Un ciudadano ruso difundió recientemente un video en la red social TikTok donde denuncia haber sido víctima de dos asaltos en plena vía pública durante su visita a La Habana, declarando que no regresará jamás a la isla. El incidente, que se suma a una serie de quejas similares por parte de visitantes del país euroasiático, expone el deterioro del sector turístico y el alarmante nivel de inseguridad ciudadana que impera bajo la gestión del régimen de La Habana.
En las imágenes virales, el turista relata su experiencia mientras graba a un individuo que, según denuncia, lo seguía por varias cuadras exigiéndole dinero. «Estamos en La Habana. Ayer nos asaltaron justo en la calle y nos siguieron por varias cuadras. Hoy lo mismo: ahí está un hombre de blanco, otra vez va detrás de nosotros», explica el visitante, quien describe los barrios turísticos de la capital como «agresivos e inseguros». La sentencia final de su testimonio es contundente: «Nos asaltaron dos veces aquí. No se lo desearía a nadie. No vuelvo más. Ni por nada del mundo».
Aunque el video no precisa si el turista presentó una denuncia formal ante la Policía Nacional Revolucionaria (PNR), la publicación ha generado una ola de alerta en redes sociales y foros de viajes. Las quejas por hostigamiento callejero, hurtos y fraudes contra extranjeros se han vuelto una constante en las zonas céntricas de la capital, el Malecón y áreas hoteleras. Las prácticas más denunciadas incluyen el seguimiento constante a los visitantes, pedidos insistentes de dinero, ofertas irregulares de cambio de divisas y la venta de productos falsificados, generando un clima de zozobra que ahuyenta a los potenciales viajeros.
Este caso no es un hecho aislado, sino parte de una tendencia preocupante que afecta especialmente a los turistas rusos, uno de los mercados emisores más importantes para la isla en la actualidad. A finales de abril, trascendió el ataque a dos turistas rusas en La Habana. Según reportes del medio ruso SHOT, las jóvenes, identificadas como «Olga y su acompañante», fueron asaltadas al atardecer mientras paseaban para conocer la ciudad nocturna. Dos hombres con gafas intentaron arrancarles los bolsos, golpeándolas y despojándolas de sus pertenencias, incluidos dinero y pasaportes. Tras el ataque, las víctimas regresaron a su hotel, donde denunciaron no haber recibido asistencia médica ni administrativa para tratar sus heridas o tramitar su salida del país.
El deterioro de la experiencia turística abarca no solo la inseguridad física, sino también la precariedad de los servicios. En mayo de 2024, otra ciudadana rusa, Elena Liseykina, expresó públicamente su frustración tras gastar cerca de 13.500 dólares en una estancia de 16 días. En su blog personal, Liseykina detalló deficiencias extremas, desde tener que dar propina por adelantado para conseguir una toalla limpia, hasta encontrar un insecto flotando en el agua servida en un restaurante de cinco estrellas. «Me advirtieron que no esperara mucho en términos de servicio, pero nunca imaginé cosas como estas», lamentó, evidenciando el contraste entre los precios de un destino de lujo y la calidad de un sistema colapsado.
Contraste entre la propaganda oficial y la realidad en las calles
A pesar de la creciente avalancha de testimonios negativos, el gobierno cubano mantiene una narrativa optimista frente a los mercados emisores. El Ministerio de Turismo de la isla proyecta alcanzar la cifra de medio millón de turistas rusos en el futuro, según declaraciones del titular del sector a la agencia TASS en marzo de 2024. Los datos oficiales citados por la Asociación de Turoperadores de Rusia (ATOR) indican que en 2023 visitaron Cuba más de 184.800 turistas rusos, un incremento de 3,4 veces respecto al año anterior. Sin embargo, estas proyecciones oficiales chocan frontalmente con la realidad de un sector en franco declive y una infraestructura incapaz de sostener la demanda.
El colapso sistémico detrás de la inseguridad
La inseguridad experimentada por los turistas es un síntoma directo de la profunda crisis estructural que atraviesa el país. La inflación galopante, el desabastecimiento crónico de productos básicos y medicamentos, sumados a los apagones eléctricos que prolongan la oscuridad en las ciudades durante horas, han empujado a amplios sectores de la población a la desesperación. La falta de oportunidades laborales dignas y la dependencia de un mercado negro cada vez más pujante han convertido al visitante extranjero en un objetivo visible para la subsistencia. En este escenario, la mendicidad agresiva, la estafa y el delito común en las calles no son más que el reflejo de una sociedad que sobrevive al borde del colapso material.
La responsabilidad de esta situación recae inequívocamente en la dictadura cubana, cuya política de represión selectiva prioriza el acoso a opositores políticos y periodistas independientes por encima de la protección de la ciudadanía y los visitantes. Mientras la Policía Nacional Revolucionaria despliega efectivos para vigilar y amedrentar a quienes disienten del poder o para reprimir protestas populares, las calles turísticas quedan a merced de la delincuencia. Los turistas que han sido víctimas de asaltos coinciden en señalar un sentimiento de desprotección y abandono por parte de las autoridades de la isla, evidenciando la falta de control ciudadano y el fracaso del modelo estatal. La impunidad con la que operan los delincuentes comunes contrasta dramáticamente con la severidad con la que el régimen castiga la disidencia política.
Implicaciones futuras para la economía y la imagen del régimen
El impacto de estos incidentes trasciende la anécdota individual y proyecta consecuencias devastadoras para la ya maltrecha economía nacional. El turismo, históricamente uno de los principales motores de ingresos de divisas para el ejecutivo cubano, ve cómo su reputación de «destino seguro y paradisíaco» se desmorona en las redes sociales y los portales de reseñas internacionales. La pérdida de confianza de mercados clave, como el ruso, agrava la escasez de divisas, profundiza la asfixia económica y limita la capacidad del régimen para importar los bienes mínimos necesarios para mantener functioning la frágil red de servicios públicos.
Finalmente, la narrativa oficial que intenta proyectar una normalidad inexistente se desmorona ante los testimonios de quienes regresan a sus países con relatos de violencia y precariedad. La comunidad internacional y los operadores turísticos toman nota de esta realidad, lo que podría derivar en advertencias de viaje y una reducción aún más drástica de los vuelos y paquetes hacia la isla. Mientras el poder en Cuba no asuma la responsabilidad de garantizar un entorno seguro y servicios dignos, el éxodo de turistas será un reflejo más del aislamiento y la decadencia a la que la dictadura ha sometido al país, dejando a la población civil atrapada entre la represión estatal y la miseria cotidiana.


