La profunda crisis energética y la total desaparición de combustibles básicos para la cocción de alimentos han convertido la cotidianidad en Santa Clara, Villa Clara, en una batalla diaria por la subsistencia. Con cortes de electricidad que superan las 12 horas continuas en gran parte de la provincia, las familias se ven obligadas a recurrir a métodos peligrosos y precarios para poder comer una vez al día, mientras las autoridades de la isla mantienen un discurso desconectado de la realidad que sufre la ciudadanía en sus hogares.
En las inmediaciones de la Estación de Ferrocarril de Santa Clara, la escena se repite con una desoladora frecuencia. Al caer la tarde, grupos de niños y adolescentes merodean entre las locomotoras y vagones estacionados, rebuscando en los rieles trozos de madera que han absorbido las pequeñas fugas de diésel de los viejos motores. El objetivo es llevar a sus hogares un material combustible que les permita encender el fuego y, quizás, poder ingerir el único bocado caliente del día. La falta de control y la desidia institucional permiten que la infancia exponga su salud en medio del desespero colectivo.
La desaparición total del queroseno y el alcohol del mercado estatal ha empujado a la población a una inventiva forzada y altamente tóxica. En los barrios de Santa Clara, muchas familias han intentado encender el carbón utilizando bolsas de nailon, pedazos de poliespuma, cartones de huevo o corchos humedecidos en aceite comestible. Esta última alternativa colapsó cuando el precio del litro de aceite superó los 1.500 pesos en el mercado informal, una cifra inalcanzable para el salario medio de un trabajador cubano. La situación se agrava en el horario vespertino, momento en el que la mayoría de los circuitos de la cabecera provincial y de las zonas rurales permanecen completamente a oscuras.
El colapso de la red eléctrica y la ruina de la economía familiar
Los apagones en Villa Clara han superado todas las expectativas de deterioro, alcanzando en algunos circuitos hasta 20 horas diarias sin servicio. La Unión Eléctrica (UNE) provincial, a través de sus canales oficiales, ha pronosticado afectaciones continuas para los próximos días en todos los circuitos catalogados como «apagables». En la práctica, esto significa que la mayoría de los hogares solo pueden cocinar una vez al día, generalmente entre las 3:00 y las 4:00 de la madrugada, aprovechando los escasos minutos en que el gobierno cubano restablece la corriente. La inestabilidad del voltaje durante estos breves lapsos provoca además el disparo constante de los disyuntores automáticos, conocidos popularmente como «caballitos», dejando a cuadras enteras a la espera de reparaciones técnicas que tardan días en concretarse.

El caso de Octavio Mendoza, residente en el reparto Virginia —uno de los circuitos más castigados de la ciudad—, ilustra el estrangulamiento económico de la clase trabajadora. Antiguamente botero, Octavio tuvo que devolver el automóvil que alquilaba debido a los precios exorbitantes de la gasolina, quedando sin ingresos. Hoy, su dilema diario es decidir si compra un saco de carbón, cuyo costo ha escalado a 2.500 pesos debido a la falta de transporte para su distribución, o si adquiere comida para sus dos hijos menores. La cena en su casa suele limitarse a pan con mortadela y un refresco artificial preparado con agua del grifo. «Hay mucha gente pasando un hambre tremenda, no solo porque lo que ganan no les alcanza para comprar comida, es que tampoco tienen ni cómo cocinarla», relata con resignación.
La imposibilidad de mantener la cadena de frío es otra de las consecuencias devastadoras de los apagones prolongados. Marisol Herrera, una mujer mayor de 60 años que reside en el circuito 27, otra zona crítica, perdió los pocos alimentos que conservaba en su refrigerador tras un corte de 12 horas seguido de una avería en el «caballito». Su nevera, de la marca Haier, fue adquirida a mediados de los 2000 durante la campaña estatal para reemplazar los antiguos equipos rusos, irónicamente bautizados por la población como «Lloviznados» por su tendencia a descongelarse rápidamente. «Lo poco que tenía se me echó a perder porque tampoco tuve con qué cocinarlo. A veces uno no se siente ni como un ser humano. Ni en el Período Especial salí de mi casa sin tomarme una taza de café», asegura Marisol.
Salud y seguridad comprometidas en la oscuridad
El deterioro de la infraestructura básica ha traído consigo un aumento exponencial de la inseguridad ciudadana. En las tardes, los residentes permanecen en las puertas de sus casas buscando alivio al calor, pero al anochecer se ven obligados a encerrarse tras rejas y candados debido al incremento de robos y asaltos, amparados en la oscuridad y la impunidad. Cuando la corriente se corta, el silencio de la ciudad es interrumpido únicamente por las quejas colectivas; cuando regresa, ya nadie celebra, pues saben que es un respiro efímero en medio del colapso sistémico.

Para quienes habitan en cuarterías o pasillos, la situación adquiere tintes de emergencia sanitaria. Hany, una madre divorciada que vive en un cuarto múltiple del reparto Vigía, debe lidiar con las crisis de asma de uno de sus hijos cada vez que se ve obligada a encender carbón dentro de la pequeña cocina. Además, la falta de electricidad impide el funcionamiento de la turbina para elevar el agua del acueducto al tanque, sumando la sed a la desnutrición y el calor. «Sientes que tu casa es una cueva, sin agua para bañarte, con la comida pudriéndose, los niños llorando del calor y tú sin poder explicarles el porqué», describe esta mujer, cuyo relato sintetiza el agotamiento psicológico de una nación. «Esto que llevamos no se puede llamar vida», concluye.
Contexto: El fracaso estructural del modelo estatal
La dramática situación en Santa Clara no es un evento aislado, sino la manifestación más cruda del colapso estructural que sufre la isla. La incapacidad del régimen de La Habana para mantener el Sistema Electroenergético Nacional (SEN) responde a décadas de falta de inversión, mantenimiento deficiente de las termoeléctricas y una dependencia absoluta de combustibles importados que el ejecutivo cubano no logra financiar debido a la parálisis de sus industrias exportadoras y a la acumulación de deudas con sus aliados. La inflación galopante, que ha depreciado el salario real a niveles de miseria extrema, hace que productos básicos como el aceite o el carbón se conviertan en artículos de lujo inalcanzables.
Este escenario de desabastecimiento y penurias se produce en un país donde el Estado ejerce un monopolio absoluto sobre la importación, distribución y comercialización de combustibles y alimentos. La dictadura cubana ha implementado un modelo de control que, ante su propio fracaso económico, traslada el costo de la supervivencia a la población civil, obligándola a depender de remesas del exterior o de la inventiva más precaria. La falta de libertades económicas impide el surgimiento de pequeñas y medianas empresas que puedan importar combustibles de manera independiente, ahogando cualquier intento de solución desde la base social.

Los antecedentes de esta crisis se remontan a la propia creación del sistema energético nacional centralizado, que priorizó el control político sobre la eficiencia técnica. La distribución de neveras chinas y venezolanas en la primera década del siglo XXI, como la que posee Marisol, fue una medida paliativa que no resolvió la obsolescencia del SEN. Hoy, aquellos equipos son testigos mudos de la inoperancia gubernamental, incapaces de preservar alimentos en un país donde la producción agrícola nacional también ha colapsado por la falta de insumos y la ineficacia del modelo cooperativo impuesto por el gobierno.
Consecuencias y panorama a futuro
La continuidad de estos apagones prolongados y la ausencia de combustibles domésticos amenazan con desatar una crisis humanitaria de proporciones inéditas en el interior de la isla. La desnutrición infantil, el deterioro de la salud mental de la población y el aumento de enfermedades respiratorias y gastrointestinales por el consumo de alimentos en mal estado o cocinados con materiales tóxicos son consecuencias directas que el sistema de salud, también en franco colapso, no estará en capacidad de atender.
Ante la inacción de las autoridades y la represión contra cualquier forma de protesta social, la respuesta de la ciudadanía se ha traducido en un éxodo migratorio masivo que vacía las ciudades y agrava la crisis productiva. Mientras la comunidad internacional observa con cautela la deriva del país, los cubanos que permanecen en la isla continúan atrapados en una rutina de supervivencia que erosiona su dignidad humana. La falta de perspectivas de cambio y el endurecimiento del control estatal auguran que la crisis de los servicios básicos en Cuba se profundizará en los próximos meses, a menos que ocurra una transformación radical en la gestión de los recursos y en la apertura del sistema político y económico.



