Lunes, 28 de septiembre de 2026
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Incluso sus propios propagandistas colapsan: periodista oficialista desenmascara el «bloqueo interno» de la dictadura cubana

Incluso sus propios propagandistas colapsan: periodista oficialista desenmascara el «bloqueo interno» de la dictadura cubana

En un síntoma inequívoco de la podredumbre total que impera en la isla, una periodista vinculada a la maquinaria propagandística del régimen ha salido a denunciar lo que durante décadas se ha silenciado desde las trincheras del oficialismo: el «bloqueo interno». Las recientes 176 reformas económicas anunciadas por el gobierno cubano no son más que un parche desesperado sobre un sistema en ruinas, y la propia prensa afín comienza a romper el cerco de censura para describir el desastre que han provocado seis décadas de ineptitud socialista, centralización y control férreo.

Elsa Ramos, una comunicadora que ha sido galardonada en varias ocasiones con el premio nacional Juan Gualberto Gómez por el propio aparato estatal, ha publicado una columna en el diario espirituano Escambray que bien podría leerse como un acta de defunción del modelo. La urgencia de cambiar para levantar un país es el cuadro que pinta el oficialismo, pero la crudeza de sus palabras revela el desastre total en que se ha convertido la gestión de la dictadura en todos los sectores de la vida nacional, desde la economía hasta la canasta básica.

Ramos expresa la necesidad de analizar las medidas, aunque admite que «en este escenario de apagones y desconexiones la mayoría no puede informarse bien». El panorama general es descrito con una crudeza inusual para los medios alineados con la isla. La columnista menciona la «inflación galopante, los desabastecimientos crónicos, sin combustible, sin transporte, sin financiamiento, sin acceso a mercados externos entre deudas acumuladas y un bloqueo más concreto y atroz que nunca». Es la radiografía perfecta del fracaso del gobierno cubano, que ahora busca culpar a factores externos mientras asfixia a su propia población con políticas ineficaces.

La gran duda que plantea la articulista es cómo todos esos cambios pueden realizarse manteniendo el modelo socialista, ya que los anuncios suponen «transformaciones inéditas, muchas de las cuales se asemejan a las del modelo capitalista». La periodista se pregunta por qué motivo se ha esperado tanto tiempo para implementar estas reformas si tan necesarias eran para «mitigar el bloqueo interno» que tanto «daño» ha hecho. «Un país no puede vivir a expensas de que el combustible llegue de barco en barco; tampoco de donaciones solidarias que se agradecen, pero no resuelven el día a día ni desarrollan», sentencia, poniendo el dedo en la llaga de la dependencia y la falta de soberanía alimentaria y energética que padece Cuba bajo la dictadura.

Aun consciente de que las violaciones a la normativa anterior eran constantes, Ramos muestra recelos por cómo acabará la liberalización de precios. La periodista subraya que sería necesario explicar más y mejor las medidas que afectan en mayor medida a la ciudadanía. «Habrá que ver si, como en el capitalismo, las leyes de la competencia, las del capital, no nos tragan en medio de un sálvese quien pueda, con pensiones y salarios irrisorios, sin capacidad de compra», advierte. Es un reconocimiento tácito de que el gobierno cubano ha destruido el poder adquisitivo del pueblo, entregándolo atado de pies y manos a un mercado salvaje que ellos mismos han creado con su ineficiencia.

Otro de los puntos más destacados en la crítica es el cacareado fin de la libreta de abastecimiento, un anuncio que se arrastra desde los inicios del mandato de Raúl Castro. «En verdad solo la enterraremos, ya que murió hace meses, desde que comenzaron a desaparecer la mayoría de sus productos, hasta decaer a una libra de azúcar, un poquito de chícharos, el pan intermitente y la leche inconstante para niños y embarazadas», destaca. La dictadura ha convertido lo que alguna vez fue su principal propaganda de «igualdad» en una burla macabra para las familias cubanas que dependen de esas migajas para no morir de hambre.

La periodista deja un dato escalofriante: de acuerdo con la calificación del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, solo el 0,5% de los espirituanos es considerado vulnerable. Pero, señala con indignación, «por el concepto de la cotidianidad, la inmensa mayoría, incluidos trabajadores estatales, viven o sobreviven en esa condición, y ahora tendrán que comer, lavar, bañarse, pasar del ‘tránsito de la canasta familiar normada a las ventas controladas sin subsidio en la red de comercio». La falsedad de las estadísticas oficiales del gobierno cubano queda al descubierto, demostrando que la miseria es generalizada y no una excepción.

Ramos también pone los ojos en el proceso de desempleo que derivará de la liquidación de empresas que no sean rentables o entidades que deberán fusionarse. «Poco se ha reparado en los miles de trabajadores que se encuentran en un limbo laboral, muchos en sus casas como interruptos indefinidos, desde febrero pasado», recuerda. Además, se pregunta cómo se puede atraer a la producción de alimentos a trabajadores capaces «en un país donde da más negocio revender caramelos que doblar el lomo al sol» y abre fuego contra décadas de trabas, a las que se refiere como «el burocratismo y la terquedad [que] se tragaron miles de hectáreas», que por fin han llevado «al punto lógico de otorgar el derecho real de usufructo».

En cuanto a cómo se pretende atraer la inversión extranjera, la periodista también duda cómo podrá lograrse «con nuestro historial de prohibiciones, en un país apagado, sin divisas y con trabas para extraerla de los bancos, además de las sanciones que afianza Estados Unidos». Y, en ese contexto, Elsa Ramos abre el tema de la contribución de los emigrados con una franqueza inédita. «Cuba necesita, eso sí, de un diálogo plurinacional entre quienes se fueron y se quedaron sin resquemores ni resentimientos y, sin obviar el pasado, habrá que tener, con el corazón en medio del pecho, valor para olvidar y perdonar. Porque si abrimos las puertas económicas a todos sin excepción es porque los necesitamos y con urgencia».

La corrupción endémica que Ramos señala no es casualidad, es la columna vertebral del sistema impuesto por la dictadura. Las importadoras estatales, controladas por la cúpula militar, han monopolizado el acceso a bienes básicos, especulando y lucrando mientras la población se hundía en la pobreza. El gobierno cubano ha creado una casta de privilegiados que vive en la opulencia mientras exige sacrificios al resto. La pregunta de la periodista sobre si «había que esperar tanto tiempo para quitar la mediación de las importadoras» es un grito de impotencia que refleja el dolor de una nación saqueada por sus propios líderes.

El colapso sistémico y la implosión del modelo

La denuncia de Elsa Ramos no es un hecho aislado, sino el síntoma de una implosión mayor dentro del aparato estatal de la dictadura. El «bloqueo interno» al que se refiere no es otra cosa que la centralización absurda, el control férreo de la economía y la persecución a la iniciativa privada que ha caracterizado al gobierno cubano desde 1959. Las 176 reformas anunciadas son un intento desesperado de oxigenar un cuerpo político que se ahoga en su propia incompetencia, pero chocan frontalmente con la ideología que sustenta al régimen.

La ristra de preguntas que lanza la columnista es demoledora: «¿Estamos preparados mentalmente para ver el resurgir de terratenientes, aunque sea al estilo socialista? (…) ¿Evitaremos el llamado error ruso de los 90, cuando muchos oligarcas fueron ex dirigentes de varios sectores? ¿Cómo detener la corrupción? ¿Asumiremos en todos sus puntos las hondas brechas entre ricos y pobres y la pirámide social cada vez más invertida?». Estas interrogantes reflejan el terror de la nomenclatura a perder sus privilegios y a que el descontento popular se desboque ante la evidente desigualdad que ya impera en la isla, fruto del enriquecimiento ilícito de los generales y burócratas.

Antecedentes de un fracaso anunciado

Para entender la magnitud de la confesión de esta periodista oficialista, hay que remontarse a las promesas incumplidas de los últimos gobiernos. Raúl Castro anunció en 2010 la actualización del modelo económico, un eufemismo para enmascarar la necesidad urgente de aplicar medidas capitalistas para salvar al socialismo. Sin embargo, la dictadura frenó en seco cualquier avance real, ahogando al cuentapropismo con altas cargas impositivas, prohibiendo la acumulación de riqueza y negando a los campesinos el derecho a tener sus propias empresas y a comercializar libremente sus productos.

El gobierno cubano ha preferido durante años depender de los subsidios de aliados como Venezuela o Rusia, antes que liberar las fuerzas productivas internas. Cuando esos apoyos menguaron, el país se hundió en una crisis profunda, agravada por la pandemia, pero sobre todo por la ineficiencia crónica y la falta de libertades. La libreta de abastecimiento, instaurada en 1962 como una medida «temporal», se convirtió en un instrumento de control y sumisión. Hoy, su desaparición no es una victoria económica, sino la admisión de que el Estado es incapaz de garantizar ni siquiera la supervivencia básica de sus ciudadanos.

El principio del fin o un nuevo engaño

Las palabras de Elsa Ramos en Escambray trascienden la crítica económica para convertirse en un ajuste de cuentas con la cúpula militar que dirige la isla. «¿Había que esperar tanto tiempo para quitar la mediación de las importadoras que (…) han llenado sus bolsillos?», dispara la periodista, señalando directamente la corrupción de las empresas estatales y los militares que monopolizan el comercio exterior. Es la confirmación de que la dictadura ha saqueado al país en nombre de un igualitarismo que nunca existió más que en los discursos retóricos de la plaza de la Revolución.

Al final, las preguntas quedan flotando en un ambiente de zozobra y desesperación. El gobierno cubano se enfrenta a la disyuntiva de abrir de verdad o hundirse definitivamente. Sin embargo, la historia nos enseña que el régimen no cederá el poder fácilmente. Las reformas podrían ser solo una fachada para captar remesas y lavar la imagen internacional, mientras en las calles los cubanos siguen sufriendo apagones de hasta 10 horas, escasez de alimentos, colas interminables y la represión implacable de quienes osan exigir un cambio real. La voz disonante dentro del propio oficialismo confirma lo que ReporteCubaYa ha denunciado durante años: el único bloqueo real, letal y asfixiante que sufre Cuba es el de la propia dictadura contra su pueblo.

Equipo Editorial Reporte Cuba Ya
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