Domingo, 27 de septiembre de 2026
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Nedda G. de Anhalt: la escritora cubana que convierte el destierro en literatura y memoria

Nedda G. de Anhalt: la escritora cubana que convierte el destierro en literatura y memoria

La autora, nacida en La Habana en 1934 de padres judíos emigrantes, presenta dos nuevas obras que entrelazan memoria cubana, herencia hebrea y reflexión sobre el totalitarismo. Residente en México desde hace décadas, Anhalt representa a esa generación de cubanos ilustrados cuyo destino fue marcado por el advenimiento del sistema que fracturó la identidad nacional y obligó al exilio a cientos de miles de ciudadanos.

Nedda G. de Anhalt pertenece a esa Cuba que ya no existe, la que acogió a inmigrantes de todas las latitudes y los convirtió en hijos de la isla sin pedirles a cambio sumisión ideológica. Hija del lituano Miguel Gurwitz, quien huyó de la persecución soviética y religiosa, y de la polaca Helena Zuchowizc, escapada de la discriminación antisemita en Varsovia, Nedda nació en febrero de 1934, en plena convulsión posterior al derrocamiento de Gerardo Machado. Aquella Cuba republicana, con todos sus defectos, ofrecía refugio y posibilidades a quienes huían de regímenes totalitarios en Europa. Hoy, la isla que sus padres eligieron como hogar es ella misma un territorio del que sus hijos y nietos huyen.

Formada en la Universidad de La Habana y posteriormente en el Sarah Lawrence College de Nueva York —donde coincidió con Yoko Ono—, Anhalt desarrolló una trayectoria intelectual que la llevó a establecerse en México, país donde contrajo matrimonio con el ingeniero Enrique Anhalt, tuvo a su hijo Eduardo y adquirió la nacionalidad. Sin embargo, como ha manifestado en reiteradas ocasiones, su raíz permanece en Cuba, una cepa que mantiene viva a pesar de la distancia impuesta por el sistema totalitario que, durante más de seis décadas, ha mantenido a millones de cubanos separados de su tierra.

Dos obras, una misma voz

Recientemente, Anhalt ha publicado dos libros que condensan su mirada sobre la vida, el arte y la memoria. El primero, «Nedda G. de Anhalt entre libros, películas, imágenes, confidencias, ‘hasta ¡que se pare la bola!'» (Colección Entre Libros, México, 2024), es una obra construida a partir del diálogo con la poeta, cuentista y editora Catalina Miranda. A través de preguntas precisas, Miranda logra que la autora despliegue recuerdos, vivencias y reflexiones que abarcan casi un siglo de existencia. El libro incluye 237 fotografías en color original que documentan diferentes etapas de su vida y su tránsito por el mundo cultural de dos continentes.

Las páginas de esta obra están pobladas por figuras que dejaron huella en las letras, el arte y la política del siglo XX y lo que va del XXI. Octavio Paz, Guillermo Cabrera Infante, Mario Vargas Llosa, Reinaldo Arenas, Lydia Cabrera y Zoé Valdés, entre muchos otros, desfilan por un texto que destila lo que la autora llama «sana nostalgia». Esa nostalgia, conviene precisar, no es la melancolía inactiva del exiliado que solo mira hacia atrás, sino la herramienta de un intelectual que entiende que la memoria es un acto de resistencia frente a un régimen que ha hecho de la manipulación histórica una herramienta de control.

La segunda obra, «Satie y yo» (Editorial El Ateje, Miami, 2025), es un conjunto de relatos donde la ficción y la realidad se entrelazan bajo la sombra del compositor francés Erik Satie (1886-1925). Cada historia se inicia con fragmentos de la correspondencia del músico con amigos y colegas, funcionando como puerta de entrada a narraciones breves, directas, despojadas de adjetivos innecesarios. En esta obra, Anhalt despliega su herencia hebrea y cubana con la misma contención minimalista que caracteriza la música del pianista galo.

Memoria del horror y memoria de la isla

En «Satie y yo» hay memoria y dolor. La autora evoca el destino de los judíos que quedaron a merced del nazismo en la Europa ocupada y, en particular, en la Polonia de donde provenía su madre. La pregunta que recorre varios de los relatos es demoledora en su simplicidad: ¿quién fue el vecino, el amigo o el conocido que entregó a un judío a la Gestapo por menos de dos libras de azúcar? La reflexión sobre la traición, la ética rota y la indiferencia ante el sufrimiento del otro adquiere una resonancia particular cuando se piensa en el contexto cubano, donde la delación y el chivataje han sido institucionalizados como práctica cotidiana por el gobierno cubano desde 1959.

Anhalt no olvida a Cuba en estos relatos. Recuerda la pelota de la temporada 1955-56, su simpatía por los Alacranes del Almendares y la admiración que le provocaba el lanzador estadounidense Wilmer «Vinagre» Mizell, con sus Leones del Habana. También rinde homenaje a la poeta holguinera Adelaida del Mármol Ballagas (1830-1857), fallecida prematuramente. Y, con la contundencia que caracteriza a quien ha visto el rostro más cruel del poder, evoca a Pedro Sotolongo, nacido en La Habana el 12 de enero de 1949 y fusilado en julio de 1989 por orden de quien la autora, sin eufemismos, califica en términos que la historia ha validado.

El exilio como condición permanente

La trayectoria de Nedda G. de Anhalt es también la historia de un éxodo que no terminó con su partida. Sus padres llegaron a Cuba huyendo de regímenes que negaban la libertad religiosa y la dignidad humana. Ella tuvo que abandonar la isla cuando el régimen de La Habana instauró un sistema que negó la libertad en todos sus sentidos. Su hijo creció en México, no en Cuba. Su obra se publica en México y en Miami, no en La Habana. Esa geografía editorial es la cartografía del destierro cubano: la literatura de la isla se hace cada vez más fuera de la isla, porque las autoridades cubanas han convertido la publicación en un acto de censura, vigilancia y condicionamiento ideológico.

El caso de Anhalt no es excepcional. Desde 1959, la dictadura cubana ha forzado la salida de intelectuales, artistas, profesionales y ciudadanos comunes que no encajaban en el molde ideológico del Estado. Guillermo Cabrera Infante, Reinaldo Arenas, Zoé Valdés, Lydia Cabrera —todos nombrados en el libro de Miranda— son ejemplos de una diáspora cultural que el régimen intentó silenciar y que, paradójicamente, ha mantenido viva la tradición literaria cubana desde el exterior. La censura, la represión y la persecución política no solo empobrecieron el panorama cultural dentro de la isla, sino que privaron a varias generaciones de cubanos del contacto con autores fundamentales de su propia tradición.

Una Cuba que se reconoce en el destierro

La frase del escritor Max Aub que la autora rescata —»Uno es de donde estudia el bachillerato»— funciona como una declaración de principios. Anhalt es cubana porque se formó en Cuba, porque su sensibilidad se moldeó bajo el sol y el salitre del Caribe, porque su lengua, su ritmo y su mirada del mundo nacieron en La Habana. Ningún régimen puede arrebatar esa identidad, por más que haya intentado monopolizar la cubanidad y convertirla en un atributo exclusivo de quienes permanecen dentro de sus fronteras y aceptan sus condiciones.

La obra de Nedda G. de Anhalt, en última instancia, plantea una pregunta incómoda para el régimen de La Habana: ¿qué queda de una nación cuando sus mejores voces han sido desterradas? La respuesta está en los libros que se publican fuera, en los lectores que los buscan a pesar de las restricciones y en la memoria que autores como ella preservan contra el olvido impuesto. Mientras la crisis estructural de la isla se profundiza —con una economía en colapso, un éxodo migratorio sin precedentes y una represión que no cesa—, la literatura del exilio cubano continúa siendo uno de los pocos espacios donde la nación se piensa a sí misma sin las cadenas del oficialismo. En ese esfuerzo, Anhalt ocupa un lugar que trasciende lo literario: es memoria viva de una Cuba que el totalitarismo intentó borrar y que, pese a todo, persiste.

Equipo Editorial Reporte Cuba Ya
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