Rafael «Felito» Lahera, uno de los actores más reconocidos del cine, teatro y televisión en Cuba, ha revelado los severos obstáculos económicos que enfrentó al emigrar a Estados Unidos, donde tuvo que ejercer oficios de limpieza y conducir vehículos de transporte privado para subsistir. Su testimonio pone rostro a la profunda crisis estructural y el éxodo masivo de profesionales que ha provocado el régimen de La Habana, obligando a talentos de la isla a reinventarse en el exilio frente a la indiferencia de la industria internacional.
En una reciente entrevista concedida al canal de YouTube Destino Tolk, el artista se sinceró sobre las vicisitudes que marcaron su llegada a Miami, una ciudad que, lejos de ofrecerle un escenario inmediato, le deparó una dura prueba de supervivencia. «Tú no sabes la cantidad de casas que tuve que limpiar. Pinté casas, lavé casas, limpié casas, todo eso lo hice yo. Aquí tuve que morderla en lo que sea», relató Lahera con notable franqueza. El actor, quien también ha tenido que trabajar como chofer de la plataforma Uber para sostenerse, defendió la dignidad de cualquier oficio, argumentando que «los médicos también trabajan los sábados y domingos», en una clara alusión a la devaluación profesional que sufren muchos inmigrantes cubanos al llegar al exterior.
Sin embargo, el alejamiento forzoso de las cámaras y los escenarios ha cobrado un alto precio emocional al intérprete. Lahera confesó que no se trata de una cuestión de ego, sino de la nostalgia por lo que él denomina «el gorrión», su innata pasión por la actuación. Esta dolorosa desconexión profesional se hace aún más evidente ante las ironías del destino: «Es contradictorio porque con la misma que estás pintando una casa te llaman de Cuba y te dicen recibiste un premio por una película que hiciste», narró el actor, evidenciando el abismo entre su legado artístico en la isla y su realidad laboral en la diáspora.
La barrera idiomática y el desinterés de la televisión en Florida
La trayectoria de Lahera fuera de Cuba comenzó con una estadía de aproximadamente cuatro años en Colombia, donde logró insertarse en importantes producciones televisivas. Allí participó en reconocidas teleseries y novelas como La reina del sur (2009), El cartel de los sapos (2010), Escobar, el patrón del mal (2012) y La Madame (2013), demostrando una versatilidad tal que incluso logró mimetizarse con el acento colombiano. No obstante, su posterior traslado a Estados Unidos presentó un escenario diametralmente distinto, marcado por la barrera del idioma.

FELITO LAHERA : DE SER PRIMER ACTOR EN CUBA. A TRABAJAR HACIENDO UBER EN MIAMI, HISTORIA DE VIDA
El actor reflexionó sobre cómo el desconocimiento del inglés limitó drásticamente sus oportunidades de desarrollo artístico en el país. «Si yo hubiera llegado a este país sabiendo hablar inglés, no hubiera estado en Miami. Me hubiera ido para Los Ángeles o Nueva York a buscármela ahí. Me iba a fajar con los grandes y hacer 17 castings todos los días», resaltó. Esta limitación, compartida por la inmensa mayoría de los artistas que huyen de la isla, confina a los creadores a un mercado hispano que, según Lahera, ofrece escasas posibilidades para el talento cubano.
En su análisis de la industria en Florida, el actor fue tajante al señalar la falta de oportunidades y el presunto desinterés de las grandes cadenas hacia los profesionales formados en Cuba. Opinó que los canales locales de habla hispana se dedican principalmente al contenido noticioso y a programas de humor, careciendo de los presupuestos necesarios para realizar dramatizados de calidad. Respecto a las corporaciones mayores, como Telemundo y Univisión, Lahera sentenció: «Mira a ver cuántos cubanos hay allí. ¿Tú sabes la cantidad de talento cubano que ha pasado por aquí (Miami) y no los ves ahí? Entonces creo que no somos muy queridos».
El contexto sistémico: El éxodo de talentos y el colapso cultural en Cuba
El caso de Felito Lahera no es un hecho aislado, sino el reflejo de una crisis sistémica que ha devastado el aparato cultural y profesional de la isla. Durante décadas, y de manera alarmante en los últimos años, el gobierno cubano ha visto cómo su clase intelectual y artística se ve obligada a abandonar el país debido a la profunda crisis económica, la hiperinflación, el desabastecimiento crónico y, fundamentalmente, la falta de libertades y la creciente represión social. La imposibilidad de sostener una familia con los salarios en pesos cubanos ha empujado a figuras indispensables del arte nacional a lavar platos, conducir taxis o limpiar oficinas en el extranjero.
Esta fuga de cerebros y talentos es una consecuencia directa de las políticas de la dictadura cubana, que ha priorizado el control ideológico y la supervivencia del aparato burocrático sobre el desarrollo humano y profesional de sus ciudadanos. El colapso del sector cinematográfico y teatral en la isla, asfixiado por la censura, la falta de financiamiento estatal y el exilio de directores y productores, ha dejado a los actores sin un ecosistema donde prosperar. El régimen de La Habana ha perdido a sus mejores voces escénicas, las cuales ahora se dispersan por el continente enfrentando la precariedad y el anonimato en mercados que les son ajenos.
Además, la desconexión salarial y la represión política han convertido al arte cubano en un exiliado más. Mientras las autoridades de la isla se jactan de un supuesto «triunfo» cultural basado en subsidios estatales condicionados a la afiliación política, la realidad es que el talento genuino se marchita en la diáspora. Artistas de la talla de Lahera, que dedicaron su vida a enriquecer el patrimonio cultural de la nación, terminan ejerciendo oficios de supervivencia en el extranjero, evidenciando el fracaso absoluto del modelo impuesto por el ejecutivo cubano.
Un legado artístico indiscutible
Para comprender la magnitud de la pérdida para la cultura cubana, basta con repasar la extensa y prolífica trayectoria de Rafael Lahera en la isla. Su versatilidad y compromiso con la actuación lo llevaron a protagonizar obras trascendentales en la escena teatral y televisiva. Formó parte del Teatro de arte popular con El corsario y la abadesa, brilló en Don Juan Tenorio bajo la dirección de Tony Díaz, y deslumbró en monólogos como Lazarito de Yulky Cary y Andoba de Abraham Rodríguez.
Su carrera teatral se forjó en importantes agrupaciones como Anaquillé y Teatro Caribeño, dirigido por Eugenio Hernández Espinosa, y alcanzó una de sus cúspides en el Teatro El Público, bajo la batuta de Carlos Díaz. Allí, Lahera estremeció a la audiencia con montajes de la talla de Así es si así os parece de Pirandello, La gaviota de Chéjov y el clásico cubano Réquiem por Yarini de Carlos Felipe.
En el cine, su rostro quedó grabado en la memoria colectiva gracias a su colaboración con el célebre director Humberto Solás en el largometraje Barrio Cuba. En esta cinta, Lahera dio vida a Santos, un hombre enamorado que pierde a su mujer y repudia al hijo que nace. Esta interpretación le valió el premio de actuación masculina en el Festival Internacional de Cine de Santo Domingo y los largos aplausos del público en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. Producciones como Kangamba, Boleto al paraíso, El regreso, Agosto y El Mayor también contaron con su excelencia actoral.
Consecuencias y mirada a futuro
A pesar de las adversidades, el espíritu combativo de Lahera le mantiene activo. Actualmente, participa en series de PRONYR TV, se ha involucrado en un cortometraje próximo a estrenarse y continúa vinculado al teatro, resistiendo desde la trinchera del arte. Sin embargo, su historia deja una estela de interrogantes sobre el futuro de la diáspora cubana y el destino de sus profesionales.
El testimonio de Felito Lahera subraya una tragedia silenciosa: la desprofesionalización forzada de la emigración cubana. Mientras la comunidad internacional observa con pasividad la consolidación de un modelo autoritario, el capital humano de la isla se diluye en economías de supervivencia. La pérdida de estos talentos no solo empobrece a Cuba, sino que plantea un desafío para las sociedades receptoras, que en numerosas ocasiones, como señala el actor, fallan en integrar y aprovechar el vasto potencial de los artistas y profesionales que huyen de la dictadura. La historia de Lahera es la de un país entero que, obligado a emigrar, tuvo que «morderla» en el exilio para no sucumbir.



