La dictadura cubana ha dejado un saldo de al menos 24 personas fallecidas bajo custodia estatal durante el primer semestre de 2025, según un informe revelado por la organización de derechos humanos Iniciativa para la Investigación y la Incidencia. El documento, que evidencia un patrón sistemático de violencia y negligencia en las cárceles de la isla, detalla que ocho de estos decesos fueron consecuencia directa de la negación deliberada de asistencia médica por parte de las autoridades penitenciarias. Estos hallazgos consolidan una vez más la responsabilidad del Estado en la vulneración grave de los derechos fundamentales de los reclusos.
La organización, con sede en Ciudad de México y anteriormente conocida como Justicia 11J, ha logrado documentar un panorama desolador dentro de las prisiones cubanas. Además de las muertes, el reporte registra 160 situaciones que constituyen tortura o tratos crueles, inhumanos y degradantes, ocurridas en al menos 43 centros penitenciarios a lo largo del territorio nacional. Estas cifras no representan meras anomalías administrativas, sino la expresión de una política carcelaria diseñada para aniquilar la dignidad y la salud física y mental de los recluidos.
Patrón de tortura y negligencia médica institucionalizada
Al desglosar los métodos represivos, la Iniciativa para la Investigación y la Incidencia señala que las prácticas más comunes incluyen 45 casos de golpizas o tortura física, 104 episodios de negación de atención médica y 11 reportes de tortura psicoemocional. La denegación de servicios de salud emerge como el principal instrumento de tortura pasiva, una táctica que permite al régimen de La Habana infligir daño extremo sin dejar rastros visibles inmediatos, aunque con consecuencias fatales comprobadas en el caso de las ocho personas que perdieron la vida por esta causa.
Entre los centros penitenciarios con mayor número de denuncias destacan el Combinado del Este, en La Habana; la prisión de Boniato, en Santiago de Cuba; y Kilo 8, en Camagüey. Estas instalaciones son históricamente conocidas por el hacinamiento extremo, la falta de condiciones sanitarias mínimas y el rigor punitivo ejercido por el personal de orden interior. La acumulación de denuncias en estos sitios confirma que la brutalidad no es obra de funcionarios aislados, sino una práctica institucionalizada y tolerada por la cúpula de poder militar y política del país.

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Represión política tras las rejas
Un aspecto particularmente alarmante del informe es la identificación de que al menos 56 de las personas afectadas por estas violaciones son presos políticos. Esta cifra refuerza la tesis de que la dictadura cubana utiliza el sistema penal no solo para castigar delitos comunes, sino como un mecanismo de persecución y exterminio lento contra quienes se atreven a disentir. La represión tras las rejas es la continuación de la criminalización de la protesta social que se intensificó de manera violenta tras las manifestaciones del 11 de julio de 2021, de las cuales aún permanecen encarcelados cientos de ciudadanos por ejercer su derecho a la libre expresión.
Camila Rodríguez, directora ejecutiva de la Iniciativa, enfatizó la gravedad de la situación al declarar que «las cifras que hemos documentado son alarmantes. Detrás de cada número hay vidas truncadas y familias devastadas». La activista también exigió que las autoridades cubanas cesen de inmediato estas prácticas inhumanas y garanticen justicia y reparación para las víctimas. Asimismo, alertó sobre la falta total de mecanismos independientes de supervisión y el control absoluto que ejerce el Estado sobre el sistema carcelario, lo que garantiza un manto de impunidad para los verdugos y un estado de indefensión total para los reclusos y sus familiares.
Antecedentes y persistencia de la violencia institucional
Al comparar estos datos con el mismo período del año anterior, la organización señala que en el primer semestre de 2024 se registraron 26 muertes bajo custodia y 1.876 actos represivos. Aunque el total de actos represivos documentados en este informe de 2025 parezca menor en esta medición semestral, la persistencia en los niveles de violencia institucional es innegable. Las muertes se mantienen en un promedio de casi una por semana, demostrando que las políticas de malos tratos y negligencia médica son una constante inalterable en la gestión penitenciaria del gobierno cubano, sin que exista voluntad alguna para rectificar o humanizar el sistema.
Contexto: El colapso penitenciario y la crisis estructural
El horror penitenciario no puede desvincularse de la profunda crisis estructural que atraviesa la isla. El colapso del sistema de salud pública en Cuba afecta de manera dramática a la población general, pero se convierte en una sentencia de muerte dentro de las prisiones. La escasez crónica de medicamentos, la falta de personal médico y el deterioro de las infraestructuras hospitalarias son agravados en los centros de reclusión por una política de exclusión que prioriza el castigo sobre la preservación de la vida. En este contexto, la negación de atención médica no es solo una decisión cruel, sino el resultado lógico de un sistema que ha desmantelado sus servicios sociales básicos.
Además, el hacinamiento carcelario se ha visto acentuado por el endurecimiento de códigos penales y la criminalización de conductas sociales derivadas de la propia crisis económica, como el mercado negro o el robo de alimentos motivado por la miseria. Mientras el régimen de La Habana insiste en culpar al embargo estadounidense de los males del país, la realidad demuestra que la represión y la falta de libertades son las herramientas principales que utiliza el ejecutivo cubano para mantener el control social frente al descontento generalizado, la hiperinflación y el desabastecimiento permanente.
Exigencia de rendición de cuentas y mirada al futuro
Ante este escenario, la Iniciativa para la Investigación y la Incidencia ha solicitado a la comunidad internacional que asuma una postura más firme y coherente. La organización exige al gobierno cubano la apertura inmediata de las prisiones a observadores independientes, así como la realización de investigaciones imparciales sobre las muertes y actos de tortura documentados. La diplomacia internacional, incluidos los países de la región y la Unión Europea, enfrenta el desafío de no limitarse a declaraciones de preocupación, sino de condicionar sus relaciones y cooperaciones con la isla al respeto irrestricto de los derechos humanos y a la liberación de los presos conscientes.
Las consecuencias de este nivel de brutalidad estatal se proyectan a futuro con un costo social incalculable. Las familias devastadas por la pérdida de seres queridos en circunstancias oscuras y el trauma colectivo generado por la impunidad alimentan el imparable éxodo migratorio que azota a Cuba. La falta de justicia dentro de las cárceles es un reflejo de la ausencia de justicia en el país entero. Mientras las autoridades de la isla mantengan intacto su aparato represivo y sigan negando las libertades fundamentales, la normalización democrática seguirá siendo una quimera y la vida humana continuará siendo el precio más alto de la intolerancia del poder.



