La remoción de las estatuas de Fidel Castro y Ernesto «Che» Guevara de un espacio público en la Ciudad de México ha generado una notable reacción de incomodidad entre la diplomacia del régimen de La Habana y sectores políticos afines al oficialismo mexicano, evidenciando los lazos ideológicos que persisten más allá de la profunda crisis estructural que atraviesa la isla caribeña.
La Alcaldía de Cuauhtémoc, bajo el mando de Alessandra Rojo de la Vega, ordenó el retiro del monumento «El Encuentro», ubicado en el Jardín Tabacalera. La obra, que conmemoraba la reunión entre ambos líderes comunistas en territorio mexicano en 1955, fue desmantelada tras detectarse severas irregularidades legales en su instalación y ante los constantes reclamos de los vecinos de la colonia, quienes rechazaban el homenaje a figuras asociadas al autoritarismo.
Rojo de la Vega detalló que las esculturas, colocadas originalmente en 2017, carecían de la cédula obligatoria emitida por el Comité de Monumentos y Obras Artísticas en Espacios Públicos. «Ni el Che ni Fidel pidieron autorización para instalarse en Cuba… y tampoco en la [colonia] Tabacalera», sentenció la funcionaria, en una alusión directa al legado de imposición que caracterizó a ambos líderes y a la falta de procedimientos legales que amparaban la obra en suelo azteca. La alcaldesa recalcó que las figuras estaban bajo resguardo «irregular» de un trabajador, sin ningún respaldo documental en los archivos de la demarcación.
Ante esta decisión, el embajador del gobierno cubano en México, Marcos Rodríguez Costa, optó por una respuesta indirecta a través de la red social X. Sin mencionar explícitamente el suceso, el diplomático publicó una frase del fallecido dictador: «…no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas». El mensaje fue acompañado de etiquetas a figuras clave del oficialismo, incluida la presidenta de México, Claudia Sheinbaum; el nieto del exmandatario, Fidel Antonio Castro Smirnov; funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores (MINREX), así como a medios simpatizantes como TeleSur y La Jornada.

(Captura de pantalla)
El descontento se extendió rápidamente a la esfera política e institucional mexicana. La presidenta Claudia Sheinbaum calificó de «mal» la remoción durante su conferencia matutina y sugirió que las estatuas deberían reubicarse en otra parte de la capital mexicana, argumentando que se trata de «un momento histórico». Su postura fue respaldada por el Partido Popular Socialista de México, que emitió un comunicado rechazando «el retiro unilateral y cobarde» de las figuras, en un pronunciamiento difundido por el Movimiento Mexicano de Solidaridad con Cuba, un colectivo con un historial señalado de hostigamiento y violencia contra exiliados cubanos en ese país.
Antecedentes de una obra polémica
El monumento, diseñado por el escultor Óscar Pozanelli, fue inaugurado el 2 de diciembre de 2017 durante la gestión del entonces jefe delegacional Ricardo Monreal, integrante del partido Morena. Desde su instalación, el espacio se convirtió en un foco de polarización social, sufriendo actos de vandalismo y siendo el epicentro de múltiples protestas ciudadanas que denunciaban la apología a líderes responsables del establecimiento de un sistema totalitario en la isla.
Las manifestaciones contra la obra escultórica reflejan un rechazo creciente que no es un fenómeno aislado. En octubre de 2021, la organización Misión Rescate México CDMX convocó una protesta frente a las estatuas donde los activistas desplegaron pancartas con leyendas como «México no puede rendir tributo a asesinos» y «En Cuba no existe la libertad de expresión ni de manifestación». Estos reclamos sintetizan la postura de amplios sectores de la sociedad civil y la diáspora, que rechazan la glorificación de líderes cuyas políticas generaron un flujo constante de refugiados y exiliados políticos hacia distintas partes del mundo.

#MañaneraDelPueblo desde Palacio Nacional. Jueves 17 de julio 2025
Contexto: El contraste entre el bronce y la realidad cubana
Mientras la diplomacia de la dictadura cubana y sus aliados internacionales lamentan el retiro de unas estatuas de bronce, la realidad dentro de la isla ofrece un contraste dramático e insostenible. Cuba atraviesa una de las peores crisis económicas y sociales de su historia, marcada por una hiperinflación galopante, el colapso sistemático del Sistema Electroenergético Nacional (SEN) con apagones que superan las 10 horas diarias, y un desabastecimiento crónico de alimentos, medicinas y combustible. La glorificación de los líderes que instauraron este sistema contrasta de forma obscena con el sufrimiento diario de los ciudadanos.
A la crisis material se suma el endurecimiento de la represión social ejercida por la dictadura. Tras las históricas protestas del 11 de julio de 2021 (11J), el Estado ha intensificado la criminalización de la disidencia, utilizando detenciones arbitrarias, juicios sumarios, hostigamiento a familiares y el exilio forzado para silenciar cualquier atisbo de crítica. El resultado ha sido un éxodo migratorio sin precedentes, con cientos de miles de cubanos huyendo de la isla hacia Estados Unidos y otros países de la región, incluido México, buscando refugio de un modelo político que las estatuas en la Ciudad de México pretendían ensalzar.
Las figuras de Fidel Castro y el Che Guevara, que el régimen de La Habana intenta mantener intactas a través de la propaganda y el culto a la personalidad, son para una gran parte de la población símbolos de la instauración de una dictadura que abolió las libertades democráticas, confiscó la propiedad privada, empobreció a la nación y dividió a las familias. El debate en México saca a relucir la profunda desconexión entre el relato romántico de la «revolución» y el fracaso sistémico que hoy asfixia al país caribeño.
Implicaciones diplomáticas y consecuencias a futuro
Hasta el momento, la Cancillería cubana (MINREX) se ha limitado a retuitear la publicación del embajador, manteniendo un silencio oficial que contrasta con el ruido generado por sus aliados en México. Este episodio diplomático evidencia la fragilidad de la narrativa oficialista cubana, que requiere de homenajes foráneos para sostener un mito que se desmorona en las calles de La Habana, Santiago de Cuba y otras provincias sumidas en la desesperanza y la miseria.
El desenlace de esta polémica definirá no solo el destino físico de las esculturas, sino que pone a prueba la coherencia del ejecutivo mexicano frente a las violaciones de derechos humanos en Cuba. La reubicación de las estatuas, como propuso la mandataria mexicana, significaría un respaldo simbólico a un régimen que niega la democracia a su pueblo, mientras que su retiro definitivo representa un acto de alineación con los valores de legalidad y libertad que millones de cubanos reclaman hoy frente a la represión estatal y el colapso de su nación.



