La reaparición de la papa en los mercados agropecuarios de La Habana ha dejado de ser una buena noticia para convertirse en un reflejo del descalabro económico. Con un precio que alcanza los 370 pesos la libra, este alimento básico equivale a un salario y medio diario de un trabajador promedio, relegando su consumo a un privilegio inalcanzable para la mayoría de la población.
Las autoridades de la isla han sido incapaces de garantizar la producción y distribución de un tubérculo que, antes de 1959, era accesible en cualquier puesto de viandas a un costo de entre cinco y diez centavos la libra. La actual escasez obliga a los vendedores ambulantes a ofrecer el producto a precios aún más exorbitantes que los de los mercados estatales, profundizando la inseguridad alimentaria de las familias cubanas y demostrando la ineficacia del modelo económico vigente.
De la abundancia al racionamiento estatal
Durante décadas, el régimen de La Habana suplió la ineficiencia productiva nacional con importaciones, primero desde Estados Unidos y posteriormente desde la Unión Soviética. Tras la caída del campo socialista, la producción interna se concentró principalmente en las provincias de Mayabeque y Artemisa, resultando manifiestamente insuficiente para abastecer a la nación. La respuesta del gobierno cubano fue someter su distribución a la libreta de abastecimiento, un mecanismo de control burocrático que durante años limitó la cuota a once libras por persona, evidenciando la incapacidad del sistema para sostener la demanda.
Originaria de los Andes y con un alto valor nutricional, la papa ha sido históricamente un pilar en la dieta y la cultura popular cubana, presente en innumerables platos y expresiones del habla cotidiana. Sin embargo, la falta de insumos agrícolas, la mala gestión de las tierras y la inflación galopante han transformado un alimento fundamental en un artículo de lujo. Incluso los productos derivados importados, como las golosinas, resultan hoy inaccesibles en un mercado estrangulado por la crisis.
La escasez de este tubérculo es un síntoma más del colapso estructural que atraviesa la nación, donde el desabastecimiento y la falta de libertades económicas ahogan a la ciudadanía. La dictadura cubana persiste en un modelo centralizado que reprime la iniciativa privada y asfixia la productividad, obligando a millones a sobrevivir en la indigencia. Mientras el éxodo migratorio continúa vaciando al país, el simple acceso a un plato de comida se consolida como una concesión que la dirigencia política maneja a su antojo, profundizando el sometimiento social.