basura sin recoger y sudor. La Habana que no se muestra en los folletos es la de los apagones interminables, la falta de agua potable, los pordioseros y los ciudadanos que hacen colas durante horas para acceder a alimentos básicos. Es una ciudad que grita de rabia contenida, ahogada por una inflación galopante que ha hecho inalcanzables los productos de primera necesidad para la mayoría de la población.
El colapso estructural detrás de la fachada turística
El turismo en Cuba funciona hoy como una válvula de oxígeno para una economía en estado crítico. La caída de la producción nacional, la dependencia de las importaciones, la inflación descontrolada y la devaluación del peso cubano han empujado a amplios sectores de la población a la indigencia. Las autoridades de la isla han priorizado históricamente la infraestructura hotelera sobre la vivienda y los servicios públicos, generando un apartheid económico donde los nacionales suelen estar vetados de los espacios reservados para extranjeros. Esta política de «turismo de enclave» profundiza las desigualdades y alimenta el resentimiento social, al tiempo que el régimen extrae las divisas necesarias para mantener su aparato represivo y burocrático.
Para mantener la ilusión del parque temático, el ejecutivo cubano ha desplegado un dispositivo policial sin precedentes en las calles. Los turistas transitan entre edificios en ruinas y establecimientos con precios del Primer Mundo, escoltados por policías con boinas negras o grises, gesto adusto, porras de goma y perros sin bozal. Esta presencia no es solo para proteger al visitante, sino para asegurar que la población no exprese su descontento. La dictadura cubana ha normalizado la vigilancia y la represión, justificando cualquier molestia o restricción bajo el pretexto del embargo estadounidense. El mensaje implícito es claro: cualquier deficiencia en el «parque» es culpa del asedio externo, no de la ineficiencia y la falta de control democrático del poder.
La brecha entre la Cuba que consumen los turistas y la que padecen los cubanos es uno de los motores del actual éxodo migratorio. Ante la imposibilidad de prosperar en un sistema que asfixia la iniciativa privada y reprime la disidencia, cientos de miles de ciudadanos han optado por abandonar el país. La isla se vacía de su fuerza laboral y de su juventud, mientras se llena de visitantes de paso que consumen una imagen fosilizada del socialismo. Esta dinámica demográfica y económica es insostenible y amenaza con provocar un colapso social de mayores dimensiones en el corto plazo.
El agotamiento de un modelo basado en la simulación
La estrategia del régimen de La Habana de mantener a flote su legitimidad a través del turismo ideológico y el maquillaje de la realidad muestra signos de agotamiento evidente. La comunidad internacional y los actores políticos que aún simpatizan con el gobierno cubano se enfrentan al reto de no ser cómplices de una narrativa que banaliza el sufrimiento de millones de personas. El futuro cercano de Cuba dependerá en gran medida de la capacidad de la sociedad civil para romper el cerco informativo y demostrar que la isla no es un parque temático, sino un país sometido a una dictadura que ha fracasado en garantizar la dignidad y el bienestar de su pueblo. Mientras la fachada se mantiene para el foráneo, las consecuencias políticas y humanitarias de este agotamiento modelístico se ciernen inevitablemente sobre el futuro de la nación.