Domingo, 27 de septiembre de 2026
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El largo exilio de Manolo Yánez: Medio siglo en París tras huir del despojo y la pérdida de libertades en Cuba

El largo exilio de Manolo Yánez: Medio siglo en París tras huir del despojo y la pérdida de libertades en Cuba

PARÍS, Francia ― Con una trayectoria marcada por el despojo y la diáspora, Manuel «Manolo» Yánez, figura destacada del exilio cubano en la capital francesa, resume en una frase la herida que la historia de Cuba dejó en su generación: «Con la de buches amargos que tragué, a Cuba no regreso ni muerto». Residente en París desde hace más de cinco décadas, Yánez representa a una clase media y propietaria que fue arrasada por las políticas confiscatorias del régimen de La Habana tras 1959, forzando a miles de ciudadanos a reconstruir sus vidas en el extranjero bajo el amparo de la libertad democrática que les fue negada en su tierra natal.

Nacido el 25 de julio de 1935 en el barrio habanero de La Víbora, Yánez creció en el seno de una familia de origen canario con sólidos lazos económicos en la isla. Sus abuelos paternos poseían una finca denominada Las Merceditas, ubicada en el término municipal de Caimito de Guayabal, en la llanura habanera. La holgura económica de su familia, derivada en parte de la exportación de tabaco a Estados Unidos gestionada por su padre, le permitió en su infancia viajar a Canarias, Venezuela y Estados Unidos. Esta movilidad y prosperidad económica, propia de una Cuba republicana insertada en los flujos comerciales internacionales, contrasta radicalmente con el aislamiento y la miseria que el modelo económico vigente ha impuesto a las actuales generaciones.

Sus recuerdos de infancia retratan una sociedad con dinámicas urbanas y rurales que la posterior estatización borraría por completo. Yánez evoca las temporadas en Caimito, las visitas a familias de floricultores y las travesías en bicicleta hasta el caserío de Guachinango para beber guarapo, así como su vida en Santos Suárez N° 18, donde el tranvía pasaba por su puerta y a tres cuadras se encontraba la célebre dulcería La Gran Vía. Ese tejido social y comercial, sostenido por la iniciativa privada, sería pronto desmantelado por el ejecutivo cubano en su afán de control total sobre la sociedad.

El panorama de su juventud se truncó abruptamente con el advenimiento del gobierno cubano tras los acontecimientos de 1959. Las autoridades de la isla procedieron a la intervención y expropiación de las propiedades privadas, incluyendo las fincas familiares de los Yánez. «Por suerte, a mi padre no le dio tiempo a ver el robo de las propiedades por parte del gobierno castrista porque falleció en 1952, antes de la gran hecatombe nacional», relata Yánez. Su testimonio evidencia el trauma que significó para miles de familias la pérdida de sus medios de vida y patrimonio sin ningún tipo de compensación ni debido proceso, una violación de los derechos fundamentales que sentaría las bases del control autoritario en la isla.

Manolo Yánez de niño (Foto: Cortesía)

Manolo Yánez de niño (Foto: Cortesía)

Ante la pérdida de libertades y la hostilidad del nuevo entorno, Yánez y su madre, Candelaria Herrera Serpa, una notaria nacida en 1908 que gozaba de independencia profesional, tomaron la decisión de salir al exilio vía Madrid, antes de establecerse definitivamente en Francia. Su madre, quien falleció en París en el año 2000, representaba a un sector profesional autónomo que no encontraba cabida en un sistema que pretendía subordinar toda actividad laboral al Estado. La salida de la isla no fue una simple mudanza, sino una huida de un sistema que eliminó la autonomía económica y política de sus ciudadanos.

En París, Yánez logró reconstruir su vida y desarrollar una destacada carrera en el mundo del espectáculo y el diseño de vestuarios, lejos de la censura y la vigilancia ideológica. Su talento lo llevó a colaborar en eventos de alto nivel, como el espectáculo que recordaba el papel de reinas históricas en el teatro del Instituto del Mundo Árabe en 2010, evento al que asistieron figuras de la talla de Claudia Cardinale y Penelope Fillon. El éxito de Yánez en Europa es un ejemplo de cómo el talento cubano florece cuando se desenvuelve en sistemas democráticos que respetan la creación individual, algo que la dictadura cubana ha coartado sistemáticamente en la isla.

Antes de su partida, en La Habana, Yánez había comenzado a trabajar a los 15 años en la farmacia Cartaya, en Santos Suárez y Rabí. Fue en este entorno privado donde descubrió su vocación artística. Al entregar insulina a una clienta vecina de un conservatorio de danza de Belascoaín, encontró en el ballet una salida profesional y personal, dado que un accidente infantil le había provocado un defecto de locución. «Me dije que para bailar no hacía falta hablar», recuerda, obteniendo una beca en 1954 para bailar en la televisión de la época y formándose con maestras como Josefina Elojice y Blanca María Martínez del Hoyo en 1957, en academias que operaban con total independencia del poder estatal.

Manolo Yánez (a la izquierda) con su padre y dos de sus hermanos (Foto: Cortesía)

Manolo Yánez (a la izquierda) con su padre y dos de sus hermanos (Foto: Cortesía)

El despojo como herramienta de control y la crisis migratoria

La historia de Manolo Yánez no es un caso aislado, sino el génesis de un patrón sistemático de la dictadura cubana: la utilización de la expropiación forzosa no solo para centralizar la economía, sino para desarticular cualquier base de poder independiente. Al eliminar la propiedad privada mediante leyes de Reforma Agraria y Urbana, el régimen de La Habana aniquiló la autonomía económica de los ciudadanos, convirtiendo al Estado en el único dispensador de derechos, recursos y permisos. Esta política de despojo fue el preludio de décadas de represión social y control político absoluto.

El desmantelamiento de la Cuba que Yánez conoció en su juventud incluyó la destrucción de la clase media y la estatización de empresas, desde farmacias de barrio hasta grandes industrias. El gobierno cubano sustituyó la iniciativa privada por un aparato burocrático ineficiente que hoy muestra sus límites de manera dramática. La falta de oportunidades, la inflación galopante y el desabastecimiento crónico de medicinas y bienes básicos son la herencia directa de ese modelo. Irónicamente, las farmacias que alguna vez fueron prósperos negocios privados hoy sufren de un desabastecimiento que pone en riesgo la vida de los cubanos, forzando a la población a depender de remesas y del mercado negro para sobrevivir.

Las consecuencias de ese modelo se mantienen vigentes y son el motor del actual éxodo migratorio, el más grande de la historia reciente de la isla. Si en los años 60 la salida fue motivada directamente por la confiscación de bienes y la pérdida de libertades políticas, hoy la población huye de la debacle económica y la falta de un horizonte de vida. Sin embargo, la raíz del problema es la misma: la ineficacia de un sistema autoritario que no garantiza los derechos fundamentales. La negativa de Yánez a regresar simboliza el rechazo de millones de cubanos a un modelo que ha fracasado en proveer dignidad y prosperidad.

Manuel Yánez bailando rumba en el Canal 4 de la TV Cubana, en 1959 (Foto: Cortesía)

Manuel Yánez bailando rumba en el Canal 4 de la TV Cubana, en 1959 (Foto: Cortesía)

Implicaciones de una diáspora irreversible

La firme postura de Yánez al declarar que no regresará a Cuba refleja una herida profunda que la represión y el despojo dejaron en generaciones enteras. Mientras el régimen intente maquillar la realidad nacional o busque inversiones extranjeras sin reconocer la deuda histórica con sus ciudadanos, la reconciliación nacional seguirá siendo una quimera. La comunidad internacional continúa observando cómo la falta de un estado de derecho y la permanente violación de los derechos humanos impiden cualquier transición hacia la democracia y el progreso material.

La historia de Yánez es un recordatorio de que el costo humano del autoritarismo no se mide solo en bienes materiales perdidos, sino en vidas enteras reconstruidas lejos de la patria. La diáspora cubana, que hoy envía remesas para sostener un Estado fallido, es a la vez el principal refugio de la disidencia y la memoria histórica. Sin un cambio estructural que desmonte el sistema represivo y restaure las libertades, el destino de millones de cubanos seguirá escribiéndose fuera de sus fronteras, lejos de un país que, como sentencia Yánez, le arrebató todo menos la dignidad.

Equipo Editorial Reporte Cuba Ya
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