El otrora orgullo urbano de la capital cubana se ha convertido en un escenario de desolación y negligencia. El Jardín Zoológico de La Habana atraviesa una profunda crisis material que ha diezmado su población animal y deteriorado sus instalaciones, evidenciando el impacto de la crisis económica que azota la isla bajo la gestión del régimen de La Habana.
Los visitantes que aún acuden al recinto lo hacen movidos por la costumbre, la nostalgia o la ausencia de alternativas de esparcimiento. El paisaje interno muestra caminos deteriorados, infraestructura abandonada y una falta de higiene que genera un ambiente insalubre. El silencio y la apatía de los animales confinados en jaulas oxidadas sustituyen el ambiente educativo y de conservación que alguna vez caracterizó al lugar, convirtiendo la visita en una experiencia desalentadora para las familias.
La escasez de alimentos ha provocado la desaparición de varias especies y el sufrimiento visible de las que sobreviven. Empleados del zoológico, quienes trabajan en condiciones precarias, denuncian que la dieta de los animales ha sido drásticamente reducida. Felinos como los leones, que requieren carne roja, subsisten a base de pollo y cerdo en cantidades insuficientes, mostrando evidente desnutrición. Los primates y otras especies dependen de raciones mínimas de frutas y vegetales, mientras que el área de las aves acuáticas aún no se recupera de un brote de gripe aviar ocurrido en 2023 que diezmó a los flamingos.
El reflejo de una crisis sistémica
El abandono del zoológico no es un hecho aislado, sino una consecuencia directa del colapso estructural que atraviesa Cuba. La incapacidad del gobierno cubano para garantizar la alimentación y el mantenimiento de los servicios públicos se manifiesta tanto en la fauna del recinto como en la vida cotidiana de los ciudadanos. La inflación galopante, el desabastecimiento crónico y la falta de recursos importados han dejado a instituciones como esta a merced del deterioro, dependiendo únicamente de la voluntad de sus trabajadores para evitar brotes epidémicos en medio de la insalubridad.
La percepción de los visitantes refuerza esta crítica realidad. Familias que acuden con la intención de inculcar valores ambientales a las nuevas generaciones se enfrentan a un panorama desolador. Testimonios de ciudadanos describen el estado de las instalaciones como un entorno penoso, donde la supervivencia animal está supeditada a la misma precariedad que sufren los cubanos a diario. La falta de recursos para mantener el agua limpia o proveer medicinas adecuadas subraya la profunda desconexión entre las necesidades básicas de la sociedad y las prioridades del Estado.
El ocaso del Jardín Zoológico de La Habana representa una pérdida irreparable para el patrimonio cultural y ambiental de la nación. Mientras las autoridades de la isla priorizan el control político y la represión social sobre el bienestar de su pueblo y su entorno, la infraestructura pública continúa su espiral de deterioro. La inacción de la dictadura cubana ante este y otros colapsos institucionales proyecta un futuro incierto, donde la recuperación de estos espacios dependerá exclusivamente de un cambio de rumbo que permita reinsertar al país en los estándares mínimos de dignidad, gestión y conservación.