Martes, 15 de septiembre de 2026
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50 años sin Lezama Lima: la censura de la dictadura y el intento de apropiación de su legado

50 años sin Lezama Lima: la censura de la dictadura y el intento de apropiación de su legado

El medio siglo del fallecimiento de José Lezama Lima reabre el debate sobre la persecución cultural en Cuba. Considerado el más grande escritor cubano del siglo XX, sufrió el ostracismo, la censura y la prohibición de su obra por parte del régimen de La Habana, que hoy intenta reescribir su historia para maquillar décadas de represión intelectual.

El 9 de agosto se cumplieron cincuenta años de la muerte en La Habana de José Lezama Lima, a los 65 años de edad. Aunque su salud estaba profundamente deteriorada por el asma crónico y otras dolencias, su declive físico y psicológico fue acelerado por la amargura del ostracismo al que fue sometido por los hacedores de las políticas culturales del Estado. La dictadura cubana lo consideraba un escritor aburguesado, católico y profundamente incompatible con los códigos morales del castrismo, además de políticamente desconfiable. Su figura incómoda representaba todo lo que el sistema totalitario intentaba erradicar: la autonomía del arte frente a la propaganda.

La desconfianza del poder hacia Lezama se materializó de forma contundente en 1968. El escritor formó parte del jurado que, desafiando las presiones de los comisarios culturales, concedió el Premio UNEAC al poemario \»Fuera del juego\», de Heberto Padilla. Este episodio, que precedió al célebre \»Caso Padilla\», marcó un punto de no retorno en la relación entre el autor de Paradiso y el aparato ideológico gubernamental. La negativa de Lezama a plegarse a la voluntad oficial demostró que la integridad estética era un delito para las autoridades de la isla, que a partir de entonces endurecieron su persecución contra cualquier vestigio de pensamiento crítico.

Dos años antes, en 1966, la publicación de Paradiso había desatado el escándalo entre los censores del régimen. El homoerotismo explícito del capítulo VIII de la que es considerada la novela cubana más monumental y una de las cumbres del Boom latinoamericano fue calificado de pornográfico por las autoridades. La respuesta del gobierno cubano fue implacable: los ejemplares publicados fueron recogidos de librerías y bibliotecas para ser convertidos en pulpa. La obra maestra de Lezama permaneció proscrita durante un cuarto de siglo, hasta su reedición en 1991, en plena crisis del Periodo Especial, cuando el ejecutivo cubano buscaba oxígeno internacional tras el colapso de la URSS.

El calvario personal del escritor quedó documentado en la correspondencia que mantuvo durante quince años, entre 1961 y 1976, con su hermana Eloísa, exiliada en Miami. En estas cartas, Lezama confesaba vivir \»en la ruina y la desesperación\». Sometido a un silencio editorial y con vetos constantes para viajar al exterior, el autor se quejaba de \»la monotonía enloquecedora, el aislamiento inexorable, el agobio de ignorar la culpa que expiaba\». En su residencia de Trocadero 162, la mesa que apenas lograba surtir su esposa, María Luisa, se convirtió en uno de los últimos reductos de la libertad intelectual, un espacio acosado por la miseria material y el cerco político.

La rehabilitación póstuma y la manipulación del legado

A inicios de la década de 1990, ante la urgencia de abrirse al mundo tras la pérdida de los subsidios soviéticos, el régimen de La Habana emprendió una rehabilitación póstuma de la figura de Lezama. La cultura oficial intentó convertirlo en un escritor de culto, citando una frase de 1959 en la que el autor aseguró que \»la Revolución Cubana significa que todos los conjuros negativos han sido decapitados\». Sin embargo, esta operación de maquillaje histórico choca con la realidad de un Lezama que, a pesar de ser constantemente evocado por la institucionalidad, es más citado que leído por el ciudadano común, víctima del analfabetismo funcional y la precariedad educativa que aqueja a la sociedad cubana contemporánea.

Para construir una versión \»potable\» del escritor, el aparato cultural del Estado se ha valido de figuras como el periodista Ciro Bianchi, quien en sus textos para el periódico Juventud Rebelde y en el prólogo del libro Lezama disperso (2009) ha intentado exculpar al sistema. Bianchi ha atribuido los infortunios del autor no a la censura estatal que prohibió Paradiso, sino a las querellas estético-literarias con Guillermo Cabrera Infante, Carlos Franqui y Heberto Padilla desde Lunes de Revolución. Incluso ha minimizado el aislamiento de Lezama, sugiriendo que no viajaba por miedo a los aviones y que exageraba sus vicisitudes por temor a la falta de alimentos y medicinas.

No obstante, la propia narrativa oficial se traiciona a sí misma. En el prólogo de Lezama disperso, Bianchi reconoce la hipocresía del entorno cultural en el velorio de Lezama, ocurrido en el tercer piso de la funeraria de Calzada y K, en El Vedado. Allí admitió que estuvieron presentes \»los que fueron brazos ejecutores de la persecución contra Lezama\», así como figurones de la cultura oficial que asistieron \»a cumplir un compromiso oficial y simular, y a veces ni eso, un pesar que estaban muy lejos de sentir\». Esta confisión ratifica el carácter punitivo y cruel de la política cultural del Estado hacia uno de sus mayores genios.

Contexto sistemico: La política cultural como herramienta de control

El caso de José Lezama Lima no es un mero accidente histórico, sino la cristalización de una política de Estado diseñada por la dictadura para someter la intelectualidad al poder absoluto. El conocido como \»Quinquenio Gris\» y el \»Pavonato\» institucionalizaron la persecución contra todo aquel que no se alineara con la ortodoxia marxista-leninista. Esta matriz represiva no ha desaparecido; se ha perfeccionado. Hoy, el gobierno cubano mantiene intacto su aparato de censura, materializado en el Decreto 349, que criminaliza la creación artística independiente y otorga al Estado el monopolio de la cultura, evidenciado en el acoso a los promotores del 27N y el encarcelamiento de artistas como Luis Manuel Otero Alcántara y Maykel Castillo.

La crisis estructural que atraviesa Cuba hoy es heredera directa de ese modelo totalitario que asfixió a Lezama. La falta de libertades públicas, la hiperinflación, el desabastecimiento crónico de alimentos y medicinas —las mismas carencias que angustiaban al autor de Paradiso— y el colapso de los servicios básicos han provocado el mayor éxodo migratorio de la historia de la isla. Al igual que en la época de Lezama, los artistas, periodistas y ciudadanos que se atreven a cuestionar la narrativa oficial son acosados, encarcelados o forzados al exilio, demostrando que la esencia del régimen permanece inmutable en su desprecio por la dignidad humana.

Antecedentes y el costo del silencio impuesto

La proscripción de Paradiso y el castigo a Lezama por su voto a favor de Heberto Padilla marcaron un antes y después en la intelectualidad latinoamericana. El \»Caso Padilla\», que estallaría años después con la detención del poeta en 1971 y su posterior autocrítica forzada frente al gremio de la UNEAC, provocó la ruptura de figuras internacionales como Jean-Paul Sartre, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez con el modelo cubano, evidenciando a nivel global el carácter autoritario del sistema. Lezama fue una de las primeras víctimas colaterales de este endurecimiento ideológico, pagando con el silencio y la miseria su integridad estética y moral.

A cincuenta años de su muerte, el legado de José Lezama Lima se erige como un monumento a la resistencia pasiva frente a la tiranía cultural. Mientras el régimen persiste en su intento de domesticar su figura para legitimar un proyecto político que fracasó en lo económico y en lo social, la obra del escritor sobrevive como testimonio de aquello que el poder no pudo destruir. Las futuras generaciones de cubanos, asfixiadas por la censura y la crisis, tendrán en la obra y el calvario de Lezama un recordatorio de que la libertad de creación es el primer derecho que toda dictadura intenta decapitar, y que la memoria histórica sigue siendo el principal enemigo de los regímenes autoritarios.

Equipo Editorial Reporte Cuba Ya
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