Domingo, 27 de septiembre de 2026
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Daniel Fernández: «Debo ser el único estibador encarcelado por escribir una novela»

Daniel Fernández: «Debo ser el único estibador encarcelado por escribir una novela»

El periodista, escritor y botánico cubano Daniel Fernández revela en una extensa entrevista en Miami detalles de su trayectoria vital y literaria, marcada por la persecución del régimen cubano tras la publicación de una novela que le costó la cárcel. Su testimonio ilustra décadas de censura y represión cultural en la isla, donde la palabra escrita ha sido sistemáticamente criminalizada por el poder.

Daniel Fernández es una de esas figuras whose trayectoria resume como pocas la relación tortuosa entre el intelectual cubano y el aparato represivo del Estado. Periodista de larga data, colaborador de El Nuevo Herald, escritor de varios libros y apasionado estudioso de la botánica —disciplina que cultiva con la misma rigurosidad con la que ejerce el periodismo—, Fernández ha pasado gran parte de su vida entre la redacción, el jardín y, inevitablemente, la cárcel. Su afirmación de que probablemente sea «el único estibador encarcelado por escribir una novela» no es una boutade literaria, sino la constatación de un sistema donde la creatividad artística ha sido históricamente tratada como un delito cuando se desvía de los parámetros ideológicos fijados por la dictadura.

El encuentro tuvo lugar en Miami, ciudad donde Fernández reside y donde cada verano recibe a amigos y colegas con la generosidad que le es característica: una bolsa de mangos de su patio, en el que cultiva tres variedades distintas. Pasear por su jardín en su compañía, como han podido constatar quienes le visitan, constituye una auténtica lección sobre flora tropical. En una ocasión mostró con orgullo una pitahaya que crecía entre sus plantas con frutos ya formados, evidencia de su paciencia de cultivador, la misma que aplica a la escritura y a la memoria.

Raíces campesinas y urbanas en la Cuba republicana

Los orígenes de Fernández son, como él mismo define, «cubanos por los cuatro lados». Su padre, Daniel Fernández Pérez, era hijo de Bernardo y Rosa Pérez, campesinos de la zona de Campo Florido, Madruga y Pipián, en los campos de la provincia de La Habana. El abuelo Bernardo, de ascendencia canaria, practicaba el espiritismo de salón y curaba con agua, imprimiendo volantes con oraciones que distribuía por las casas del barrio, una práctica que revela el sincretismo religioso característico del campo cubano. Publicó incluso un librito titulado El amigo del hogar, que Fernández aún conserva como relicario familiar.

Fiesta de coronación en el Colegio Almendares. Su prima Aurorita Fernández, su padre Daniel Fernández, su madre Felicia González, sus abuelas Rosalía Palma y Rosa Pérez, su tío Cándido Fernandez y la tía Aurora Thorme (Foto: Cortesía)

Fiesta de coronación en el Colegio Almendares. Su prima Aurorita Fernández, su padre Daniel Fernández, su madre Felicia González, sus abuelas Rosalía Palma y Rosa Pérez, su tío Cándido Fernandez y la tía Aurora Thorme (Foto: Cortesía)

Por línea materna, su madre, Felicia González Palma, era hija de Bernabé y Rosalía, también cubanos, oriundos de la zona del Guatao y Punta Bravo. Fue en casa de una tía abuela llamada Cuca —fallecida centenaria en Miami— donde Fernández tuvo su primer contacto con la botánica, gracias al esposo de ella, apodado Chichí, quien poseía un vivero y vendía matas. Esa temprana familiaridad con las plantas germinó en una vocación que décadas más tarde se consolidaría como una de sus pasiones intelectuales más persistentes. Su padre, entretanto, trabajaba como remachador en la fábrica de aluminio Bolinaga, en Regla, y fue venerable maestro masón de la Logia Libertad y Civismo, en el barrio La Ceiba, dato que sitúa a la familia en el tejido asociativo republicano que la dictadura posterior se encargaría de desmantelar.

Buenavista: un barrio cosmopolita que la revolución transformó

Fernández nació en La Habana, en el barrio de Buenavista, y su primer hogar estuvo en la calle Consulado, entonces numerada como 2508 y hoy rebautizada como calle 60. Su infancia transcurrió en un entorno de notable diversidad cultural y étnica, del que guarda una memoria vívida y detallada. Al lado de su casa estaba la quincalla El Gallo, propiedad de Isaac, un judío polaco; del otro lado, una fonda de chinos que con el tiempo se convirtió en guarapera. Detrás vivían unos mexicanos —Ismael y su esposa, luciendo trenzas yucatecas que le llegaban a las rodillas—, y en una tienda de víveres de la misma cuadra, La Bodeguita del Medio, propiedad de otra mexicana llamada Lupe, un limpiabotas vendía revistas policiacas y, subrepticiamente, publicaciones pornográficas que ocultaba en el cajón de su puesto.

Aquella Buenavista cosmopolita, donde sonaban simultáneamente la música cubana desde la victrola del bar de Everardo y los cuplés españoles del bar de Andrés, un peninsular, era un reflejo de la Cuba republicana: un país de inmigrantes, comerciantes, masones, espiritistas y pequeños empresarios cuya pluralidad sería progresivamente asfixiada tras 1959. La transformación de ese barrio —como la de tantos otros en La Habana— en un espacio uniformizado por el control estatal es uno de los many silenciosos que la narrativa oficial ha sepultado bajo la retórica revolucionaria.

Rey del Colegio Almendares, La Habana, curso 1955-56 (Foto: Cortesía)

Rey del Colegio Almendares, La Habana, curso 1955-56 (Foto: Cortesía)

La ilusión rota: de la alfabetización al desencanto

La familia de Fernández simpatizó inicialmente con el movimiento del 26 de Julio, aunque de manera superficial: compraban bonos y distribuían panfletos de la campaña conocida como «Las 3 C» —cero cine, cero cabarets, cero compras—, una forma de resistencia económica contra el gobierno de Fulgencio Batista. La mañana del 1 de enero de 1959, una vecina espiritista llamada María Hernández tocó la puerta temprano para anunciar que «se había ido el tirano». La abuela y la vecina se abrazaron llorando, escena que se replicó en miles de hogares cubanos aquel día. Sin embargo, el entusiasmo duró poco. Poco tiempo después, la misma vecina advirtió que el dueño polaco de la quincalla no había abierto su negocio: lo encontraron apaleado y casi moribundo en el patio de su casa. Se rumoró que fue un ajuste de cuentas por presuntos vínculos con la policía batistiana, episodio que anticipaba los métodos sumarios que se generalizarían en los meses y años siguientes.

A los 13 años, Fernández se incorporó a la campaña de alfabetización, movido por una combinación de entusiasmo genuino, educación cristiana recibida en colegios privados —el Almendares, donde fue coronado «rey» en una tómbola escolar por el entonces conde de Pozos Dulces, y luego la Academia Lasalle del Centro Cívico— y el deseo de escapar de un hogar con padres «nada fáciles». Su padre, en un acceso de cólera, le espetó que si quería irse a alfabetizar buscara él mismo el papel de autorización que debía firmar como padre de un menor. Fernández lo encontró, lo firmó y partió. Ese gesto de independencia temprana prefiguraba el carácter rebelde que décadas más tarde le costaría la libertad.

La novela que costó la cárcel

El dato más sobresaliente de la trayectoria de Fernández, y el que da título a esta reportaje, es su encarcelamiento por escribir una novela. Aunque el régimen cubano ha desarrollado a lo largo de seis décadas múltiples mecanismos para silenciar la disidencia intelectual —desde la censura previa hasta el exilio forzado, pasando por las UMAP, los actos de repudio y las condenas arbitrarias—, el caso de un estibador enviado a prisión por una obra de ficción constituye una anomalía incluso dentro del catálogo represivo de la dictadura. Fernández, que compaginaba su trabajo físico en los muelles con la escritura, vio cómo su novela cruzaba el umbral intolerable de la libertad creativa y era interpretada como una amenaza por el aparato de seguridad del Estado.

Daniel Fernández con 13 años alfabetizando al campesino Edelmiro, en La Canoa, Las Tunas, 1961 (Foto: Cortesía)

Daniel Fernández con 13 años alfabetizando al campesino Edelmiro, en La Canoa, Las Tunas, 1961 (Foto: Cortesía)

La represión contra la literatura no ha sido un episodio aislado en la historia de la Cuba revolucionaria, sino una política sistemática. Desde los años sesenta, con la clausura de revistas como Lunes de Revolución y la marginalización de escritores como Virgilio Piñera, José Lezama Lima y Reinaldo Arenas, el gobierno cubano ha ejercido un control férreo sobre la producción cultural. La figura del estibador-escritor encarcelado encarna la paradoja de un sistema que enalteció rhetorically al trabajador manual pero que castigó con dureza a aquel que, desde la base social supuestamente revolucionaria, se atrevía a ejercer el pensamiento crítico a través de la ficción.

Contexto: la represión cultural como pilar del control totalitario

El caso de Daniel Fernández debe inscribirse en el contexto más amplio de la política cultural de la dictadura cubana, que ha combinado la cooptación de intelectuales mediante privilegios institucionales —publicaciones, viajes, premios— con el castigo ejemplar de quienes transgreden los límites ideológicos. La Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), creada en 1961 bajo el principio de que «dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada», ha funcionado como un mecanismo de control que premia la lealtad y excluye la disidencia. Quienes han intentado publicar fuera de los canales oficiales, o cuyas obras han sido consideradas «contrarrevolucionarias», han enfrentado desde la confiscación de manuscritos hasta la cárcel.

La criminalización de la escritura no convencional forma parte del arsenal represivo de un régimen que entiende que el control de la narrativa —es decir, del relato que se construye sobre la realidad cubana— es esencial para su supervivencia. En este marco, un estibador que escribe una novela no es simplemente un trabajador con un pasatiempo literario, sino un sujeto potencialmente peligroso: alguien que desde una posición social supuestamente aliada del sistema produce un discurso que puede subvertirlo. Por eso la respuesta estatal no fue la censura silenciosa, sino la cárcel, instrumento último de una dictadura que reserva el encierro no solo para opositores políticos organizados, sino para cualquier individuo cuya palabra escrita considere amenazante.

El exilio y la memoria como resistencia

Tras abandonar Cuba, Fernández se estableció en Miami, donde ha continuado su labor periodística y literaria con la misma intensidad que caracterizó su trayectoria en la isla. Su colaboración con El Nuevo Herald, iniciada hace más de 25 años, y su participación en proyectos editoriales como la antología sobre el Centenario de la República Cubana publicada en 2002 por Ediciones Universal, lo han convertido en una voz referencia del exilio cultural cubano. Su jardín, con sus mangos de tres variedades y su pitahaya en fructificación, es a la vez un refugio botánico y un acto de preservación de la memoria: cada planta cultivada fuera de Cuba es también una forma de mantener viva la conexión con la isla que dejó atrás, sin renunciar a la lucidez crítica que le costó la libertad.

El testimonio de Fernández adquiere una relevancia particular en el contexto actual, cuando la diáspora cubana y los movimientos democráticos dentro de la isla continúan denunciando la persistencia de la represión cultural. Organizaciones como PEN Cuba y la Asociación de Artistas y Escritores Independientes han documentado decenas de casos de creadores perseguidos, censurados o encarcelados en los últimos años, desde el estallido del 11 de julio de 2021, que dejó a cientos de cubanos condenados a penas de prisión por ejercer derechos fundamentales. La comunidad internacional, si bien ha emitido condenas formales, ha mantenido una respuesta limitada frente a la sistemática violación de derechos culturales y políticos en Cuba.

Que un hombre pueda afirmar, con una mezcla de ironía y amargura, que es «el único estibador encarcelado por escribir una novela» resume como pocos testimonios la naturaleza de un sistema que ha convertido la creación literaria en un acto de riesgo vital. La historia de Daniel Fernández no es solo la de un individuo perseguido, sino la de un país que durante más de seis décadas ha criminalizado la imaginación, ha encarcelado la palabra y ha obligado a sus mejores voces a cultivar mangos en tierras ajenas para no olvidar las raíces que le fueron arrancadas.

Equipo Editorial Reporte Cuba Ya
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