Domingo, 27 de septiembre de 2026
ÚLTIMA HORA
Policiales

La dictadura cubana vota contra la ONU y respalda la deportación de niños ucranianos por parte de Rusia

La dictadura cubana vota contra la ONU y respalda la deportación de niños ucranianos por parte de Rusia

La Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó una resolución que exige a Moscú el retorno inmediato, seguro e incondicional de los menores ucranianos trasladados por la fuerza, en una votación que dejó al régimen de La Habana en el reducido grupo de doce países que rechazaron el texto, alineándose explícitamente con Vladimir Putin en un asunto que viola el derecho internacional humanitario.

El proyecto de resolución, titulado «Retorno de los niños ucranianos», obtuvo el respaldo de 91 países, mientras que 57 naciones optaron por la abstención, entre ellas potencias como China, India y Brasil. Sin embargo, el gobierno cubano decidió integrarse al bloque minoritario que votó en contra, compartiendo posición con Rusia, Bielorrusia, Irán, Eritrea, Malí, Burundi, Burkina Faso, Níger, Sudán, Nicaragua y la República Democrática del Congo. Este accionar diplomático refleja una vez más la subordinación incondicional de la isla frente a sus aliados estratégicos, incluso cuando ello implique respaldar prácticas condenadas de manera unánime por la comunidad internacional democrática.

La resolución aprobada demanda a la Federación Rusa que garantice el regreso de todos los niños ucranianos forzosamente transferidos o deportados desde 2014, ya sea a territorio ruso, a Bielorrusia o a las zonas ocupadas. El comunicado oficial de la ONU subraya que el derecho internacional es «cristalino» en el artículo 49 del IV Convenio de Ginebra, el cual prohíbe de manera categórica la transferencia o deportación forzosa de civiles, incluidos los menores, desde territorios ocupados. Al oponerse a este texto, el régimen de La Habana se posiciona del lado del Estado señalado como responsable de graves violaciones a los derechos humanos.

La hipocresía del programa de Tarará

El contraste diplomático resulta especialmente sensible y revelador en el caso cubano. Durante décadas, las autoridades de la isla han reivindicado con orgullo el programa médico de Tarará, donde se atendió de forma gratuita a unos 25.000 niños afectados por el accidente nuclear de Chernóbil —en su mayoría ucranianos, rusos y bielorrusos— entre 1990 y 2011. Este histórico gesto de solidaridad médica, promovido extensamente por la propaganda oficial, contrasta de forma dramática con la decisión actual de votar contra una resolución centrada exclusivamente en la protección y el retorno de menores ucranianos deportados. La postura actual coloca al ejecutivo cubano en una profunda encrucijada moral, evidenciando que la retórica humanitaria del pasado queda supeditada a los intereses geopolíticos del presente.

Hasta el momento, los resúmenes oficiales de la sesión difundidos por Naciones Unidas y las crónicas de medios especializados no recogen ninguna intervención de la delegación cubana que explique su voto, a diferencia de las representaciones de Ucrania y Rusia, que sí expusieron sus posiciones desde la tribuna. El silencio de La Habana es elocuente ante una crisis que, según la plataforma estatal ucraniana «Children of War», ha registrado a 28 de junio de este año 19.546 niños forzosamente desplazados o deportados. Las autoridades de Kiev afirman que el número total de casos bajo investigación supera los 20.000.

En su intervención ante la Asamblea General, la vicecanciller ucraniana Mariana Betsa declaró que «no habrá una paz justa en Ucrania sin el retorno inmediato e incondicional de nuestros niños a casa» y subrayó que «esta resolución no trata de política; trata de humanidad». De acuerdo con los datos que presentó, algo más de 1.850 menores han podido regresar con sus familias, una fracción minúscula del total de casos denunciados. A pesar de este drama humano documentado, el gobierno cubano optó por ignorar las pruebas presentadas y respaldar a Moscú.

Evidencias de un programa sistemático de «rusificación»

Las denuncias no se basan únicamente en testimonios aislados. Investigaciones del Laboratorio de Investigación Humanitaria (HRL) de la Escuela de Salud Pública de Yale, en el marco del programa estadounidense Conflict Observatory, indican que niños ucranianos han sido trasladados al menos a 210 instalaciones dentro de Rusia y en territorios ucranianos ocupados. Estos traslados forman parte de un programa sistemático de deportación, «reeducación» y adopciones forzadas. Recientemente, la jurista ucraniana Kateryna Rashevska, experta del Centro Regional de Derechos Humanos, declaró ante el Senado de Estados Unidos que su organización ha documentado 165 campamentos donde los menores son «militarizados y rusificados», incluyendo instalaciones en Rusia, Bielorrusia e incluso Corea del Norte.

La dimensión transnacional del problema ha llevado a actores poco habituales a involucrarse en las negociaciones diplomáticas. Según informó la agencia Reuters, la primera dama de Estados Unidos, Melania Trump, envió meses atrás una carta personal a Vladímir Putin en la que le instaba a facilitar el regreso de los niños ucranianos, abrir el acceso a organizaciones humanitarias y apoyar corredores diplomáticos para la reunificación familiar. Mientras la comunidad global busca vías para resolver esta tragedia, la dictadura cubana prefiere escudarse en el bloque antioccidental para legitimar su propia narrativa y la de sus aliados.

Subordinación diplomática y crisis estructural en Cuba

El voto de Cuba en la ONU no puede entenderse sin analizar la profunda crisis estructural que atraviesa la isla y su creciente dependencia de aliados como Rusia. El régimen de La Habana necesita el respaldo político y económico de Moscú para mantenerse a flote ante el colapso productivo, la hiperinflación que devora los salarios, el desabastecimiento crónico de combustible, medicinas y alimentos, y un éxodo migratorio sin precedentes que ha vaciado al país de su fuerza laboral y su juventud. En este contexto de desesperación institucional, la diplomacia cubana funciona como una moneda de cambio: el ejecutivo cubano ofrece su respaldo internacional incondicional a las acciones más cuestionables de Rusia a cambio de suministros energéticos diferidos, apoyo militar y blindaje político en foros multilaterales donde ambos gobiernos enfrentan escrutinio por sus violaciones sistemáticas a los derechos fundamentales.

Esta alineación en el exterior es un reflejo directo de la falta de libertades en el interior. La dictadura cubana, que hoy ignora el derecho internacional humanitario para proteger a los niños ucranianos deportados, es la misma que reprime, encarcela y censura a su propia población cuando esta exige derechos básicos, como ocurrió durante las protestas masivas del 11 de julio de 2021. La hipocresía de un Estado que se autoproclama históricamente defensor de los pueblos oprimidos, pero que vota en contra de la reunificación de menores secuestrados por una potencia invasora, desenmascara la verdadera naturaleza de un sistema dispuesto a sacrificar cualquier principio moral en su afán por garantizar la supervivencia de la élite en el poder. La política exterior de la isla no busca el bien común global, sino la preservación interna del statu quo autoritario.

Antecedentes de una dependencia histórica

La relación entre Cuba y Rusia tiene profundas raíces históricas que se remontan a la Guerra Fría, cuando la antigua Unión Soviética se convirtió en el principal sostén económico y militar de la isla. Tras la desaparición del bloque socialista, Cuba sufrió una severa crisis conocida como el «Período Especial». Hoy, frente a una nueva crisis sistémica que amenaza con colapsar lo poco que queda de la economía nacional, el gobierno cubano ha vuelto los ojos a Moscú, buscando recrear aquella dependencia subvencional. Sin embargo, a diferencia de décadas pasadas, el costo de esta lealtad implica ahora respaldar abiertamente conflictos de agresión y violaciones a los derechos humanos que aíslan a La Habana de la mayor parte de la comunidad democrática y la exponen al repudio internacional.

Implicaciones y aislamiento futuro

El respaldo de las autoridades de la isla a Rusia en este sensible tema de derechos humanos tendrá consecuencias en su ya deteriorada imagen internacional. Aunque el régimen de La Habana suele apelar a la soberanía y la no injerencia para justificar sus votos en la ONU, la negativa a exigir el retorno de niños deportados trasciende la política bilateral y toca fibras humanitarias universales. La decisión coloca a Cuba en la marginalidad diplomática, reforzando la percepción de que su política exterior está secuestrada por la necesidad de complacer a sus patrocinadores autoritarios. Para la ciudadanía cubana, que sufre a diario las consecuencias de la mala gestión, la represión y la falta de democracia, este tipo de pronunciamientos oficiales solo confirman la desconexión total entre los intereses del poder y los valores de un pueblo que históricamente ha sido solidario con las víctimas de tragedias globales.

Equipo Editorial Reporte Cuba Ya
Escrito por

Equipo Editorial Reporte Cuba Ya

Equipo editorial de Reporte Cuba Ya, medio digital independiente especializado en noticias de Cuba. Cubrimos politica, derechos humanos, economia, feminicidios, presos politicos, oposicion y la crisis humanitaria en la isla. Nuestro compromiso es la veracidad, la independencia editorial y el rigor periodistico.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.Los campos obligatorios están marcados con *

Mantente Informado

Recibe las noticias más importantes de Cuba directamente en tu correo.