El ingeniero nuclear Pelayo Calante advirtió que la cadena de fallas en el Sistema Eléctrico Nacional (SEN) de Cuba tiene causas profundamente estructurales y continuará afectando a la población mientras el régimen de La Habana no invierta a gran escala en reparación y mantenimiento. En una reciente entrevista, el especialista detalló que la crisis energética no se debe únicamente a la falta de combustible, sino a décadas de abandono y falta de planificación, augurando que los apagones serán cada vez más frecuentes en la isla.
La crisis energética que atraviesa la isla ha alcanzado niveles críticos, con cinco colapsos total o parcialmente significativos del Sistema Eléctrico Nacional registrados desde octubre del pasado año. Para Calante, formado en el Instituto Energético de Moscú y con amplia experiencia en el sector termoeléctrico y nuclear cubano, la situación actual representa lo que él describe como una «tormenta perfecta». El especialista, quien ha visitado las plantas en calidad de profesor e investigador, descarta que la escasez de combustible sea la causa principal de los apagones, apuntando directamente a la falta de mantenimiento preventivo y predictivo en las instalaciones.
El deterioro acumulado en la infraestructura energética es, según el ingeniero, la causa principal del descalabro. Calante explicó que no ha existido una planificación adecuada ni se ha destinado el capital necesario para reemplazar, sustituir o reparar las plantas en los momentos oportunos. Incluso en sistemas operativos con planes de cuidado al día, las averías son inevitables, pero en el caso cubano se han dejado de practicar rutinas fundamentales, como el diagnóstico por vibraciones, diseñado para anticipar fallos antes de que se conviertan en emergencias. Esta omisión técnica ha acelerado la obsolescencia de las termoeléctricas.
A los problemas de generación se suman las deficiencias en la red de transmisión y distribución, que presenta «muchos problemas» según el experto. Sin embargo, el factor humano es igualmente alarmante. Calante destacó el éxodo masivo de personal calificado como un agravante crítico para la estabilidad del sistema. Ingenieros y obreros especializados han abandonado el sector energético en busca de mejores oportunidades laborales y salariales fuera de la industria, e incluso fuera del país, dejando a las plantas operando con un déficit de conocimientos técnicos indispensables para manejar emergencias y realizar mantenimientos complejos.
En cuanto a la narrativa oficial que culpa al embargo estadounidense de los infortunios de la isla, el ingeniero matizó su impacto real en el sector. La mayor parte de las termoeléctricas cubanas son de tecnología de la ex-Unión Soviética, Rusia y República Checa, con la excepción de una planta japonesa y otra francesa. Aunque algunos equipos auxiliares contienen componentes afectados por las restricciones comerciales, el gobierno cubano ha demostrado capacidad para eludir estas limitaciones cuando lo considera prioritario. El problema de fondo, aseveró Calante, radica en una decisión política de gasto: «Cuba, el dinero que tiene, no lo ha invertido en infraestructura».
Frente a los anuncios del ejecutivo cubano sobre la expansión de parques solares como solución a la crisis, el especialista fue tajante al desestimar su eficacia para resolver el problema de raíz. La energía fotovoltaica, explicó, solo «ayuda al sistema», pero no puede sostener la demanda nacional. Sin sistemas de almacenamiento adecuados, la energía solar no cubre el consumo nocturno y su aporte es intermitente por naturaleza. «No puedes basarte en que los sistemas de paneles solares van a resolver el sistema energético de Cuba. La respuesta es no», sentenció Calante, exigiendo realismo técnico frente a las promesas institucionales.
La magnitud de la solución requiere recursos que escapan a la actual capacidad financiera de las autoridades de la isla. Calante estimó que se necesita una inyección de entre 5.000 y 8.000 millones de dólares únicamente para la rehabilitación del sector termoeléctrico. Aun en el improbable caso de que este financiamiento apareciera de inmediato, la recuperación de la red eléctrica demoraría un tiempo considerable. En contraste con esta necesidad de capital, el experto criticó las prioridades del Estado: «Yo sé que hay dinero para la represión, pero no hay dinero para la iluminación», evidenciando el desvío de recursos hacia el aparato de seguridad estatal en detrimento de los servicios básicos.
Contexto Sistémico y Crisis Estructural
El colapso del Sistema Eléctrico Nacional no es un fenómeno aislado, sino un síntoma más de la profunda crisis estructural que sufre la isla. La economía cubana atraviesa una hiperinflación galopante, un desabastecimiento crónico de alimentos y medicinas, y un éxodo migratorio sin precedentes que ha visto partir a cientos de miles de ciudadanos en los últimos años. En este panorama, la inestabilidad energética paraliza la ya mermada producción industrial y agrícola, afecta la cadena de frío y el suministro de agua potable, y agrava las condiciones de vida de una población que subsiste en la precariedad más absoluta.
La dictadura cubana ha respondido a las protestas derivadas de estos apagones con un incremento en la represión y la vigilancia policial, criminalizando el descontento social en lugar de ofrecer soluciones viables. La desconexión constante del servicio eléctrico ha sido el catalizador de manifestaciones espontáneas en diversas provincias, las cuales han sido rápidamente sofocadas por las fuerzas del orden. Esta dinámica evidencia la desconexión total entre las necesidades de la población y las prioridades del régimen de La Habana, que privilegia el control político sobre el bienestar ciudadano y la dignidad humana.
Antecedentes de la Crisis Energética
El deterioro del sistema eléctrico en Cuba es un proceso que se ha gestado durante décadas. Tras la caída del bloque socialista en los años 90, el país sufrió una severa crisis energética conocida como «Período Especial», de la cual la infraestructura nunca terminó de recuperarse por completo. Las inversiones en la red han sido insuficientes y reactivas, limitadas a reparaciones de emergencia que no abordan la obsolescencia de las tecnologías instaladas, muchas de las cuales superan los 30 o 40 años de uso continuo bajo condiciones exigentes.
En los últimos años, la dependencia de aliados geopolíticos como Venezuela y Rusia para el suministro de combustible ha demostrado ser una estrategia frágil. Las fluctuaciones en los envíos de petróleo han generado ciclos de apagones que se han intensificado progresivamente. Sin embargo, como señala Calante, incluso con el combustible garantizado, las termoeléctricas no tienen la capacidad de operar al máximo de su potencial debido a su estado técnico, lo que demuestra que el problema trasciende la geopolítica internacional y se ancla en la ineficiencia sistémica del modelo económico y de gestión del Estado cubano.
Implicaciones Futuras y Salida Política
El pronóstico del ingeniero nuclear es desalentador para el corto y mediano plazo: los colapsos del sistema eléctrico van a seguir. Aunque descartó un apagón permanente que deje a la isla sin energía de forma indefinida, advirtió que las interrupciones del servicio serán cada vez más frecuentes y prolongadas. Esta perspectiva augura un escenario de mayor tensión social, con impactos directos en la salud pública, la educación y la ya maltrecha economía familiar, empujando a más cubanos a tomar la decisión de emigrar ante la ausencia de expectativas.
Para Calante, la salida a esta crisis multidimensional está indisolublemente ligada a un cambio de modelo político. «Hasta que en Cuba no haya una verdadera democracia donde de verdad se usen los recursos por el bien del pueblo, yo no pienso que ellos vayan a reparar estas cosas», afirmó el especialista, calificando a Cuba como un «Estado fallido por todos lados» aludiendo al deterioro generalizado de carreteras, acueductos y salubridad. La comunidad internacional y los actores democráticos dentro y fuera de la isla enfrentan así el reto de impulsar una transición que no solo restaure las libertades fundamentales, sino que también reconstruya las bases materiales de una nación sumida en el colapso.


