El sistema eléctrico nacional de Cuba atraviesa una de sus peores crisis históricas, con apagones que superan los 1.600 megawatts (MW) de déficit durante las horas pico, una cifra que el propio régimen de La Habana se ha visto obligado a reconocer. Lejos de presentar soluciones inmediatas, las autoridades de la isla admiten que su «estrategia» para mitigar la crisis implicará, paradójicamente, más cortes de electricidad para la población, sumiendo a millones de cubanos en una incertidumbre que se profundiza con el aumento de las temperaturas y la ausencia total de expectativas de mejora a corto plazo.
El periódico Granma, órgano oficial del Partido Comunista, publicó recientemente un artículo que confirma la gravedad de la situación energética. En el texto, el viceministro primero de Energía y Minas, Argelio Jesús Abad Vigoa, detalló que la afectación supera ampliamente los 1.600 MW en los horarios de mayor demanda. Este reconocimiento institucional contrasta con el discurso triunfalista que históricamente ha mantenido el gobierno cubano, y evidencia el agotamiento de un modelo de gestión que ha llevado al sector a un punto de no retorno.
La supuesta estrategia gubernamental para hacer frente al déficit contempla la salida de varias unidades termoeléctricas para someterlas a mantenimiento, así como la persistente escasez de combustible para la generación distribuida. Ambos factores, según admitió el propio directivo, resultarán en un incremento de los apagones. La población no solo enfrenta cortes prolongados que superan las 12 horas diarias en muchas provincias, sino que sufre una distribución desigual y opaca de las afectaciones, lo que ha generado un profundo sentimiento de abandono y desprotección en territorios que se sienten marginados frente a la capital.
Infraestructura obsoleta y promesas de reparación inviables
El deterioro de la infraestructura energética es uno de los principales factores del colapso. Gran parte del parque generador cubano opera con equipos que superan los 50 años de uso continuo. Un ejemplo emblemático es la Central Termoeléctrica (CTE) Carlos Manuel de Céspedes, en Cienfuegos, donde los tubos de las calderas colapsan sistemáticamente debido a la fatiga del material y la falta de piezas de repuesto adecuadas. El envejecimiento de estas instalaciones convierte cualquier intento de estabilización en una carrera contra el tiempo que el ejecutivo cubano está perdiendo.

Cubanet Suscripción
Para compensar la pérdida de capacidad, el régimen de La Habana planea recuperar parcialmente bloques clave como Felton 2, Mariel 7, Nuevitas 4 y Renté 4, lo que añadiría aproximadamente 550 MW al sistema. Sin embargo, estas reparaciones enfrentan obstáculos insalvables a corto plazo: requieren materiales, tiempo y financiamiento que el país no tiene garantizados. El propio plan de recuperación del bloque Felton 2, por ejemplo, exige una inversión mínima de 70 millones de dólares y un plazo de ejecución no menor a dos años y medio, un horizonte temporal que resulta desesperanzador para una ciudadanía que necesita soluciones urgentes.
Como alternativa, las autoridades de la isla han prometido la incorporación de 1.115 MW mediante parques solares fotovoltaicos para enero de 2026. No obstante, expertos y los propios funcionarios admiten que esta energía es intermitente y no sustituye la generación térmica base. En situaciones críticas, como una caída total del Sistema Electroenergético Nacional (SEN), los parques solares deben ser desconectados automáticamente porque su inestabilidad agrava los problemas de la red. Esta promesa, carente de una estrategia de almacenamiento y respaldo, parece responder más a la propaganda oficial que a una solución técnica viable.
Sobrecarga de la demanda y fuga de generadores alquilados
El déficit de generación se agrava con un aumento sostenido de la demanda. Entre 2018 y 2024, Cuba importó más de 17 millones de electrodomésticos y vehículos eléctricos, impulsados por la necesidad de la población de mitigar otras crisis, como la del transporte y el gas. Este incremento en el consumo se ha producido sin un reforzamiento paralelo de las redes eléctricas, provocando el colapso progresivo de los transformadores. Solo en La Habana, durante la semana pasada, colapsaron diez transformadores en un solo día, según datos del propio Ministerio de Energía y Minas (Minem).
La crisis financiera del Estado cubano también amenaza la generación de energía flotante. Las conocidas «patanas», barcazas alquiladas a empresas extranjeras que aportan unos 400 MW al sistema, podrían abandonar la isla ante la incapacidad del gobierno cubano de cumplir con sus compromisos de pago. La salida de estas plataformas sería un golpe demoledor para una red eléctrica que ya se sostiene por hilos. A esto se suma la falta de fondos para asegurar un buque de gas licuado de petróleo (GLP), lo que obliga a miles de familias a cocinar con electricidad, aumentando la demanda en los momentos de mayor estrés del sistema.
Contexto: El fracaso estructural del modelo cubano
El colapso eléctrico no es un fenómeno aislado, sino el síntoma más visible de la crisis estructural que atraviesa Cuba. La falta de mantenimiento preventivo durante décadas, la dependencia de aliados geopolíticos para el suministro de combustible y la negativa del régimen a abrir espacios para la inversión privada en sectores estratégicos han provocado el deterioro sistemático de la economía nacional. La inflación galopante, la devaluación del peso cubano y el desabastecimiento crónico de productos básicos se entrelazan con los apagones, creando un escenario de supervivencia diaria para la mayoría de la población.
Históricamente, el sistema eléctrico cubano fue diseñado bajo un esquema de centralización absoluta que privilegiaba el control estatal sobre la eficiencia técnica. Tras la caída de la Unión Soviética, el país sufrió un apagón masivo en los años 90, tras el cual se incorporaron generadores diésel y las mencionadas «patanas» como soluciones paliativas. Sin embargo, la falta de visión a largo plazo y la corrupción institucionalizada impidieron una modernización real del SEN. Hoy, las consecuencias de esa negligencia se traducen en un sistema incapaz de satisfacer las necesidades mínimas de una población que ha visto empeorar su calidad de vida de manera exponencial desde 2019.
El impacto social de los apagones es devastador. La interrupción del suministro eléctrico afecta el almacenamiento de alimentos, el funcionamiento de los sistemas de salud y el acceso al agua potable, dependiente en gran medida de bombas eléctricas. Esta situación ha sido uno de los catalizadores del éxodo migratorio masivo que ha visto partir a cientos de miles de cubanos en los últimos años. Ante el descontento social, la dictadura cubana ha optado por la represión y la censura en lugar de escuchar las demandas ciudadanas, criminalizando las protestas espontáneas que surgen en los barrios oscurecidos por los cortes de luz.
Consecuencias y un horizonte sin luz
Mientras se anuncian proyectos como la construcción de nuevas fábricas de transformadores en Villa Clara, los propios funcionarios reconocen que la producción nacional será insuficiente para reponer el deteriorado parque actual. La gestión de créditos internacionales y recursos metálicos avanza a paso de tortuga, sin garantías de ejecución real. La desconexión entre los anuncios oficiales y la realidad tangible en las calles es cada vez más evidente, erosionando aún más la ya escasa credibilidad de las instituciones estatales.
El panorama a futuro es desalentador. Sin una apertura democrática que permita la transparencia en la gestión de recursos, la rendición de cuentas y la participación de actores privados e internacionales en la reconstrucción de la infraestructura, el sistema eléctrico cubano continuará su espiral descendente. La comunidad internacional observa con preocupación cómo un país a 90 millas de Estados Unidos se sume en la oscuridad por decisión de sus propias autoridades. Mientras tanto, la ciudadanía cubana sigue pagando el precio más alto de la ineficiencia estatal, atrapada entre el calor sofocante, la promesa vacía de un sistema solar lejano y la crudeza de un presente sin electricidad ni esperanza.



