El intento del gobierno cubano por migrar hacia una educación digital y semipresencial se enfrenta a la cruda realidad de los apagones prolongados, la falta de transporte público y la conectividad intermitente. Más de 1,7 millones de estudiantes y educadores sufren las consecuencias de una política impuesta sin infraestructura real, evidenciando la profunda desconexión del poder con la crisis estructural que asola la isla y que amenaza con condenar al rezago académico a toda una generación.
El Ministerio de Educación (MINED) y el Ministerio de Educación Superior (MES) han promovido aceleradamente esquemas de aprendizaje virtual y semipresencial en los últimos ciclos lectivos. La justificación oficial, difundida a través de medios estatales como el diario Granma, argumenta la necesidad imperativa de sostener el calendario académico frente a la severa escasez de combustible y el déficit crónico de generación eléctrica. Sin embargo, la brecha entre este diseño curricular burocrático y la infraestructura tecnológica real en los hogares cubanos genera una fractura diaria en el proceso de enseñanza, dejando a estudiantes y docentes en una situación de vulnerabilidad absoluta.
La magnitud del problema es considerable y abarca a toda la niñez y juventud del país. Las declaraciones de la ministra de Educación, Naima Trujillo Barreto, confirman que la contingencia afecta a más de 1,53 millones de alumnos en la educación general y a más de 220.000 estudiantes en la Educación Superior. Estos estudiantes, distribuidos en cursos diurnos, por encuentros y a distancia, dependen ahora de plataformas como el Entorno Virtual de Aprendizaje (EVA), desarrollado por la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI). No obstante, estas herramientas resultan inoperables cuando el Sistema Electroenergético Nacional (SEN) colapsa de manera recurrente.
Las autoridades de la isla han intentado enmarcar esta crisis dentro de su supuesta \»política de transformación digital\». La ministra de Comunicaciones, Mayra Arevich Marín, ha defendido en espacios oficiales ejes prioritarios como la conectividad y la educación digital para lograr una supuesta inclusión y eficiencia. No obstante, la realidad demuestra que la inclusión digital es una quimera cuando la población carece de electricidad por hasta catorce horas diarias y el acceso a datos móviles es un lujo intermitente que pocos pueden sostener económicamente.
El ministro de Educación Superior, Walter Baluja García, ha reconocido en cadena nacional la necesidad de reajustar el período lectivo a la semipresencialidad, recomendando guías de trabajo a distancia e itinerarios flexibles. Analistas e investigadores cuestionan duramente la viabilidad de estas medidas. Leonardo Fernández Otaño, historiador e integrante del Observatorio de Libertad Académica (OLA), ha advertido sobre las severas limitaciones tecnológicas del país, señalando que la enseñanza virtual es completamente ineficaz cuando en las viviendas no existen condiciones mínimas, faltan horas continuas de luz y los alumnos no disponen de los dispositivos adecuados.
La realidad en las aulas y los hogares
La docencia en la isla ha perdido su esencia pedagógica para convertirse en un ejercicio de supervivencia cotidiana. Elena Carmenate, profesora de Literatura en un instituto preuniversitario de La Habana, explica que la paralización del transporte público impide a los maestros llegar a sus centros escolares, mientras que los apagones castigan las rutinas de estudio en los hogares. \»Diseñamos guías digitales y enviamos tareas por WhatsApp o Telegram cuando hay señal, pero la atención del alumno se dispersa. Cuando se va la luz en su barrio por doce o catorce horas, no pueden cargar el teléfono ni revisar la materia. Enseñar en esas condiciones exige más que pedagogía: exige contención emocional\», relata la educadora.
El desánimo entre el estudiantado es generalizado y se traduce en un evidente rezago académico. Yunieska Montoya, residente en Centro Habana y estudiante universitaria, describe el impacto directo del desabastecimiento energético en la conectividad. Durante los apagones largos, los datos móviles se desconectan por completo o la velocidad cae al mínimo. Para descargar una bibliografía en PDF o entregar un trabajo en la plataforma EVA, los jóvenes deben trasladarse caminando a zonas que cuenten con fluido eléctrico o señal de antena, perdiendo horas valiosas y enfrentando un desgaste físico y mental innegable.
La fragilidad de la red de telecomunicaciones es otro factor determinante que el ejecutivo cubano parece ignorar en sus discursos. Según reportes del sector emitidos por ETECSA y el Ministerio de Comunicaciones (MINCOM), la red depende casi en su totalidad de la estabilidad del sistema eléctrico nacional. Al interrumpirse la corriente, las estaciones base celulares detienen paulatinamente su funcionamiento tras agotar el respaldo de sus baterías, dejando a amplias zonas de la isla incomunicadas y aisladas tanto del mundo como de cualquier alternativa educativa digital.
Contexto de una crisis estructural
El fracaso de la educación digital en Cuba no es un accidente tecnológico, sino la consecuencia directa de décadas de mala gestión y falta de planificación por parte del régimen de La Habana. El colapso del sector educativo se entrelaza con la profunda crisis económica que atraviesa el país, marcada por una inflación galopante, el desabastecimiento crónico de alimentos y un éxodo migratorio sin precedentes que ha diezmado la plantilla de docentes. La falta de mantenimiento a la infraestructura eléctrica nacional, sumada a la incapacidad para adquirir combustibles en el mercado internacional, ha llevado al país a un estado de parálisis funcional que afecta a todos los sectores de la sociedad.
La dictadura cubana ha priorizado históricamente el control político, la represión social y la censura de la información sobre el desarrollo de infraestructuras básicas para la ciudadanía. Mientras se destinan cuantiosos recursos al aparato de seguridad del Estado para vigilar, perseguuir y silenciar a los disidentes, sectores vitales como la educación, la salud y las telecomunicaciones se desploman. La transición forzada hacia la semipresencialidad no es una innovación pedagógica, sino una medida de emergencia para enmascarar la incapacidad del Estado para garantizar el derecho a la educación presencial y de calidad.
Además, el contexto de represión y falta de libertades agrava la situación educativa. El Observatorio de Libertad Académica (OLA) ha documentado en reiteradas ocasiones cómo el clima de hostigamiento y la censura dentro y fuera de las aulas limitan el pensamiento crítico. Ahora, con la educación a distancia, el aislamiento de los estudiantes en hogares sin recursos básicos profundiza la desigualdad de oportunidades, creando una brecha formativa insalvable entre aquellos que logran acceder a la conectividad y la mayoría que queda excluida del proceso educativo.
Antecedentes del deterioro educativo
Históricamente, el sistema educativo cubano fue presentado por el gobierno como uno de los mayores logros de su revolución. Sin embargo, en las últimas dos décadas, la falta de inversión sostenida, la migración masiva de docentes hacia otros sectores de la economía informal más rentables o hacia el extranjero, y el deterioro físico de las instalaciones han minado esta narrativa. La pandemia de COVID-19 evidenció las deficiencias del sistema, pero la actual crisis de \»contingencia\» energética demuestra que no hubo recuperación ni planificación estratégica alguna por parte de las autoridades de la isla.
El panorama a futuro es desalentador. Irina Montoya Benítez, subdirectora docente de la secundaria básica República Popular de Angola en Alamar, advierte que el éxito educativo requiere del mantenimiento de una comunidad interactiva de aprendizaje, hoy fracturada diariamente. El riesgo de deserción escolar y el rezago académico aumentan exponencialmente. Mientras el gobierno cubano continúe negando la magnitud de la crisis estructural y mantenga sus políticas de control, la educación, al igual que los servicios públicos en la isla, seguirá su rumbo hacia el colapso definitivo, condenando a una generación entera al atraso profesional y a la incertidumbre más absoluta.