Ante la aguda escasez de gasolina que asfixia a la isla, cientos de cubanos en provincias como Matanzas y Villa Clara han comenzado a producir combustible de manera artesanal mediante la pirólisis de plásticos, una práctica altamente peligrosa que evidencia la profundidad de la crisis económica y la incapacidad del gobierno cubano para garantizar servicios básicos.
La profunda crisis de abastecimiento ha detonado un fenómeno inédito en las calles del país. Recientemente, un video viralizado en redes sociales mostró una refinería rústica en Matanzas, bautizada irónicamente como \»Ñico López\» por su creador, un hombre identificado como José. El montaje, un complejo entramado de tuberías y depósitos sellados calentados con leña, replica a escala doméstica el proceso de destilación para extraer aceites combustibles de desechos plásticos. En plataformas como Facebook, grupos dedicados a enseñar esta técnica proliferan con una actividad casi diaria, donde ciudadanos de diversas provincias comparten planos para construir reactores caseros utilizando desde tuberías industriales hasta ollas de presión adaptadas.
A nivel internacional, la pirólisis es una técnica reconocida dentro de la economía circular para gestionar residuos, pero requiere condiciones técnicas reguladas para evitar emisiones tóxicas. Sin embargo, en Cuba, la producción y comercialización de combustibles está monopolizada por el Estado. El régimen de La Habana solo permite estos procesos en proyectos certificados, como el denominado \»Pyralis\» en Holguín, que según medios oficiales procesa plástico a cambio de \»recursos para el embellecimiento de fachadas\» en los barrios recolectores. La realidad para el ciudadano común es diametralmente distinta: la falta de opciones y el desabastecimiento crónico empujan a la población a improvisar soluciones que el ejecutivo cubano es estructuralmente incapaz de proveer.
Riesgos letales en la búsqueda de supervivencia
La bibliografía especializada advierte que la pirólisis mal ejecutada libera compuestos orgánicos volátiles altamente cancerígenos y tóxicos. Además, la acumulación de gases inflamables en depósitos improvisados representa un riesgo inminente de explosiones súbitas capaces de destruir viviendas y causar quemaduras graves a los operadores. Aun con estos peligros latentes, la urgencia cotidiana pesa más que las posibles consecuencias. \»El botero que no haga su gasolina está embarcado\», asegura Duvier, un joven del reparto Caracatey en Santa Clara que ha construido su propio sistema de destilación. Su testimonio refleja la desesperación de quienes deben recolectar grandes cantidades de plástico para obtener un mínimo equivalente a un pomo de mayonesa de combustible, todo para poder trabajar y sostener a sus familias.
Esta proliferación de refinerías clandestinas no es más que un síntoma del colapso sistémico que sufre la nación. Mientras las autoridades de la isla mantienen un control férreo sobre la economía y fracasan reiteradamente en la importación y distribución de combustibles, la ciudadanía se ve obligada a arriesgar su vida e integridad física en prácticas de mera supervivencia. El fenómeno de la gasolina de plástico subraya el abandono estatal y augura una escalada en la inseguridad y los accidentes domésticos, en un contexto donde la represión y la falta de libertades impiden cualquier demanda efectiva de soluciones estructurales frente a la dictadura cubana.