La muerte de Ernesto Guevara en Bolivia en 1967 no solo marcó el fin de su aventura guerrillera, sino que abrió las puertas a uno de los negocios más redituables del régimen cubano: la comercialización masiva de su imagen y sus escritos, una operación orquestada desde La Habana con la complicidad de editores europeos y el aprovechamiento de la ingenuidad ideológica de la izquierda radical.
La historia se remonta a los años sesenta, cuando el editor italiano Giangiacomo Feltrinelli llegó a La Habana con la intención de publicar una autobiografía de Fidel Castro. Aunque el proyecto nunca se concretó, el encuentro entre ambos derivó en una relación que cambiaría el rumbo de la industria editorial vinculada a la Revolución Cubana. Feltrinelli, heredero de una de las mayores fortunas de Italia, había abrazado el comunismo tras una breve simpatía por el fascismo mussoliniano, y encontró en Castro un aliado pragmático, aunque en sus primeros intercambios lo describió como \»impulsivo, ambicioso, retórico e ideológicamente confuso\», según recoge la biografía Senior Service, escrita por su hijo Carlo Feltrinelli.
El giro decisivo ocurrió tras la ejecución de Guevara en Bolivia. Fidel Castro recibió una copia del Diario del Che remitida por el ministro del Interior boliviano y comprendió de inmediato su potencial. Las autoridades de la isla convocaron con urgencia a los editores más influyentes del momento, desde Maspero en Francia hasta Siglo XXI en México, para lanzar una campaña de divulgación masiva del documento. El objetivo no era únicamente editorial: se trataba de construir la figura de un \»superhéroe\» de carne y hueso capaz de seducir a la juventud mundial y, sobre todo, a fortunas dispuestas a financiar la causa.
La fotografía que se convirtió en producto estrella
Feltrinelli aportó el elemento decisivo para la consolidación de la franquicia: la iconicografía. El italiano recibió gratuitamente del fotógrafo Alberto Korda la célebre imagen de Guevara con la boina y la estrella, que transformó en el emblema gráfico más reproducido del siglo XX. El retrato fue impreso en camisetas, banderas, pósters y souvenirs que se vendieron por millones en todo el mundo, generando ingresos cuya destinación final nunca fue auditada ni transparentada por el ejecutivo cubano.
La operación revela con claridad la naturaleza del régimen de La Habana, que instrumentalizó la muerte de uno de sus principales colaboradores para fines propagandísticos y comerciales. Mientras la población cubana enfrentaba racionamiento, escasez y la creciente represión de los años setenta, el gobierno cubano exportaba una imagen romantizada de la guerrilla que ocultaba la realidad de un sistema autoritario sin contrapesos democráticos. La dictadura encontró en el mito de Guevara una herramienta de legitimación internacional que le permitió prolongar su influencia política y obtener réditos económicos sin rendir cuentas.
Las consecuencias de un mito fabricado
El legado de aquella operación perdura hasta hoy. La imagen de Guevara sigue siendo explotada comercialmente sin que los descendientes del guerrillero ni las autoridades de la isla hayan explicado jamás el destino de los ingresos generados. Mientras tanto, la dictadura cubana continúa utilizando el mito como escudo ante la comunidad internacional, ocultando detrás del icono las violaciones sistemáticas de derechos humanos, el encarcelamiento de opositores y el colapso económico que ha provocado el mayor éxodo migratorio de la historia de Cuba. La franquicia Guevara, en definitiva, no fue más que el reflejo de un sistema que convirtió la ideología en mercancía y el control del poder en su única verdadera prioridad.