Los reportes del Ministerio de Salud Pública (MINSAP) mantienen a Santiago de Cuba al margen de las provincias más afectadas por arbovirosis, sin embargo, la realidad en los hospitales y barrios orientales revela una crisis sanitaria oculta. Menores de edad y pacientes vulnerables fallecen ante la falta de recursos básicos, equipos defectuosos y diagnósticos imprecisos, mientras las autoridades de la isla manipulan las cifras oficiales para minimizar la magnitud del desastre.
A pesar de que los partes epidemiológicos del gobierno cubano señalan a La Habana, Matanzas y Cienfuegos como los territorios de mayor incidencia viral, la situación en la provincia de Santiago de Cuba ha alcanzado niveles críticos. Las salas de emergencias de centros hospitalarios como el Ambrosio Grillo, La Colonia y los hospitales infantiles Norte y Sur se encuentran desbordadas. Cada día ingresan pacientes en estado grave, aquejados de fiebre alta, deshidratación severa y complicaciones respiratorias, muchos de los cuales presentan comorbilidades que agravan su pronóstico ante la ausencia de una atención médica oportuna y equipamiento funcional.
La brecha entre la narrativa institucional y la tragedia cotidiana se materializa en casos como el de Valery Rodríguez, una niña de tres años que ingresó al Hospital Infantil Norte, conocido popularmente como «La ONDI», tras sufrir una crisis respiratoria aguda. Su única esperanza de supervivencia radicaba en la ventilación mecánica, un recurso que escasea de manera crítica en el sistema sanitario cubano. El único equipo disponible en el centro no funcionaba. Durante horas, el personal médico intentó sostener la respiración de la pequeña de forma manual, un esfuerzo desesperado que resultó insuficiente. El corazón de la menor no resistió y falleció, una víctima más de la infraestructura colapsada que el régimen de La Habana se niega a reconocer.
Negligencia, escasez y silencio institucional
Tres días después de la tragedia de Valery, el sistema sanitario volvió a fallar. En la noche del 20 de noviembre, falleció en el mismo hospital la pequeña Sheila Sinai Escobar Puente, de un año y dos meses. La menor había llegado a emergencias con un cuadro de fiebre, vómitos y diarrea. El médico de guardia diagnosticó una deshidratación moderada y administró un suero de dextrosa al 30%, tras lo cual le dio de alta. Poco tiempo después, la familia tuvo que regresar con la niña, quien presentaba un shock metabólico severo e irreversible que le provocó la muerte.
La utilización de dextrosa al 30% para tratar una deshidratación leve ha generado profundas dudas en la comunidad médica. Mientras algunos sectores sugieren que la infante pudo haber llegado con síntomas de diabetes tipo 1, el tío de la menor, Richard Puente Barreiro, ha denunciado públicamente que la niña gozaba de buena salud, salvo los síntomas gastrointestinales de ese día. Según el familiar, quien radicó una denuncia formal desde Estados Unidos y exigió justicia ante la dirección del hospital, la cetoacidosis diabética, la taquicardia y las convulsiones fueron una reacción adversa posterior a la administración del suero equivocado. Hasta el momento, ni las autoridades hospitalarias ni el MINSAP provincial han ofrecido explicaciones sobre este presunto caso de negligencia médica.
Una epidemia letal para jóvenes y pacientes crónicos
El panorama es igualmente desolador para otros grupos demográficos. Daisy Lorena Gómez Avillud, una joven estudiante de la Facultad N° 2 de Medicina, natural de Songo La Maya, fue hospitalizada tras presentar malestares compatibles con arbovirosis. Durante su ingreso, los médicos le diagnosticaron leucemia mieloide. Mientras intentaba recuperarse de los síntomas virales, sufrió un fuerte dolor abdominal y un vómito de sangre en proyectil que precedió a su fallecimiento. Este caso evidencia cómo el virus, exacerbado por las condiciones de vida en la isla, se comporta de manera letal incluso en individuos jóvenes y supuestamente sanos.
Los pacientes con enfermedades crónicas enfrentan una sentencia de muerte ante la falta de medicamentos y diagnósticos precisos. En Palma Soriano, Yurisleidis Suárez Suárez, de 41 años y diabética, ingresó con síntomas compatibles con chikunguña. Dos días después cayó en coma y fue conectada a ventilación mecánica, falleciendo posteriormente. El virus, no identificado con exactitud por la falta de reactivos para PCR y serología, descompensó su diabetes. La ausencia de pruebas diagnósticas no solo impide aplicar el tratamiento adecuado, sino que convierte a un virus controlable en una amenaza mortal.
El director de Epidemiología del MINSAP, el doctor Francisco Durán, admitió recientemente un escenario «preocupante», informando que 79 niños y adolescentes se encontraban en salas de cuidados intensivos a nivel nacional. De 95 pacientes en terapia intensiva, 63 son menores de 18 años en estado grave y 16 menores de 16 años en condición crítica. Sin embargo, estas cifras oficiales parecen minimizar una crisis que está cobrando vidas diarias en el oriente del país.
Contexto: El derrumbe estructural del sistema sanitario cubano
La letalidad de la actual epidemia de arbovirosis en Cuba no responde a mutaciones del virus, sino a las condiciones estructurales en las que sobrevive la población. La malnutrición crónica, la escasez generalizada de alimentos y la falta de medicamentos básicos han debilitado el sistema inmunológico de los cubanos. Según reportes de la Organización Mundial de la Salud (OMS), más del 67% de los fármacos esenciales en la isla se encuentran en falta. Esta crisis es la consecuencia directa de décadas de mala gestión económica por parte del ejecutivo cubano, que ha priorizado el aparato represivo y las misiones médicas en el exterior en detrimento de la salud pública nacional.
La situación en Santiago de Cuba se ha visto agravada por el paso del huracán Melissa a finales de octubre. La devastation left by the meteorological event —árboles caídos, basura acumulada y zonas inaccesibles— ha obstaculizado las labores de fumigación y pesquisa. La acumulación de agua estancada ha multiplicado los criaderos del mosquito Aedes aegypti. A pesar de los llamados del doctor Durán para mantener limpios patios y calles, la dictadura cubana no garantiza la recogida de basura ni el saneamiento ambiental, descargando la responsabilidad total sobre una ciudadanía carente de recursos y herramientas, mientras la acción estatal brilla por su ausencia.
Estadísticas de la propia MINSAP y la OPS indican que aproximadamente el 25% de la población cubana sufre de hipertensión y un 10% de diabetes. Estas comorbilidades aumentan exponencialmente el riesgo de mortalidad ante el contagio de arbovirosis. La incapacidad del sistema para realizar pruebas diagnósticas impide identificar el virus y aplicar protocolos eficaces, lo que se traduce en un aumento constante de la tasa de letalidad en hospitales que carecen hasta de analgésicos básicos.
Cuba, epicentro regional del chikunguña
La crisis sanitaria ha convertido a Cuba en un foco epidemiológico sin precedentes en la región. Datos de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) revelan que, en un período reciente, la isla reportó un promedio de 700 nuevos casos diarios de chikunguña. Actualmente, Cuba registra una incidencia acumulada de 183,43 casos por cada 100.000 habitantes, la más alta de América, superando a naciones donde la enfermedad es endémica.
Se acumulan un total de 31.513 casos sospechosos en 14 provincias, 99 municipios y 164 áreas de salud. No obstante, expertos independientes señalan que las cifras reales podrían ser dramáticamente superiores. La población, desconfiada de un sistema sanitario colapsado y ante la imposibilidad de conseguir medicamentos en las farmacias, opta por no acudir a las instituciones de salud, recurriendo a la automedicación o a remedios caseros, lo que invisibiliza la verdadera dimensión de la epidemia.
El colapso de la salud pública cubana es un síntoma más de la debacle generalizada del modelo impuesto por el régimen. La incapacidad para contener una epidemia de arbovirosis, sumada a la represión de quienes intentan denunciar las muertes evitables, refleja la profunda desconexión entre el poder y el sufrimiento ciudadano. Frente a este escenario, la comunidad internacional y los organismos de salud regionales enfrentan el reto de exigir transparencia al gobierno cubano, que persiste en ocultar la magnitud de una crisis que cobra cada vez más vidas infantiles en el silencio de los pasillos hospitalarios.


