Hace más de cinco décadas, el entonces líder del régimen cubano, Fidel Castro, rompió su silencio para respaldar abiertamente la intervención militar del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia. En una comparecencia televisiva, las autoridades de la isla admitieron que la operación violaba la soberanía checa, pero la defendieron argumentando la necesidad de frenar la \»contrarrevolución\», lo que decepcionó a un amplio sector de la izquierda mundial que ya cuestionaba la creciente represión interna en Cuba.
Durante los primeros meses del proceso reformista conocido como la Primavera de Praga, el gobierno cubano mantuvo una postura de prudente silencio. Mientras el periódico Granma ofrecía una cobertura inusualmente neutral sobre los intentos checos de construir un \»socialismo con rostro humano\», Fidel Castro evitaba pronunciarse de manera pública. Esta actitud contrastaba fuertemente con sus críticas previas a Moscú, donde había cuestionado la gestión económica de la Unión Soviética, su falta de apoyo a las guerrillas del Tercer Mundo y su política de coexistencia pacífica con Estados Unidos, presentándose hasta entonces como una alternativa heterodoxa al comunismo ortodoxo.
Sumisión al Kremlin y purgas internas
El giro definitivo hacia el apoyo soviético se gestó en un contexto de consolidación de poder interno. A principios de 1968, la dictadura cubana había llevado a cabo el llamado \»Proceso de la Microfacción\», mediante el cual fueron encarcelados Aníbal Escalante y decenas de militantes veteranos del Partido Socialista Popular. Fueron acusados de \»sectarismo\» y de seguir instrucciones directas desde la embajada soviética en La Habana. Esta purga eliminó cualquier disidencia interna y allanó el camino para que el régimen de La Habana alineara su geopolítica con los intereses de Moscú, abandonando su retórica independentista cuando resultó conveniente.
El 23 de agosto de 1968, tres días después del inicio de la invasión, Fidel Castro compareció en televisión para oficializar su respaldo a la intervención. En su discurso, admitió con franqueza que la acción militar era una \»violación flagrante de la soberanía del estado checoslovaco\» que carecía de \»absolutamente ninguno\» viso de legalidad. Sin embargo, justificó el uso de la fuerza argumentando que Checoslovaquia \»marchaba hacia una situación contrarrevolucionaria\» y culpó a las \»reformas económicas burguesas\» y a la renuncia del Partido Comunista checo a ejercer la \»dictadura del proletariado\» como amenazas para el bloque socialista.
El precedente de una dependencia estructural
Al priorizar lo que llamó el \»sagrado derecho\» contra el imperialismo por encima del derecho internacional, el ejecutivo cubano evidenció la subordinación de su política exterior a los dictados del Kremlin. Esta traición a los principios de soberanía que tanto pregonaba, ocurrida justo cuando los comunistas checos clamaban por solidaridad desde la clandestinidad, marcó un precedente fatal en la política de la isla. Consolidó una dependencia económica y política que, décadas después y tras la caída del bloque soviético, dejaría al descubierto la fragilidad estructural del modelo cubano y su histórica incapacidad para sostenerse sin un patrocinador extranjero que financiara su ineficiencia.