El intelectual, académico y ex diputado Eduardo Moisés Torres Cuevas falleció este domingo en La Habana a los 81 años, dejando un legado marcado por su profunda alineación con la ortodoxia del Estado. Su figura representa el papel de la academia al servicio de la maquinaria propagandística del gobierno cubano, encargado de censurar accesos culturales y reescribir el pasado para legitimar el poder absoluto.
Nacido en La Habana el 4 de septiembre de 1942, Torres Cuevas vinculó su trayectoria vital e intelectual al proceso iniciado en 1959 desde sus inicios. Su acercamiento a las filas del castrismo comenzó en 1961, cuando participó como alfabetizador en la Sierra Maestra, una experiencia que el oficialismo ha utilizado históricamente como ritual de iniciación para forjar cuadros incondicionales al sistema. A partir de ahí, el Doctor en Ciencias Históricas escaló posiciones hasta convertirse en uno de los principales curadores de la historia nacional bajo la estricta doctrina del Partido Comunista de Cuba.
Su labor no se limitó a la investigación académica, sino que se extendió al servicio político directo en las estructuras del Estado unipartidista. Torres Cuevas fue diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular desde la VII Legislatura y formó parte del Consejo de Estado, organismos carentes de independencia y control democrático, donde sus votos y posturas siempre respaldaron las directrices del ejecutivo cubano. Su carrera fue recompensada con múltiples condecoraciones, entre las que destacan la Orden Carlos J. Finlay, la Orden Frank País de 1er. y 2do. grados, los Premios Nacionales de Ciencias Sociales e Historia, y el Premio Félix Varela.
La manipulación del pasado como «tema de seguridad nacional»
El papel de Torres Cuevas como guardián ideológico se evidenció con claridad durante una de las comisiones de la Asamblea Nacional del Poder Popular en 2022. En aquella sesión, las autoridades de la isla debatieron sobre la creciente desconexión de los jóvenes cubanos con la historia oficial, un fenómeno que el régimen de La Habana interpretó como una amenaza a su supervivencia. Para contrarrestar este rechazo, se creó una comisión presidida por el historiador con el objetivo de transformar la enseñanza de la materia, calificada explícitamente por el oficialismo como «un tema de seguridad nacional».
La designación de Torres Cuevas para esta tarea no fue casualidad. Su misión consistió en reforzar la interpretación maniquea del pasado cubano, priorizando la década de los años 50 y el periodo de la «Revolución en el poder», aspectos que él mismo describió como «los más atacados por el enemigo». Esta perspectiva obvia los fracases estructurales del modelo y se centra en victimizar al Estado frente a un supuesto asedio externo, ignorando que el desinterés ciudadano nace del contraste entre la narrativa triunfalista y la realidad material de la isla.
El oscuro legado en la Biblioteca Nacional
Uno de los episodios más criticados de su gestión institucional ocurrió tras su llegada a la dirección de la Biblioteca Nacional de Cuba «José Martí» en 2007, cargo que ocupó por más de una década. Bajo su mandato, Torres Cuevas tomó la decisión de cerrar la sala infantil y juvenil de la institución con el argumento de que las bibliotecas nacionales no eran espacios aptos para niños y jóvenes. En el lugar físico de dicha sala, el intelectual instaló un departamento administrativo.
Los libros infantiles y juveniles fueron relegados a la Casa de Cultura del municipio Plaza de la Revolución, en un local que no contaba con las condiciones mínimas para la promoción de la lectura. Esta medida arbitraria generó un profundo rechazo entre padres y familiares, quienes veían en la Biblioteca Nacional un espacio seguro y enriquecedor para el desarrollo intelectual de sus hijos. La decisión reflejó un patrón de la dictadura cubana: la subordinación del acceso cultural y educativo a la burocracia estatal y a la conveniencia administrativa.
La política restrictiva de Torres Cuevas no se detuvo allí. El también presidente de la Academia de Historia de Cuba dio «jaque mate» a los Clubes Minerva, una iniciativa que había logrado despertar el interés de los lectores cubanos por acceder a los best sellers de la literatura universal. Asimismo, profundizó la política de exclusión iniciada por su predecesor, Eliades Acosta, limitando la mayoría de los servicios de la Biblioteca Nacional únicamente a investigadores y profesionales certificados, alienando así al ciudadano común del derecho fundamental al acceso a la información.
Contexto Sistémico: Control ideológico frente al colapso social
La muerte de Torres Cuevas ocurre en un momento de profunda crisis estructural en Cuba, donde el control de la narrativa histórica se ha vuelto cada vez más difícil para el régimen de La Habana. Mientras la inflación galopante, el desabastecimiento crónico de alimentos y medicinas, y los apagones prolongados asfixian a la población, el gobierno cubano insiste en mantener una vitrina ideológica que la ciudadanía ya no consume. La desconexión de los jóvenes con la historia oficial, que alarmó al intelectual en 2022, es en realidad un síntoma del rechazo generalizado a un sistema que ha fracasado en proveer lo más básico.
El exilio masivo y la constante represión social han desmentido en la práctica los relatos heroicos que académicos como Torres Cuevas se dedicaron a construir. La censura en las bibliotecas y la manipulación de los planes de estudio son herramientas defensivas de un Estado que sabe que el conocimiento libre y el acceso a literatura universal sin filtros ideológicos erosionan su monopolio de la verdad. La restricción del acceso a la cultura es una violación a los derechos humanos que se suma a la privación material que sufre la isla a diario.
En este panorama, la figura del historiador favorito del castrismo simboliza el divorcio entre la élite intelectual subvencionada por el Estado y las verdaderas necesidades del pueblo cubano. Mientras la dirigencia cultural gozaba de privilegios, condecoraciones y viajes, la base social sufría el deterioro de las instituciones públicas, incluidas las bibliotecas y escuelas que ahora carecen de recursos materiales para funcionar, más allá de los planes de reindoctrinación.
Implicaciones y cierre de un ciclo intelectual
El fallecimiento de Eduardo Torres Cuevas marca el final de una era en la que la intelectualidad cubana rendía pleitesía incondicional a cambio de prebendas y estatus dentro de la nomenclatura. Su legado como historiador quedará inevitablemente manchado por su rol como policía cultural y censor de accesos literarios, un papel que la historia futura de Cuba, escrita sin las ataduras del Partido Comunista, juzgará con severidad.
Para la ciudadanía, la pérdida de este alto cuadro del establishment oficialista no representa un cambio material en su día a día, sumido en la pobreza y la falta de libertades. Sin embargo, a nivel político, deja un vacío en la maquinaria encargada de justificar la continuidad de la dictadura. La comunidad internacional y los observadores de derechos humanos deberán seguir de cerca cómo las nuevas generaciones de académicos en la isla responden a la crisis de representatividad y si osan romper el corsé impuesto por figuras como Torres Cuevas, o si el régimen buscará nuevos voceros para maquillar su irreversible decadencia.



