El ministro de Comercio Exterior e Inversión Extranjera de Cuba, Oscar Pérez-Oliva Fraga, admitió la existencia de pasivos financieros pendientes con empresas rusas. Durante su participación en el Foro Económico Internacional de San Petersburgo (SPIEF-2025), el funcionario aseguró que las autoridades de la isla tienen la intención de saldar estos compromisos, pero subordinó el cumplimiento a la creación de «condiciones necesarias» que dependen de una hipotética recuperación económica nacional.
En el marco del diálogo empresarial Rusia-Cuba, Pérez-Oliva Fraga confirmó que el Estado cubano mantiene obligaciones financieras sin honrar con entidades de la nación euroasiática. «Cuba confirma la existencia de pasivos con empresas rusas y declara su disposición a cumplir sus compromisos financieros», afirmó el titular ante el auditorio, según recogen reportes de la agencia estatal rusa RIA Novosti. Sin embargo, la promesa de pago quedó inmediatamente supeditada a un escenario futuro y difuso, exigiendo primero «fortalecer la economía nacional y garantizar los recursos necesarios».
El ministro esgrimió como estrategia para generar divisas un supuesto «reordenamiento productivo» basado en el incremento de exportaciones no tradicionales y la sustitución de importaciones. Para ello, el ejecutivo cubano confía en incorporar tecnología rusa en sectores clave, con el objetivo de producir bienes que generen ingresos en moneda dura. Esta propuesta, sin embargo, choca frontalmente con la decreciente capacidad industrial de la isla, marcada por el abandono de la infraestructura, la obsolescencia de la maquinaria y la falta de insumos básicos.
Alianzas con autoritarismos y promesas multimillonarias
Las declaraciones del funcionario cubano se producen apenas un mes después de la visita a La Habana del viceprimer ministro ruso Dmitri Chernishenko, quien anunció supuestas inversiones superiores a 1.000 millones de dólares. Estos fondos, según la narrativa oficial, se destinarían a áreas críticas como la energía eléctrica, la agricultura y el alumbrado público, enmarcados dentro del denominado Plan 2030, suscrito en 2023. Durante su estancia en la isla, Chernishenko calificó a Cuba como un «socio confiable, que tiene capacidad de pagar por los créditos estatales y proyectos contraídos».
El optimismo del dignatario ruso contrasta de manera abrupta con la realidad que sufren los cubanos a diario. La afirmación sobre la capacidad de pago del gobierno cubano ignora el colapso sistémico que atraviesa la nación caribeña. La inflación descontrolada, la devaluación acelerada de la moneda nacional frente al dólar en el mercado informal y la escasez generalizada de productos de primera necesidad evidencian una economía en estado terminal, incapaz de sostener compromisos financieros de esta magnitud sin recurrir a nuevos endeudamientos.
A pesar del reconocimiento oficial de la morosidad, el régimen de La Habana ha mantenido un hermetismo absoluto sobre los detalles de estas obligaciones. Las autoridades no han divulgado el monto total de la deuda contraída con las empresas rusas, ni las tasas de interés aplicadas. Tampoco se han facilitado precisiones sobre un calendario de pagos viable o los mecanismos institucionales que auditarían su cumplimiento. Esta falta de transparencia es una constante en la gestión económica del país, donde las decisiones se adoptan sin debate público ni control ciudadano.
Subordinación geopolítica y silencio ante la guerra
El acercamiento financiero y comercial con Moscú se inscribe en la estrategia de supervivencia del régimen cubano, que ha buscado refugio en alianzas con gobiernos autoritarios como Irán, China y la propia Rusia. A cambio de respaldo político y créditos que alivian temporalmente la asfixia económica, La Habana ha ofrecido su alineamiento internacional incondicional. Una muestra evidente de esta dinámica ha sido la negativa del gobierno cubano a condenar la invasión rusa a Ucrania en las votaciones clave de la Asamblea General de las Naciones Unidas.
El Kremlin, por su parte, ha aprovechado esta dependencia para intensificar su presencia en la isla y proyectar su influencia en América Latina. Más allá de los créditos subsidiados, Rusia ha promovido inversiones estratégicas y ha ampliado su huella tecnológica y logística en zonas de alto valor geopolítico. Analistas y medios independientes advierten que esta relación no se basa en una cooperación mutuamente beneficiosa, sino en una creciente subordinación estructural de la isla a intereses foráneos.
El contexto de un país en crisis estructural
La promesa de pago «cuando se creen las condiciones» suena a una fórmula dilatoria frente a la magnitud de la crisis estructural que asola a Cuba. La economía nacional no ha logrado recuperarse tras el golpe de la pandemia, sino que ha profundizado su declive debido a la ineficiencia del modelo centralizado y la falta de incentivos a la producción. La industria azucarera, otrora pilar de la economía, ha colapsado a niveles históricos, dejando a la isla sin su principal producto de exportación tradicional y obligando a importar azúcar para el consumo interno.
A este colapso productivo se suma un éxodo migratorio sin precedentes en la historia reciente del país. Cientos de miles de cubanos han abandonado la isla en los últimos años, huyendo de la falta de oportunidades, el apagón sistémico y la falta de libertades. La fuga de fuerza laboral calificada, especialmente de jóvenes, socava cualquier posibilidad de llevar a cabo el «reordenamiento productivo» que menciona el ministro Pérez-Oliva. No hay capital humano suficiente para sostener un giro exportador que dependa de la incorporación de nuevas tecnologías.
La dictadura cubana, lejos de implementar reformas estructurales que liberalicen la economía y permitan la creación de riqueza, ha optado por incrementar el control estatal y la represión contra cualquier intento de organización civil o protesta social. Las promesas de atraer inversión extranjera se ven frustradas por la inseguridad jurídica y la falta de garantías para los empresarios. En este escenario, la confianza de Rusia en la «capacidad de pago» de Cuba parece más una declaración diplomática que una evaluación realista de su solvencia.
Antecedentes de un endeudamiento crónico
El incumplimiento de las obligaciones financieras internacionales no es un fenómeno nuevo para el ejecutivo cubano. Históricamente, la isla ha acumulado deudas impagables con sus principales socios comerciales. En 2014, Rusia condonó el 90% de la deuda cubana de la era soviética, que ascendía a unos 32.000 millones de dólares, perdonando cerca de 29.000 millones y dejando un saldo de 3.500 millones a pagar en diez años. A pesar de este histórico alivio, el gobierno cubano volvió a incurrir en morosidad, demostrando un patrón estructural de insolvencia y dependencia de la benevolencia de sus aliados.
Implicaciones y consecuencias a futuro
La asunción de nuevos pasivos con Rusia, sumada a los compromisos del Plan 2030, augura un futuro complicado para la ciudadanía cubana. Los compromisos financieros se asumen en la sombra, sin que la población tenga voz ni voto, y la deuda se convierte en una hipoteca sobre las próximas generaciones. Mientras el régimen de La Habana ofrece soberanía geopolítica y concesiones estratégicas a cambio de oxígeno financiero, los cubanos continúan enfrentando el desabastecimiento, los apagones y la precariedad.
La comunidad internacional, particularmente las democracias occidentales, observa con preocupación cómo Rusia consolida su posición en Cuba. Sin embargo, sin una transición hacia un modelo democrático y una economía de mercado que libere el potencial productivo de la isla, cualquier inyección de capital extranjero —ya sea de Moscú, Pekín o Teherán— solo servirá para maquilar temporalmente el fracaso del sistema, postergando el colapso inevitable y profundizando la subordinación del país a potencias externas. La promesa de pago a Rusia quedará, como tantas otras, en el limbo de las declaraciones economicistas de la dictadura.



