Lázaro Guerra Hernández, director de Electricidad del Ministerio de Energía y Minas, se ha convertido en la figura más recurrente de la televisión cubana, asumiendo la responsabilidad comunicativa frente al severo deterioro del Sistema Electroenergético Nacional (SEN). En un escenario donde la falta de suministro eléctrico domina la vida cotidiana de la isla, este funcionario técnico ha eclipsado en exposición mediática a las máximas autoridades del Estado, convirtiéndose en el símbolo involuntario de la desolación y el colapso infraestructural que atraviesa el país.
La cotidianidad del cubano está marcada por la incertidumbre de los apagones. En este contexto, la figura de Guerra Hernández emerge a diario en las pantallas nacionales para explicar déficits, averías y planes de mantenimiento. Mientras la dirigencia política superior, encabezada por Miguel Mario Díaz-Canel Bermúdez, se reserva para discursos de carácter ideológico o reuniones burocráticas, es el director de Electricidad quien debe enfrentar a la población con la cruda realidad de un sistema que no da abasto para satisfacer la demanda nacional.
Esta dinámica ha otorgado a Guerra Hernández una notoriedad sin precedentes. Su rostro se asocia directamente al calor sofocante de las tardes sin ventilación, a la angustia de los alimentos que se pudren en refrigeradores inoperativos y a las noches de insomnio acosadas por los mosquitos. El funcionario, un técnico dentro de la maquinaria estatal, ha pasado a ser el comodín del poder, el vocero que pone el rostro a la incapacidad del gobierno cubano para garantizar un servicio básico y fundamental para el desarrollo de cualquier sociedad moderna.
La estrategia comunicativa del régimen de La Habana parece apuntar hacia la descarga de la tensión social en figuras técnicas. Al presentar a un especialista que explica los pormenores de las roturas en termoeléctricas o la escasez de fuel oil, el ejecutivo cubano intenta enmarcar una crisis de carácter estructural y político como un mero problema operativo. Sin embargo, la población ha aprendido a leer entre líneas y la visibilidad de Guerra Hernández se ha transformado en un sinónimo de la precariedad absoluta.
El deterioro histórico del Sistema Electroenergético Nacional
Para comprender la actual crisis energética, es imperativo remontarse a las raíces del deterioro del SEN. La infraestructura eléctrica cubana depende en su mayoría de plantas termoeléctricas construidas hace más de cuatro décadas, muchas de las cuales han superado por mucho su vida útil técnica. La falta de una inversión sostenida y de un plan de mantenimiento preventivo riguroso ha llevado a que estas instalaciones operen al límite de su capacidad, sufriendo averías constantes que requieren meses de reparación.
Antecedentes de esta crisis se observaron durante el Período Especial en la década de 1990, cuando los apagones llegaron a durar hasta 16 horas diarias. Aunque en los años posteriores el país logró cierta estabilidad gracias a la alianza con Venezuela y la incorporación de grupos electrógenos distribuidos, la solución fue paliativa y no estructural. La dependencia del petróleo subsidiado y la ausencia de una transición hacia fuentes renovables o infraestructuras modernas dejaron a la isla en una posición de extrema vulnerabilidad.
En los últimos años, las interrupciones del suministro de combustible por parte de los aliados internacionales, sumadas a la incapacidad financiera del gobierno cubano para adquirir crudo en el mercado internacional a precios vigentes, han agravado el déficit de generación. Las promesas de construir nuevas termoeléctricas o parques eólicos y solares se han quedado en anuncios repetitivos que rara vez se materializan en plazos establecidos, profundizando la brecha entre la retórica oficial y la realidad material.
Impacto social y contexto de crisis sistémica
El colapso eléctrico no ocurre en el vacío; es el epicentro de una crisis sistémica que abarca todos los ámbitos de la vida en Cuba. La falta de electricidad paraliza la economía informal y formal, afecta el bombeo de agua potable —provocando crisis sanitarias latentes— y dificulta la conservación de alimentos en un país donde el desabastecimiento obliga a la población a depender de productos perecederos adquiridos a precios inflacionarios en mercados agrícolas o a través de la diáspora.
La inflación galopante que sufre la isla se ve exacerbada por la crisis energética. Los comerciantes y transportistas asumen los costos de la generación eléctrica mediante paneles solares privados o el uso de combustibles escasos, trasladando estos sobrecostos al consumidor final. Mientras tanto, los salarios estatales se mantienen estancados, imposibilitando a la mayoría de los ciudadanos acceder a una canasta básica de supervivencia, lo que a su vez actúa como uno de los principales motores del masivo éxodo migratorio hacia Estados Unidos y otras naciones de la región.
Frente a esta situación, la respuesta de las autoridades de la isla ha sido la contención y la represión. La dictadura cubana ha incrementado la vigilancia policial y ha aplicado medidas coercitivas contra aquellos ciudadanos que se atreven a protestar públicamente por los cortes de luz. La falta de canales democráticos para exigir responsabilidades o proponer alternativas convierte la frustración cotidiana en un silencio forzado que solo estalla en episodios aislados de indignación social, rápidamente neutralizados por la seguridad del Estado.
Consecuencias y perspectivas a futuro
La utilización de Lázaro Guerra Hernández como el rostro visible de la crisis eléctrica refleja la desconexión del poder político con el sufrimiento real de la ciudadanía. El régimen de La Habana parece no tener una salida a corto ni mediano plazo para la crisis del SEN. Las soluciones reales requerirían una apertura económica que atraiga inversión extranjera directa sin las trabas burocráticas actuales, así como un cambio sustancial en la política energética, opciones que chocan frontalmente con el control centralizado que ejerce la dirigencia.
La continuidad de estos apagones prolongados amenaza con desencadenar una crisis sanitaria de proporciones mayores, dada la afectación a hospitales y centros de salud, cuyos sistemas de respaldo (grupos electrógenos) también sufren la escasez de combustible. La comunidad internacional y las organizaciones de derechos humanos han comenzado a monitorear de cerca la situación, advirtiendo que el deterioro de los servicios públicos básicos constituye una violación sistemática de los derechos económicos y sociales de la población cubana.
En definitiva, el rostro del director de Electricidad en las pantallas nacionales es el espejo de una nación en ruinas. Mientras el gobierno cubano insista en mantener un modelo económico fracasado y priorice el control político sobre el bienestar de sus ciudadanos, figuras técnicas como Guerra Hernández seguirán teniendo la ingrata tarea de anunciar la oscuridad. El colapso energético es, en esencia, la manifestación más visible del agotamiento de un sistema que ha fracasado en proveer lo más elemental para la subsistencia de su pueblo.


