Las interminables jornadas sin electricidad en Cuba han transformado la preparación de alimentos en un ejercicio de supervivencia extrema. En ciudades como Santa Clara, la falta de combustibles convencionales obliga a la población a utilizar plásticos y espumas tóxicas para encender fogones improvisados, evidenciando el profundo deterioro del sistema energético y la incapacidad del gobierno cubano para garantizar servicios básicos.
Recorrer barrios de Santa Clara al atardecer es toparse con columnas de humo negro y un olor a plástico quemado que invade el ambiente. La escasez crítica de petróleo y alcohol, insumos que el régimen de La Habana no logra distribuir, ha forzado a los ciudadanos a improvisar combustibles altamente contaminantes, como poliespuma y jabas de nailon. Los apagones, que superan frecuentemente las 12 horas diarias, nivelan socialmente el hambre: maestros, médicos y familias que reciben remesas del exterior terminan inclinados sobre el mismo fogón de carbón, abanicando brasas para llevar un plato de comida a la mesa.
El regreso forzado a las estrategias del Período Especial
La crisis económica impuesta por las autoridades de la isla ha disparado los precios en el mercado informal, donde un saco de carbón puede costar hasta 2.000 pesos. Sonia, una profesora de Español jubilada, ha tenido que rescatar técnicas del llamado Período Especial para optimizar el poco combustible que logra conseguir. Utilizando pedazos de cartón de huevos dispuestos en forma de pirámide, logra encender pequeños trozos de carbón. \»Se les tiene que dar mucha penca para que prenda. En mi vida jamás pensé tener que volver a hacer esto\», relata la docente, quien advierte que los calderos quedan cubiertos de un tizne imposible de remover.
La situación es aún más crítica para los sectores más vulnerables. Jesús, un anciano que subsiste recolectando envases reciclables, debe racionar el poco carbón que le regalan sus vecinos para cocinar una sola vez al día. Su dieta se limita al plátano burro y la calabaza que cultiva en el patio de su humilde vivienda, ya que adquirir combustible en el mercado informal es un lujo inalcanzable incluso para quienes perciben dos salarios estatales. La imposibilidad de almacenar alimentos o de prepararlos de manera adecuada es una constante que afecta transversalmente a la población.
La carrera contra el reloj para salvar los alimentos
El colapso parcial del Sistema Electroenergético Nacional (SEN) a principios de marzo dejó en evidencia la fragilidad de la infraestructura nacional. Elizabeth González, madre de dos niños menores de cinco años, relata cómo tuvo que cocinar en un solo día alimentos destinados para un mes, tras perder la electricidad durante tres días seguidos. \»Está comprobado que aquí no puedes guardar nada. Fue un dinero botado\», denuncia esta residente del reparto Virginia, quien perdió alrededor de 10.000 pesos en pollo, salchichas y picadillo que se descongelaron. Aunque adquirió una cocina de petróleo, el ejecutivo cubano no garantiza el combustible, cuyo precio en el mercado negro alcanza los 3.000 pesos por litro.
Este escenario de colapso energético y desabastecimiento no es un evento aislado, sino la consecuencia directa de décadas de mala gestión y falta de inversión por parte de la dictadura cubana. La imposibilidad de mantener una alimentación digna y el constante estrés de la supervivencia diaria actúan como motores principales del masivo éxodo migratorio que enfrenta la isla. Mientras la cúpula del poder mantiene sus privilegios, la ciudadanía se asfixia literalmente entre el humo tóxico de los fogones improvisados y la desesperanza, augurando un deterioro social de difícil reversión si la comunidad internacional no exige cambios estructurales y el respeto a los derechos fundamentales.