LA HABANA. La profunda crisis estructural y el agotamiento social en Cuba han reavivado entre algunos sectores de la población una retórica anexionista hacia Estados Unidos. Sin embargo, esta narrativa, lejos de ofrecer una solución realista, se convierte en una herramienta propagandística que el régimen de La Habana explota para reforzar su discurso de plaza sitiada, justificar su inmovilismo y desacreditar a la oposición democrática.
El cansancio acumulado tras más de seis décadas de dictadura, caracterizada por el colapso de los servicios públicos, la hiperinflación, el desabastecimiento y la represión sistemática, ha generado un clima de desesperación ciudadana. En este contexto, la idea de que una intervención extranjera resuelva de una vez por todas el conflicto interno gana adeptos. No obstante, aferrarse a una aspiración anexionista en el siglo XXI resulta no solo antihistórico, sino profundamente contraproducente, pues ofrece a las autoridades de la isla los pocos argumentos que les quedan para presentarse ante el mundo como los únicos garantes de la soberanía nacional.
A diferencia de las expansiones imperialistas del siglo XIX o los conflictos territoriales contemporáneos, la geopolítica actual se centra en el control de recursos, mercados y áreas de influencia. Históricamente, Estados Unidos tuvo la oportunidad de anexar la isla tras la Guerra Hispano-Cubano-Americana de 1898 y optó por una independencia tutelada mediante la Enmienda Platt. Hoy, asumir la reconstrucción de una infraestructura reducida a la ruina y la integración sociopolítica de una población profundamente dañada por décadas de fracaso comunista representaría un costo multimillonario y un desafío generacional para cualquier potencia, especialmente en tiempos de estrictas políticas migratorias internas.
El inmovilismo del régimen y el \»plattismo\» psicológico
La persistencia de este debate refleja lo que algunos analistas denominan un \»plattismo\» psicológico: la creencia de que la responsabilidad de liberar a Cuba recae exclusivamente en Washington. Esta dinámica beneficia directamente al gobierno cubano, que condiciona sus escasas políticas a los vaivenes de la Casa Blanca y culpa al embargo de todos sus errores administrativos y económicos. Mientras tanto, el ejecutivo cubano se mantiene firme en su negativa a dialogar con la oposición interna y el exilio, que son los actores legítimos con quienes debe construirse el futuro democrático del país.
La reactivación de la fantasía anexionista, especialmente tras medidas ejecutivas de gobiernos norteamericanos que declaran a la isla una amenaza a la seguridad, juega de manera directa a favor de la dictadura. Durante décadas, el aparato represivo ha etiquetado a los disidentes como \»mercenarios\» y \»anexionistas\» para criminalizar la protesta social. Alimentar este discurso proporciona a la cúpula de poder el pretexto perfecto para desviar la atención de su responsabilidad en la crisis y simular que su conflicto no es con un pueblo hambriento de libertades, sino con el \»enemigo histórico\» del Norte. La verdadera salida para la nación pasará inevitablemente por la unidad cívica y la presión democrática interna, no por la renuncia a su soberanía.