Sábado, 26 de septiembre de 2026
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Cuba no es Venezuela: la cruda realidad de una isla sin recursos ni interés estratégico para la comunidad internacional

Cuba no es Venezuela: la cruda realidad de una isla sin recursos ni interés estratégico para la comunidad internacional

La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses despertó en la Isla una efervescencia prematura que se disipó con la misma rapidez con la que llegó. Mientras Caracas celebra el fin de una era, La Habana contempla su propio reflejo y descubre que el espejo está roto: sin petróleo, sin aliados solventes y sin atractivo estratégico, el castrismo no figura en la agenda prioritaria de ninguna potencia occidental.

La noticia de la detención del expresidente venezolano se propagó por las calles de La Habana con la velocidad de un rumor en un mercado racionado. En colas, parques y esquinas, la frase recurrente era una variación de la misma sentencia: Venezuela tenía recursos y Cuba no tiene absolutamente nada que ofrecer al mundo. Esa constatación, pronunciada entre susurros y con la mirada esquiva de quien teme que un chivato la escuche, contenía más verdad política que cualquier análisis elaborado en think tanks de Washington. La alegría efímera de los cubanos se fundamentaba en una premisa equivocada: que la caída del chavismo arrastraría consigo al castrismo, como si ambos regímenes fueron siameses unidos por el mismo cordón umbilical.

Sin embargo, la rueda de prensa del presidente Donald Trump desinfló cualquier expectativa con la frialdad característica de quien prioriza los intereses nacionales por encima de las simpatías ideológicas. Las palabras clave fueron «industria petrolera», y no hubo una sola referencia a la metáfora de «cortar la cabeza de la serpiente» que durante años identificó a Cuba como el laboratorio y exportador del socialismo del siglo XXI. La ausencia no fue un descuido: fue un mensaje. La Casa Blanca no contempla a la Isla como un objetivo inmediato, y las razones son tan prosaicas como contundentes.

El silencio de Trump sobre Cuba y el mensaje de Marco Rubio

El presidente estadounidense dejó en manos de su Secretario de Estado, Marco Rubio, la tarea de mencionar a Cuba, y este lo hizo con la contundencia que le es habitual. Rubio reiteró que la Isla es un desastre en todos los indicadores imaginables y que, a la luz de los acontecimientos venezolanos, el régimen de La Habana debería sentir cuando menos cierta inquietud. La advertencia, sin embargo, careció del respaldo de una amenaza concreta. Fue más bien un recordatorio diplomático de que el mundo está mirando, aunque no necesariamente actuando.

La reacción del gobierno cubano no se hizo esperar. En la Tribuna Antimperialista, un Miguel Díaz-Canel visiblemente alterado recurrió al viejo catecismo de consignas para gritar «¡Patria o muerte, venceremos!» ante una concurrencia movilizada por obligación más que por convicción. El espectáculo, repetido hasta el cansancio durante más de seis décadas, contrastó de manera patética con la magnitud de lo que ocurría en Caracas, donde un régimen sostenido por petróleo y narcotráfico se desmoronaba en cuestión de horas. La dictadura cubana, que durante años se presentó como mentora ideológica del chavismo, asistía impotente al derrumbe de su principal sostén financiero.

Venezuela después de Maduro: una transición bajo tutela

Es prematuro vaticinar el rumbo que tomará Venezuela en los próximos meses. Trump adelantó que Estados Unidos ejercerá某种 forma de control durante el periodo de transición hacia la democracia, lo que sugiere que la salida de Maduro no implica automáticamente el desmantelamiento de las estructuras de poder construidas por el chavismo durante un cuarto de siglo. Desde el palacio de Miraflores, la vicepresidenta Delcy Rodríguez exigía pruebas de vida del mandatario detenido, mientras Diosdado Cabello recorría las calles de Caracas rodeado de escoltas armados, proclamando que la situación estaba bajo control. Ambas reacciones evidenciaban que el aparato represivo del chavismo no se disuelve por el simple hecho de que su figura principal haya sido apartada.

Las referencias de Trump a María Corina Machado y Edmundo González fueron tangenciales y solo surgieron cuando los periodistas las provocaron. El pueblo venezolano, en cambio, no necesitó invitación para celebrar el arresto del sátrapa en cada rincón donde el chavismo había sembrado miseria, exilio y muerte. Las imágenes de euforia colectiva contrastaban con la parsimonia analítica de Washington, donde los intereses geopolíticos y económicos pesan más que las aspiraciones democráticas de cualquier nación latinoamericana.

El factor petrolero y la hipocresía de la izquierda

Trump no disimuló en absoluto que los objetivos primordiales de la Casa Blanca en Venezuela son el control del crudo y la restitución de las empresas petroleras expropiadas por Hugo Chávez. Esa franqueza, que algunos califican de cinismo, tiene el mérito de la honestidad. Los voceros de la izquierda regional ya instrumentalizan ese interés manifiesto para acusar a Estados Unidos de rapacidad imperial, aunque ninguno de ellos pronunció una sola palabra de reproche cuando Cuba succionaba el petróleo venezolano de manera gratuita durante más de dos décadas, sin devolverle al pueblo venezolano otra cosa que adoctrinamiento ideológico, espionaje y represión política disfrazada de cooperación médica.

La hipocresía selectiva de la izquierda latinoamericana encuentra en este episodio una de sus manifestaciones más elocuentes. Cuando el saqueo era perpetrado por un régimen afín, se le llamaba «cooperación sur-sur»; cuando la restitución la impulsa una potencia occidental, se le denomina «imperialismo». Esa doble moral ha sido históricamente funcional al castrismo, que durante 67 años ha explotado el discurso antiimperialista como escudo para justificar la asfixia de libertades, el empobrecimiento sistemático de la población y el destierro de millones de cubanos.

Cuba: la ruina como argumento contra la intervención

Venezuela tiene mucho que ofrecer bajo un gobierno democrático: reservas petroleras colosales, territorio fértil, capacidad industrial y una diáspora calificada dispuesta a retornar. Cuba, en cambio, ha sido conducida por su propio gobierno a un estado de deploración tan extremo que Trump, en declaraciones al New York Post, descartó de plano la posibilidad de una intervención militar en la mayor de las Antillas. Su argumento fue tan crudo como revelador: la Isla ya lo está pasando suficientemente mal. En otras palabras, la dictadura cubana ha sido tan eficaz en su labor de destrucción que no hace falta gastar recursos militares para derrocarla; bastará con esperar a que se derrumbe por su propio peso.

El castrismo, según esta lectura, caerá por sí solo, y la demora dependerá exclusivamente de la capacidad de aguanto de los cubanos. Es una afirmación que contiene una crueldad implícita difícil de ignorar: el sufrimiento de once millones de personas se convierte en variable temporal de una ecuación geopolítica. La Revolución, que alguna vez se presentó como paradigma regional, es hoy un ejemplo en sentido inverso. La miseria y la devastación provocadas por casi siete décadas de dictadura comunista constituyen una advertencia en mayúsculas para los países latinoamericanos, varios de los cuales han optado, por vía electoral, por gobiernos de derecha o centro-derecha que rechazan el modelo cubano sin matices.

El grifo de las remesas y la paradoja de la sociedad civil

Dentro de la Isla nadie se hace ilusiones. El castrismo, históricamente, solo ha sentido dolor cuando se le ha tocado el bolsillo. Por tanto, la estrategia más eficaz y menos costosa para la Casa Blanca consiste en cerrar el grifo de las remesas y otras vías de rescate financiero, y aguardar los efectos. Lo que ocurra en Venezuela se quedará en Venezuela, especialmente si algunas de las voces más visibles de la sociedad civil cubana rechazan de plano una acción militar similar contra el régimen de Díaz-Canel, argumentando que la libertad conseguida gracias a terceros no es verdadera libertad.

Quienes se han pronunciado contra una hipotética intervención confían en un «despertar cívico» de la población cubana que, hasta ahora, se ha limitado a reclamar corriente eléctrica y comida en las calles, mientras los gritos de libertad siguen siendo voces aisladas, rápidamente silenciadas por la represión selectiva de la Seguridad del Estado. A ese ritmo, el horizonte de liberación se desplaza hacia un futuro indeterminado, y en esa franja temporal sobrarán los días para intentar protestar pacíficamente en algún parque, si las autoridades lo permiten, mientras la mayoría de los cubanos finge no enterarse de que, junto a la imagen del Apóstol, un puñado de compatriotas intenta salvar lo que queda de la nación.

Contexto: la asimetría que condena a la Isla

La diferencia fundamental entre Venezuela y Cuba no es geográfica ni cultural: es material. Venezuela poseía los recursos que atrajeron la atención de potencias extranjeras y generaron alianzas estratégicas con regímenes autoritarios de Medio Oriente y Asia. Cuba, tras la desaparición del subsidio soviético y el agotamiento del flujo venezolano, carece de cualquier activo que justifique una operación de cambio de régimen por vía externa. La dictadura cubana ha sobrevivido precisamente porque su ruina es tan completa que nadie tiene incentivo para intervenir. Es la paradoja más amarga de la historia reciente de la Isla: el éxito del castrismo en destruir el país se ha convertido en su mejor garantía de permanencia.

El régimen de La Habana, además, ha perfeccionado a lo largo de décadas un aparato de control social y vigilancia que no tiene equivalente en Venezuela. La penetración del Estado en cada intersticio de la vida cotidiana, el tejido de comités de defensa de la revolución, la omnipresencia de informantes y la normalización del miedo han neutralizado cualquier brote sostenido de disidencia. El 11 de julio de 2021 demostró que la indignación popular puede brotar espontáneamente, pero también que la maquinaria represiva está preparada para ahogarla en cuestión de horas, con detenciones masivas, juicios sumarios y condenas ejemplares.

La comunidad internacional, por su parte, ha mantenido una postura de retórica condenatoria pero acción nula frente a la dictadura cubana. La Unión Europea revisa su Posición Común con periodicidad y la Organización de Estados Americanos emite resoluciones que el régimen ignora con desdén. Mientras tanto, países como Rusia, China e Irán mantienen relaciones con La Habana no por afinidad ideológica, sino por interés geopolítico: Cuba les sirve como plataforma de inteligencia y molestia en el patio trasero de Estados Unidos, aunque ninguno está dispuesto a subsidiar su economía como lo hicieron en el pasado la URSS y Venezuela.

Cierre: la libertad aplazada

La caída de Maduro ha reavivado en los cubanos una esperanza que la realidad se encarga de extinguir con celeridad. La Isla no es Venezuela, no porque su dictadura sea menos cruel o su pueblo menos merecedor de libertad, sino porque carece de los recursos que convierten la liberación de un país en prioridad estratégica para las potencias. El castrismo lo sabe, y por eso sus máximos dirigentes pueden permitirse el lujo de gritar consignas vacías desde una tribuna mientras, en la intimidad, calculan cuánto tiempo más podrán mantener encadenada a una nación que ya no tiene nada que perder excepto una miseria que el régimen le ha convertido en única herencia. La libertad de Cuba, si llega, no vendrá del norte ni del sur: tendrá que nacer de la determinación de los propios cubanos, por ardua y prolongada que sea la espera. Hasta entonces, el sufrimiento seguirá siendo la moneda de cambio de una paciencia que la historia juzgará sin contemplaciones.

Equipo Editorial Reporte Cuba Ya
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