Domingo, 27 de septiembre de 2026
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El ocaso de Dos Hermanos y Cervantes: cómo la política estatal arrasó el esplendor hotelero de Surgidero de Batabanó

El ocaso de Dos Hermanos y Cervantes: cómo la política estatal arrasó el esplendor hotelero de Surgidero de Batabanó

En el pequeño pueblo pesquero de Surgidero de Batabanó, en el sur de La Habana, los lujosos hoteles Dos Hermanos y Cervantes fueron reducidos a escombros tras décadas de abandono institucional. La intervención estatal de la década de 1960 marcó el inicio del fin para estas joyas arquitectónicas, hoy convertidas en solares baldíos, mientras el régimen de La Habana prioriza la construcción de resorts vacíos en polos turísticos aislados de la realidad nacional.

Surgidero de Batabanó, una localidad de apenas 5.000 habitantes conocida por su arraigada tradición pesquera y agrícola, guarda en su memoria colectiva un pasado de esplendor turístico que resulta difícil de creer para las nuevas generaciones. A finales del siglo XIX y principios del XX, este apartado rincón del sur habanero se convirtió en un punto de tránsito obligado para el turismo extranjero que se dirigía hacia la Isla de Pinos —hoy Isla de la Juventud— en busca de los afamados baños termales de La Fe. Durante esa época dorada, Surgidero albergó dos grandes y confortables establecimientos hoteleros que marcaban la pauta en calidad de servicio y arquitectura en la región.

El primero de ellos, el Hotel Dos Hermanos, fue erigido en 1889 por los españoles José María y Joaquín Valdés. La edificación se convirtió en una joya de la ebanistería nacional al ser construida íntegramente con medio centenar de las maderas preciosas cubanas más valiosas, trabajadas por hábiles carpinteros locales. Su estilo peculiar, que recordaba a las construcciones de las películas del oeste norteamericano, capturó la atención de viajeros y personalidades. Hacia 1910, bajo la propiedad de Cinesio y Ciro Moas, el inmueble fue ampliado de dos a cuatro plantas, coronadas por un exclusivo roof garden. Además de hospedar a figuras de la talla de José Martí, Errol Flynn, los presidentes Gerardo Machado, Ramón Grau San Martín y Carlos Prío Socarrás, así como íconos de la música como Benny Moré, Rita Montaner y el Trío Matamoros, el hotel se hizo célebre por su gastronomía, destacando una paella marinera que, según la tradición popular, era la mejor de toda Cuba.

Por su parte, el Hotel Cervantes, inaugurado en 1915, superaba en dimensiones a su vecino. Construido con mampostería, contaba con cuatro pisos, amplias terrazas, balcones a la calle y un elevador, una innovación tecnológica notable para la época y el lugar. En su planta baja operaba un restaurante con capacidad para 40 mesas, un bar, una cantina y un lobby. Las dos plantas superiores albergaban 66 habitaciones, 24 de ellas matrimoniales. El detalle más distintivo del Cervantes era el mosaico de su barra, decorado con un retrato de Miguel de Cervantes Saavedra y escenas de Don Quijote de la Mancha, un homenaje de sus dueños españoles a su ilustre coterráneo. Con su propia orquesta, el hotel recibió a Ernest Hemingway, quien solía solicitar siempre la habitación número 32, además de grandes figuras como la Orquesta Aragón, Roberto Faz y Barbarito Diez.

El declive de ambas joyas arquitectónicas y culturales comenzó con la intervención estatal a inicios de la década de 1960. La caída del flujo turístico internacional, sumada a la falta de mantenimiento por parte de las nuevas autoridades, propició un deterioro acelerado. El Hotel Cervantes fue el primero en sucumbir ante la ineficiencia. Tras ser convertido en una casa de vecindad, comenzó un proceso de saqueo sistemático de rejas, puertas, ventanas y sistemas hidráulicos. Al estar edificado sobre una zona cenagosa, la ausencia de obras de cimentación y cuidado provocó que el terreno cediera, inclinando el edificio casi un metro. Finalmente, en 1989, fue demolido por peligro de derrumbe, perdiéndose para siempre el magnífico mosaico cervantino.

El Hotel Dos Hermanos corrió una suerte similar tras el cambio de régimen. Cerró sus puertas en múltiples ocasiones y, aunque recibió una reparación en 1980 que lo hizo habitable por última vez, en 1989 volvió a clausurarse de forma definitiva. En 2006, el último hotel de madera que quedaba en pie en Cuba fue demolido, borrando del mapa un testimonio invaluable de la arquitectura caribeña del siglo XIX. Hoy, los terrenos que ocuparon estos esplendorosos establecimientos no son más que terrenos baldíos, reflejo del abandono al que han sido condenadas las comunidades fuera de los circuitos turísticos estatales.

Contexto Sistémico: La ruina patrimonial y el fracaso del modelo económico

La desaparición de los hoteles Dos Hermanos y Cervantes no es un hecho aislado, sino un síntoma evidente del colapso estructural que padece la isla. Desde que el gobierno cubano centralizó la economía y eliminó la propiedad privada en la década de 1960, la gestión del patrimonio histórico y hotelero ha sido un fracaso rotundo. La falta de incentivos, la burocracia asfixiante y la inexistencia de un mercado libre provocaron que inmuebles de incalculable valor cultural fueran abandonados a su suerte. Mientras tanto, la infraestructura nacional se desmorona, afectada por una inflación galopante, el desabastecimiento crónico de materiales de construcción y la incapacidad del Estado para mantener en pie el patrimonio de la nación.

El contraste es escandaloso y subraya la desconexión del ejecutivo cubano con la realidad de su pueblo. En la actualidad, el régimen de La Habana continúa destinando cuantiosos recursos, gran parte mediante créditos de naciones aliadas, a la construcción de nuevos hoteles en cayerías y polos turísticos aislados. Estas instalaciones, gestionadas por empresas militares como Gaviota, permanecen vacías casi todo el tiempo debido a la caída del turismo y a las deficientes condiciones de los servicios básicos en el país, como el suministro de agua, electricidad y alimentación. Se prioriza la edificación de estructuras sin demanda sobre la salvaguarda de la historia local y el bienestar de los habitantes de municipios como Surgidero de Batabanó.

La confiscación arbitraria de propiedades privadas por parte de la dictadura cubana destruyó no solo la economía local, sino también el tejido social y cultural que sostenía estos espacios. Al eliminar el control democrático sobre la gestión comunitaria y someter todas las decisiones a la planificación central, se arruinó la capacidad de respuesta ante el deterioro urbano. La historia de estos dos hoteles ilustra cómo la ausencia de libertades económicas y la represión a la iniciativa privada conducen inevitablemente a la pauperización material y cultural de la sociedad.

Antecedentes de una decadencia anunciada

Para comprender la magnitud de la pérdida, es necesario recordar que antes de la intervención estatal, Cuba poseía una red de hoteles y posadas privadas diseminadas por todo el archipiélago, capaces de sostener economías locales dinámicas. Surgidero de Batabanó era un ejemplo perfecto de esto. La ruta hacia la Isla de Pinos mantenía activa la hostelería, la gastronomía y el transporte en la zona. Las nacionalizaciones masivas de 1960 no solo expropiaron los hoteles, sino que cortaron de raíz el flujo turístico natural y diversificado que recibía la isla, sustituyéndolo por un modelo monolítico, controlado por el Estado y ajeno a las comunidades anfitrionas.

Las consecuencias de estas políticas se extienden hasta el presente. La juventud de Surgidero de Batabanó, ante la falta de oportunidades laborales y el abandono de su entorno, se ve empujada al éxodo migratorio, fenómeno que azota a toda la isla. Los pobladores que permanecen son testigos pasivos de cómo su historia se desmorona literalmente. El saqueo de materiales que sufrió el Cervantes es una práctica que se ha replicado en todo el país, donde la población, sumida en la pobreza y el desabastecimiento, recurre al despojo de edificios en ruinas para obtener materiales para sus propias viviendas o para revender en el mercado negro.

En definitiva, los solares baldíos donde alguna vez se sirvió la mejor paella marinera de Cuba y donde Hemingway y Benny Moré disfrutaron de la hospitalidad local, son monumentos invisibles al fracaso del modelo impuesto. La destrucción de Dos Hermanos y Cervantes representa la traición a la memoria histórica y la incapacidad crónica del sistema para preservar la riqueza de la nación. Mientras la comunidad internacional observa con cautela la crisis cubana, los escombros de estos hoteles permanecen como prueba irrefutable de que el verdadero desarrollo de la isla requiere un cambio profundo en sus estructuras de poder, la restitución de la propiedad privada y el fin de las políticas que han llevado al país a la ruina material y espiritual.

Equipo Editorial Reporte Cuba Ya
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