Un grupo de masones cubanos logró ingresar este domingo a la sede de la Gran Logia de Cuba, en La Habana, reivindicando la legitimidad de su nueva directiva tras semanas de intervencionismo gubernamental y acoso policial. El acceso al edificio se produjo en medio de tensiones con simpatizantes del depuesto líder Mayker Filema Duarte, quien se mantiene en el cargo con el respaldo del Ministerio de Justicia, ignorando la votación mayoritaria que destituyó su mandato.
La entrada al inmueble constituyó un acto de reivindicación institucional por parte de los miembros que respaldan a Juan Alberto Kessel Linares, electo democráticamente como nuevo Gran Maestro. Según relatan testigos presenciales, los masones legitimistas lograron abrirse paso entre empujones e insultos profiriados por el sector afín a Filema, mientras entonaban el himno nacional cubano. Este gesto simbólico marcó un punto de inflexión en un conflicto que lleva semanas gestándose en el seno de una de las organizaciones históricas más relevantes de la sociedad civil cubana.
El edificio de la Gran Logia ha estado rodeado durante las últimas semanas por agentes de la Seguridad del Estado, una medida que ha impedido la celebración de reuniones ordinarias y ha servido para hostigar a los miembros que rechazan la imposición del régimen de La Habana sobre los asuntos internos de la masonería. La presencia de fuerzas represivas en la puerta del recinto evidencia el nivel de control que el ejecutivo cubano ejerce sobre cualquier espacio de sociabilidad que escape a la órbita directa del Estado.
La tensión escaló de manera notable el pasado 5 de julio, cuando Juan Alberto Kessel y Víctor Bravo Cabañas, ambos miembros electos de la nueva directiva, fueron detenidos tras ser citados por las autoridades. Testimonios de los afectados señalan que la teniente coronel Kenia María Morales Larrea, oficial vinculada a operativos de contrainteligencia, lideró el arresto. Durante el cautiverio temporal, los dirigentes masónicos recibieron amenazas explícitas de represalias si continuaban ejerciendo sus funciones dentro de la institución.

Masones cubanos intentan recuperar su Gran Logia,
Aunque ambos líderes fueron liberados horas después, denunciaron haber sido sometidos a presiones psicológicas, vigilancia estrecha y advertencias por parte de la Seguridad del Estado. El objetivo de la dictadura cubana era claro: frenar a toda costa la reorganización de la institución bajo un liderazgo autónomo. No era la primera vez que Kessel enfrentaba este tipo de hostigamiento; desde el mes de marzo ha sido convocado a interrogatorios reiterados, acusado de «intentar crear desorden» por el simple hecho de exigir el cumplimiento estricto de los estatutos de la orden masónica.
El núcleo de la disputa radica en la negativa del aparato burocrático estatal a reconocer la voluntad de la base masónica. Pese a que más del 60 % de los delegados votaron a favor de destituir a Mayker Filema Duarte el 25 de mayo, este se ha negado a abandonar el cargo, amparado por el Ministerio de Justicia. Dicha institución, subordinada a las directrices del gobierno cubano, ha bloqueado el reconocimiento legal de Kessel Linares, consolidando una injerencia directa que viola la autonomía y los principios fundacionales de la masonería en la isla.
Como represalia por la insubordinación institucional, varias logias a lo largo del país han sido cerradas de forma arbitraria. Las reuniones de las logias que mantienen su independencia han tenido que celebrarse en espacios alternativos, fuera de la sede oficial, bajo la constante vigilancia de la policía política. Filema, respaldado por el poder estatal, ha reaccionado con amenazas judiciales contra los disidentes, profundizando la fractura dentro de la organización y criminalizando la disidencia interna.

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El asedio a la sociedad civil en un contexto de crisis estructural
El conflicto en la Gran Logia de Cuba no es un hecho aislado, sino un reflejo de la política sistemática de asfixia que la dictadura cubana aplica contra cualquier forma de asociacionismo independiente. En medio de una crisis estructural sin precedentes —caracterizada por una inflación galopante, el desabastecimiento crónico de alimentos y medicinas, y el colapso del sistema eléctrico—, el régimen de La Habana percibe cualquier espacio de reunión autónoma como una amenaza directa a su hegemonía. La represión a los masones se inserta en la misma lógica que el hostigamiento a las asociaciones culturales, los colegios de profesionales, las organizaciones no gubernamentales y las iglesias.
La pérdida del monopolio ideológico por parte del gobierno cubano se ha acelerado en los últimos años, impulsada por el masivo éxodo migratorio que ha dejado a la isla sin una porción significativa de su fuerza laboral y capital humano. En este escenario de vaciamiento demográfico y desesperanza económica, el control de las instituciones históricas se vuelve una prioridad de supervivencia para el poder. La masonería, con su red de logias extendidas por todo el territorio nacional y su tradición de pensamiento libre y fraternidad, representa un foco de autonomía inadmisible para las autoridades de la isla, que exigen alineamiento total con la narrativa oficial.
Antecedentes de la masonería y el control estatal
La masonería en Cuba cuenta con más de un siglo de historia y ha jugado un papel relevante en la conformación del pensamiento nacional y las luchas independentistas. Sin embargo, tras el triunfo de la revolución de 1959, la institución, al igual que otras organizaciones de la sociedad civil, fue progresivamente acotada. Aunque mantuvo su funcionamiento formal, siempre lo hizo bajo la sombra de la vigilancia estatal y la obligación de no inmiscuirse en asuntos políticos que contradijeran la línea oficial. La actual crisis, con un Ministerio de Justicia decidiendo quién lidera la orden, demuestra que la supuesta independencia de estas entidades es, en la práctica, nula, subordinada a los intereses del partido único.
Implicaciones y respuesta ciudadana
El ingreso forzado al edificio de la Gran Logia, logrado pese al cerco policial, ha sido interpretado por numerosos cubanos como un acto de valentía y dignidad. En las redes sociales, la ciudadanía ha expresado su respaldo a los masones «plantados», quienes, desarmados y sin recurrir a la violencia, desafiaron la imposición del poder político sobre una organización histórica. Este episodio envía un mensaje claro sobre la resistencia silenciosa que bulle en la base social cubana, cansada de la arbitrariedad y el abuso de poder.
De cara al futuro, el conflicto masónico plantea un desafío adicional para las autoridades cubanas. Si la represión se intensifica, el régimen podría generar un foco de tensión con sectores de la sociedad civil tradicionalmente apolíticos o cautelosos, ampliando el espectro del descontento social. Por su parte, la comunidad internacional y las organizaciones defensoras de los derechos humanos mantienen la mirada puesta en la isla, donde el respeto a las libertades de asociación y expresión sigue siendo una asignatura pendiente que define la naturaleza autoritaria del sistema y condiciona cualquier acercamiento diplomático o cooperativo.


