El doctor en Ciencias Raúl González Hernández, investigador titular y creador del reconocido suplemento alimenticio Trofin, se ve obligado a vender café en un carrito improvisado por las calles de La Habana para poder sobrevivir a sus 80 años. La precaria situación del científico, cuya pensión de jubilación resulta insuficiente frente a la inflación galopante, fue denunciada públicamente por su hija, evidenciando el profundo abandono institucional que sufren los profesionales que dedicaron su vida al sistema científico de la isla.
La denuncia fue expuesta por Elizabeth González Aznar, también investigadora, a través de una publicación en redes sociales donde detalló la dura realidad que atraviesa su padre. González Hernández, con una amplia y reconocida trayectoria dentro del sector biotecnológico cubano, ha visto cómo su jubilación se diluye hasta volverse insuficiente para cubrir las necesidades más básicas en el contexto de la actual crisis económica. La imagen del octogenario científico empujando un carrito para vender café contrasta de manera abrupta con sus aportes a la salud pública del país.
«Celebramos tus 80 años y sentí un tin de tristeza por cómo lo logras», expresó su hija en su testimonio, agregando que su padre se desdobla para trabajar sin mostrar frustración, consciente de que el abandono es responsabilidad de las instituciones y no de su propia gestión. «A tus 80 te desdoblas y vendes café sin una pizca de frustración, sabes que el equivocado no eres tú, son ellos, y ellos deben sentir la vergüenza, no nosotros», escribió González Aznar, señalando directamente la indolancia del régimen de La Habana ante el bienestar de sus jubilados.
La crisis familiar se agravó cuando la propia hija, tras abandonar su empleo en el Instituto Finlay debido a problemas de salud y estrés laboral, intentó reincorporarse a otros centros dependientes de BioCubaFarma. Sin embargo, las puertas del sistema científico estatal le fueron cerradas. Ante la drástica disminución de los ingresos familiares, el doctor González Hernández, quien ya había intentado vender vino como alternativa económica, decidió emprender la venta de café callejera para generar algún ingreso adicional que les permitiera subsistir.

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El impacto de ver a un científico de su talla en esta situación quedó plasmado en el relato de su hija: «Mi cerebro pensó, dios mío, ¿un científico jubilado, creador de un producto y su línea como el Trofin, vendiendo café? Me bloqueó». Esta reacción sintetiza la desproporción entre el capital humano que construyó la nación y la miseria en la que se ven obligados a vivir sus profesionales en la actualidad.
El legado del Trofin y la apropiación estatal de la ciencia
El suplemento alimenticio Trofin, registrado en la década de los noventa, es un producto ampliamente conocido y utilizado en Cuba para el tratamiento de anemias, convalecencias y diversas afecciones nutricionales. A pesar de ser el cerebro detrás de este desarrollo, el doctor González Hernández no figura legalmente como titular del producto. En un esquema típico del sistema cubano, las patentes están registradas a nombre de instituciones del Estado, lo que priva al creador de cualquier beneficio económico derivado de su propia invención.
Este modelo de apropiación de la propiedad intelectual es una constante en la dictadura cubana, donde los avances científicos y médicos son explotados comercialmente por el gobierno, mientras los investigadores reciben salarios y pensiones que no alcanzan para subsistir. El caso de González Hernández ilustra cómo el ejecutivo cubano capitaliza el prestigio de sus científicos en el extranjero, pero los abandona a su suerte en la isla una vez que dejan de ser productivos para el aparato estatal.
El propio origen del científico refleja el esfuerzo y la superación que caracterizaron a generaciones enteras de cubanos. Originario de Madruga, el mayor de ocho hermanos de origen campesino, González Hernández comenzó desde niño a ordeñar vacas para ayudar a sus padres antes de labrarse un camino en la academia hasta alcanzar el grado de doctor en ciencias. Su trayectoria es un testimonio del talento que la isla ha desperdiciado y maltratado sistemáticamente.
El colapso económico y la miseria de las pensiones
La situación del creador del Trofin no es un caso aislado, sino el reflejo de una crisis estructural que afecta a la totalidad de los jubilados en Cuba. Las pensiones del sistema de seguridad social, pagadas en moneda nacional, han sido completamente barridas por la inflación descontrolada que vive el país. Desde la implementación de la llamada «Tarea Ordenamiento» en 2021, el gobierno cubano ha perdido el control de los precios, y la depreciación del peso cubano frente al dólar ha hecho que los ancianos dependan casi exclusivamente de las remesas enviadas desde el extranjero o del trabajo informal para no morir de hambre.
El desabastecimiento crónico, la incapacidad de las autoridades de la isla para garantizar una canasta básica mínima y la falta de medicinas han convertido la vejez en una condena para la mayoría de los cubanos. Profesionales de la salud, maestros, ingenieros y científicos que construyeron la infraestructura social y técnica del país durante décadas se ven hoy obligados a pedir limosna, vender chatarra o, como en el caso del doctor González, salir a la calle a vender café para poder comer.
La crisis del sector científico y la fuga de talentos
El sector biotecnológico, agrupado bajo el paraguas de BioCubaFarma, ha sido históricamente presentado por el régimen como uno de sus mayores logros propagandísticos. Sin embargo, detrás de las vacunas y los suplementos exportados se esconde una infraestructura sostenida por profesionales subpagados y sometidos a condiciones de estrés extremo, como reconoció la propia hija del científico al referirse a su salida del Instituto Finlay. La falta de incentivos y la represión económica han propiciado un éxodo sin precedentes de mentes brillantes hacia el sector privado informal o hacia el exilio.
Mientras el gobierno cubano exhibe sus productos en ferias internacionales y negocia con corporaciones extranjeras, los laboratorios en La Habana sufren la falta de insumos básicos y sus investigadores deben lidiar con el colapso del transporte y la alimentación. La negativa de BioCubaFarma de reincorporar a Elizabeth González Aznar demuestra la rigidez burocrática y la falta de políticas de reinserción laboral para los profesionales que enfrentan problemas de salud derivados del propio agotamiento laboral.
Implicaciones a futuro y dignidad frente al abandono
«Hoy sobrevivimos así (…) Te admiro mucho, papá», concluyó González Aznar en su mensaje, destacando la dignidad con la que su padre enfrenta la adversidad. Esa resistencia, sin embargo, no debe ocultar la gravedad institucional del hecho. Que un doctor en ciencias tenga que vender café a los 80 años porque el Estado le confiscó su patente y le niega una pensión digna es un claro indicador de la bancarrota moral y económica del sistema.
El futuro de la ciencia y la sociedad civil en Cuba se vislumbra cada vez más sombrío si las autoridades de la isla no rectifican sus políticas de explotación y abandono. La comunidad internacional y las organizaciones defensoras de los derechos humanos continúan documentando estas realidades, que ponen en evidencia que el supuesto «bloqueo» externo es eclipsado por el cerco interno que la dictadura cubana mantiene sobre el progreso, la propiedad y la dignidad de sus ciudadanos. El caso del doctor Raúl González Hernández pasará a la historia no solo como el del creador del Trofin, sino como el símbolo de un país que destruye a sus propios héroes.



