Una nueva falla en infraestructuras clave del Sistema Eléctrico Nacional (SEN) amenaza con sumir a Cuba en un apagón general. El régimen de La Habana enfrenta una jornada crítica tras la desconexión abrupta de varias plantas generadoras que han dejado fuera de servicio cerca de 400 megawatts (MW), elevando el déficit energético a niveles récord y agravando la profunda crisis estructural que padecen los ciudadanos en su día a día.
Según informaciones divulgadas por el periodista oficialista Lázaro Manuel Alonso, una avería en la línea de 110 kilovoltios de la patana de Melones provocó en la madrugada de este jueves la salida de servicio de dicha planta flotante. El fallo en cadena, propio de un sistema interconectado pero carente de mantenimiento preventivo, también afectó a la unidad 5 de la termoeléctrica de Mariel, al emplazamiento de Boca de Jaruco y a una unidad de Energás Varadero. Esta serie de contingencias técnicas ha evidenciado, una vez más, la fragilidad de la infraestructura energética nacional.
Aunque las autoridades de la isla han reportado la reincorporación de una batería de Melones y se encuentran en proceso de arranque las instalaciones de Mariel y Boca de Jaruco, la situación en el SEN continúa siendo extremadamente tensa. A esta coyuntura se suma la ausencia de la central termoeléctrica Antonio Guiteras, una de las más importantes y antiguas del país, cuya entrada en línea no se espera hasta el viernes, dejando un vacío significativo en la capacidad de generación nacional y manteniendo en vilo a la población.
La Unión Eléctrica pronostica para el horario pico de la noche de este jueves una afectación de 2065 MW. Esta cifra supera incluso el récord registrado el pasado martes, cuando el país alcanzó el mayor déficit de generación reportado hasta la fecha, con 2020 MW a las 10:00 p.m. La demanda energética de la población supera con creces la capacidad real de generación disponible, lo que augura horas de profunda oscuridad, calor sofocante y desesperación para millones de cubanos que dependen de una red eléctrica cada vez más fantasma.
Antecedentes de un sistema obsoleto
El colapso eléctrico no es un fenómeno aislado, sino la culminación de décadas de mala gestión, falta de inversión y obsolescencia tecnológica por parte del ejecutivo cubano. En lo que va de año, el país ya ha sufrido dos apagones generales, uno en febrero y otro en marzo, incidentes que confirmaron la vulnerabilidad sistémica del SEN. Estos eventos demostraron que el sistema opera al límite absoluto de sus posibilidades, sin márgenes de maniobra para enfrentar imprevistos técnicos o variaciones en el suministro de combustible.
El fantasma de la crisis energética de octubre de 2024 planea de manera amenazante sobre la actual situación. Durante casi una semana de aquel mes, gran parte del territorio nacional enfrentó apagones casi absolutos, catalogados como los peores cortes eléctricos registrados en décadas. Aquella crisis no solo dejó a la población sin luz durante jornadas interminables, sino que paralizó la ya maltrecha economía, interrumpió el suministro de agua potable y provocó un malestar social que las fuerzas de seguridad del Estado se encargaron de reprimir con dureza.
Impacto en la crisis estructural cubana
El deterioro del sistema eléctrico actúa como un catalizador directo de la multifactorial crisis que atraviesa la isla. La falta de energía frena la ya limitada producción de alimentos, interrumpe el suministro de agua potable —que depende en gran medida de sistemas de bombeo eléctrico— y compromete la conservación de alimentos en los hogares. Esto ocurre en un contexto donde el desabastecimiento crónico y una inflación galopante hacen casi imposible la adquisición de productos básicos, obligando a la población a sobrevivir en condiciones de precariedad extrema.
Ante esta realidad insostenible, la respuesta del gobierno cubano ha oscilado entre la promesa constante de mantenimientos que raramente se materializan con eficacia y el endurecimiento del control social. La dictadura cubana ha incrementado la vigilancia y la represión para evitar estallidos sociales similares a los del 11 de julio de 2021, consciente de que el descontento popular podría desbordarse ante un apagón prolongado. Sin embargo, la asfixia económica, la falta de libertades y la ausencia de expectativas han impulsado a cientos de miles de cubanos a optar por el éxodo migratorio, dejando despobladas ciudades enteras y sustrayendo fuerza laboral vital al país.
La crisis energética también está profundamente ligada a la incapacidad del régimen de La Habana para garantizar un flujo estable de combustibles. La dependencia de aliados geopolíticos ha demostrado ser insuficiente e inestable, mientras que la deuda interna y la falta de liquidez impiden adquirir los insumos necesarios en el mercado internacional. Las termoeléctricas operan con equipos que superan con creces su vida útil, sometidos a reparaciones provisionales que no resuelven el problema de raíz, sino que postergan un colapso inevitable.
Perspectivas y consecuencias a futuro
El horizonte inmediato para Cuba se presenta profundamente sombrío. Si las autoridades de la isla no logran estabilizar la generación en las próximas horas, el país podría enfrentar un nuevo apagón general que profundizaría el colapso de los servicios básicos y aceleraría la radicalización del malestar social. La comunidad internacional observa con preocupación cómo la ineficiencia administrativa y la negación de derechos fundamentales se traducen en un sufrimiento directo e indiscriminado para el pueblo cubano.
Mientras no existan cambios estructurales profundos que incluyan una real apertura económica, el respeto a los derechos humanos y la rendición de cuentas, el sistema eléctrico continuará siendo un fiel termómetro de la decadencia del modelo impuesto por la dictadura. La oscuridad física que hoy amenaza a la isla es, en esencia, el reflejo de la oscuridad política e institucional que ha gobernado los destinos de Cuba durante más de seis décadas, dejando a su población atrapada entre la supervivencia y el destierro.



